Alfonso II el Casto: el primer influencer del Camino De Santiago

Si hoy existieran las redes sociales, Alfonso II el Casto habría inaugurado el Camino Primitivo con un vídeo: “Sígueme para descubrir el sepulcro más famoso de Europa”. Pero en el siglo IX no había móviles, ni drones, ni mochilas ultraligeras. Solo había barro hasta las rodillas, lobos con más hambre que un estudiante en época de exámenes y posadas donde las chinches cobraban alquiler.

Así comenzó la mayor campaña turística de la historia de España.

Dicen las crónicas que un ermitaño vio unas luces misteriosas en un bosque gallego. Hoy cualquiera habría dicho que era un dron, un festival de música o una rave clandestina. Entonces pensaron algo mucho más razonable: que habían encontrado la tumba del apóstol Santiago.

La noticia llegó a Oviedo y Alfonso II, hombre prudente donde los hubiera, decidió comprobarla personalmente. Porque fiarse de un rumor ya era peligroso en el siglo IX, y mucho más sin posibilidad de consultar internet.

Allá marchó el rey.

No iba buscando medallas deportivas ni sellos para una credencial. Bastante tenía con no dejar una bota atrapada en el fango. Aquello no era un camino; era un catálogo completo de obstáculos: montañas que parecían haber sido diseñadas por un enemigo de los excursionistas, ríos sin puentes y bosques donde los árboles se inclinaban con gesto de decir: “Hasta aquí llega la cobertura divina.”

Los peregrinos actuales protestan porque el café está tibio o porque el albergue no tiene enchufe junto a la litera. Alfonso II habría firmado encantado por una cama con colchón. A él le tocó dormir donde podía, rezando para que los ronquidos de sus acompañantes espantaran antes a los lobos que a los santos.

Y, sin embargo, el rey siguió caminando.

No porque existiera una aplicación que le contara los pasos, sino porque la fe tenía entonces mejor batería que cualquier teléfono moderno.

El Camino Primitivo conserva todavía ese carácter indómito. Sus montañas no entienden de modas. Hay cuestas que parecen levantarse cada noche solo para fastidiar al peregrino. El Alto del Palo y las sierras asturianas ponen a prueba hasta las rodillas más optimistas. Uno empieza la subida creyéndose un cruzado y la termina negociando con todos los santos del calendario.

Pero también tiene recompensas.

En ningún otro camino el silencio pesa tanto ni el paisaje habla tan alto. Los robledales parecen catedrales verdes; la niebla entra en escena como una actriz dramática y las vacas observan al caminante con esa expresión filosófica que solo poseen quienes jamás han pagado una hipoteca.

Existe además una curiosidad deliciosa. Durante siglos, muchos peregrinos hacían un pequeño desvío para venerar las reliquias de San Salvador en Oviedo antes de continuar hacia Compostela. De ahí nació el famoso refrán:

“Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y deja al Señor.”

Traducido al castellano contemporáneo significa algo parecido a: “Ya que has venido hasta aquí, no seas tacaño con los kilómetros.”

Alfonso II jamás imaginó que su caminata acabaría llenando Europa de peregrinos. Él abrió una senda; los siglos construyeron un fenómeno. Gracias a aquel viaje aparecieron hospitales, puentes, monasterios y tabernas donde, desde hace más de mil años, el peregrino aprende una verdad universal: la ampolla ajena siempre parece más pequeña.

Y ahí sigue el Camino Primitivo, recordándonos que el primer peregrino no llevaba botas de Gore-Tex, ni bastones de fibra de carbono, ni crema antirozaduras. Llevaba una corona, sí, pero descubrió pronto que las coronas no alivian los callos.

Porque los caminos tienen una curiosa costumbre: cuando uno empieza a recorrerlos, dejan de importar los títulos.

Al final todos llegan iguales.

Con polvo en las botas, agujetas en las piernas y una sonrisa que ni el mejor médico sabe recetar.

Quizá por eso Alfonso II el Casto fue rey al salir de Oviedo.

Pero regresó siendo algo mucho más difícil de conseguir.

El primer peregrino de Europa.

Alfredo Muñiz.

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