Roca Rey, el gallo, las orejas y la aristocracia del capote
por Alfredo Muñiz
En Plaza de Toros de El Bibio se vivió una de esas tardes en las que el toro sale al ruedo con cuernos, el torero con traje de luces y el público dispuesto a demostrar que, en España, hasta para repartir orejas hace falta tener buen gusto.
Y allí apareció Roca Rey, que ya es una de las criaturas más mediáticas del planeta taurino. El peruano no se conformó con enfrentarse al toro: salió dispuesto a enfrentarse también al destino, a la prensa, a las redes sociales y, si hacía falta, hasta al gallinero.
En su primera faena consiguió una vuelta al ruedo con dos orejas, que ya es un excelente negocio: el toro pierde la batalla, el torero gana el trofeo y el público se lleva la satisfacción de haber participado en una ceremonia donde las matemáticas son muy sencillas: un toro, una faena, dos orejas y mucha conversación.
Pero la tarde tenía reservada una sorpresa de corral. A Roca Rey le regalaron un gallo.
Y aquí es donde Quevedo, si levantara la cabeza, probablemente preguntaría: «¿No bastaba con las orejas?». Porque antiguamente al torero se le premiaba con aplausos, orejas y, en ocasiones, rabo. Ahora, si continúa la tendencia, acabaremos entregándole una granja: gallo, gallina, pollitos y quizá un saco de pienso para celebrar la faena completa.
Lo curioso es que Roca Rey no necesita demasiado gallinero para llamar la atención. Su fama ya camina sola. A la popularidad taurina se le añade el ingrediente rosa: su relación sentimental con Tana Rivera, hija de Eugenia Martínez de Irujo y Fran Rivera. Y así el muchacho ha conseguido una proeza que no está al alcance de cualquiera: salir en las páginas taurinas con el toro y en las páginas del corazón con la aristocracia.
Eso sí que es torear.
Porque en España hay toreros que se enfrentan al toro, otros que se enfrentan a la prensa y algunos privilegiados que consiguen enfrentarse a ambos sin despeinarse el flequillo.
Roca Rey pertenece a esta última especie.
Mientras unos necesitan años para hacerse un nombre, él parece haber comprendido el secreto de la modernidad: hay que torear bien, salir bien en la foto y tener una vida sentimental capaz de alimentar al mismo tiempo a las revistas taurinas, las del corazón y el algoritmo de Instagram.
En El Bibio, además, quedó demostrado que el éxito tiene muchas formas. Dos orejas, una vuelta al ruedo y un gallo pueden parecer tres cosas distintas, pero juntas forman un excelente resumen de la España contemporánea: tradición, espectáculo y un poquito de gallinero.
Y es que el mundo del toro nunca fue solamente cuestión de bravura. También hay que saber vender la faena, administrar la fama y, sobre todo, procurar que después de matar al toro no te mate la crónica.
Roca Rey, de momento, parece tenerlo claro.
Torea, triunfa, enamora y hasta recibe gallos.
Solo falta que el próximo premio sea un jamón.
Entonces podremos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la faena habrá sido de cinco estrellas y pata negra.
Y la corrida continúa con Alejandro Talavante. Otro crack.


