La guerra de los hermanos: sangre, capotes y platós
por Alfredo Muñiz
Hay familias que se reúnen para Navidad. Otras, para repartir la herencia. Y luego están los Rivera-Pantoja, que han convertido el parentesco en una serie por temporadas, con más capítulos que Cuéntame y menos posibilidades de llegar a un acuerdo.
Lo de Cayetano y Fran Rivera tiene algo de tragedia clásica: uno parece haber elegido el silencio y la discreción; el otro, una relación bastante más estrecha con los focos. Hasta que Cayetano ha debido de pensar que guardar silencio tantos años también cansa.
Mientras tanto, Kiko Rivera mantiene sus propios capítulos familiares con Isa Pantoja. Aquí el árbol genealógico empieza a parecerse al Metro de Madrid: líneas que se cruzan y viajeros que ya no saben exactamente dónde bajarse.
Y en medio, los célebres capotes de Paquirri, convertidos en tesoro nacional de la discordia familiar. A estas alturas, cuando aparezcan, habrá que llamar al Museo Arqueológico Nacional: deben de tener más polvo que las ruinas de Troya.
Y todavía queda el otro hermano por parte de madre, cuya presencia durante años en los programas del corazón demuestra que, en determinadas familias, el parentesco puede ser también una profesión televisiva.
Todo esto sin necesidad de compartir una empresa familiar. Porque si además hubieran tenido que gestionarla juntos, el consejo de administración sería memorable:
—Discusión sobre las acciones.
—Reproches del pasado.
—Alguien menciona los capotes.
—Aparece un periodista.
—Se levanta la sesión.
—Y a las diez, uno de los hermanos ya está en televisión explicándolo todo.
Eso sí es gobernanza corporativa.
Porque la sangre une. La herencia separa. Y cuando además hay cámaras y micrófonos, la familia ya no necesita abogado: necesita un director de producción.
Y eso que, por fortuna, parece que no tienen una empresa familiar que repartir.
Los capotes, mientras tanto, ya los dejamos para la arqueología.

