Sánchez y el arte de responder sin contestar
por Alfredo Muñiz
El presidente viaja a Estados Unidos para hablar de inteligencia artificial y acaba impartiendo una clase magistral sobre la diferencia entre “corrupción” y “otros asuntos”
Harvard esperaba recibir a un jefe de Gobierno europeo para hablar de inteligencia artificial, democracia y tecnoligarquía. Lo que no esperaba era asistir a una clase magistral de prestidigitación política española, esa disciplina en la que un escándalo puede convertirse en “otro asunto” con la misma facilidad con la que un mago hace desaparecer un conejo de la chistera.
Pedro Sánchez llegó a Boston dispuesto a explicar a los estudiantes los peligros de la tecnología. Y los estudiantes, que aparentemente no habían pagado una matrícula millonaria para escuchar una conferencia de autoayuda presidencial, decidieron hacer algo mucho más incómodo: preguntar.
Preguntaron por la corrupción.
Y ahí empezó el espectáculo.
Un alumno quiso saber por los casos que afectan al PSOE y por las causas judiciales relacionadas con Begoña Gómez y David Sánchez. El presidente reconoció que su partido y España han sufrido casos de corrupción, pero trazó inmediatamente una frontera conceptual digna de un laboratorio de Harvard: una cosa es la corrupción y otra, completamente distinta, son los asuntos judiciales que afectan a su entorno familiar.
Harvard había invitado a Sánchez para hablar de inteligencia artificial.
Sánchez acabó demostrando que España ya dispone de una tecnología más sofisticada:
la inteligencia semántica.
Una tecnología capaz de conseguir que dos cosas que parecen lo mismo dejen de serlo simplemente cambiándoles el nombre.
Corrupción: no.
Escándalo: tampoco.
¿Entonces qué?
“Otros asuntos”.
La corrupción tiene DNI
Hasta ahora creíamos que la corrupción dependía de los hechos.
Pero quizá también depende del apellido.
Si ocurre en el partido, puede ser corrupción.
Si afecta al entorno familiar, puede ser “otro asunto”.
Los profesores de Harvard podrían incorporar una nueva asignatura:
“Taxonomía política del escándalo: cómo cambiarle el nombre a un problema”.
Primer curso: corrupción.
Segundo: presunta corrupción.
Tercero: procedimiento judicial.
Doctorado: “Eso no son escándalos”.
El arte de cambiar la etiqueta
La fórmula es magnífica porque permite ganar tiempo sin necesidad de resolver nada.
Un imputado puede convertirse en “persona inmersa en un procedimiento”.
Un escándalo, en “controversia”.
Una controversia, en “discrepancia”.
Y una discrepancia, en “campaña de la oposición”.
Es como preguntar por un jamón y recibir esta respuesta:
—¿Esto es un jamón?
—No.
—¿Entonces qué es?
—Un asunto porcino.
Y asunto concluido.
La defensa presidencial
Sánchez calificó las acusaciones contra su esposa y su hermano como ataques personales y sostuvo que afirmar que son culpables no es justo porque, según él, no lo son; también las definió como “política sucia”, pero no como corrupción.
Aquí conviene separar la sátira de la justicia: una investigación judicial no equivale a una condena. La culpabilidad corresponde determinarla a los tribunales, no al presidente, a la oposición, a un periodista ni a un estudiante de Harvard.
Pero tampoco una investigación deja de existir porque políticamente resulte más cómodo llamarla “otro asunto”.
Ahí está la diferencia entre una defensa política y una resolución judicial.
La pregunta incómoda
El presidente había viajado a Harvard para hablar del futuro de la tecnología y terminó enfrentándose a una herramienta mucho más antigua:
la pregunta que no estaba en el PowerPoint.
No necesita batería, Wi-Fi ni inteligencia artificial.
Solo necesita un estudiante con ganas de preguntar.
Y cuando llegó la pregunta sobre su familia, apareció la frontera presidencial:
“Eso es otra cosa”.
La política española acababa de convertir el clásico “yo no fui” en una respuesta académica.
Cuando las palabras llevan airbag
La escena deja una lección bastante útil: en política, cambiar el nombre de las cosas puede ser más rápido que solucionar las cosas.
No es crisis: desaceleración.
No es contradicción: cambio de posición.
No es subida de impuestos: armonización.
No es escándalo: otro asunto.
El ciudadano puede ver un problema; el Gobierno, una controversia; la oposición, un escándalo; y los tribunales, un procedimiento que tendrá que seguir su curso.
La realidad, mientras tanto, permanece donde estaba.
Y apareció Pegasus
Después llegó Pegasus, el espionaje del teléfono del presidente y de varios ministros. Sánchez reconoció el hackeo, afirmó desconocer quién estuvo detrás y recordó que fue denunciado ante la Audiencia Nacional.
Aquí la respuesta fue bastante más sencilla:
“No sabemos quién lo hizo”.
Perfecto.
Harvard respiró aliviada.
Por fin había un misterio que seguía siendo misterio.
La verdadera lección de Harvard
La cuestión no es decidir desde una columna si alguien es culpable o inocente. Eso corresponde a los tribunales.
La cuestión satírica es otra: por qué la política necesita a veces cambiar el nombre de las cosas para poder convivir con ellas.
Una causa judicial es una causa judicial.
Una acusación es una acusación.
Una sentencia será una sentencia.
Y una absolución, si llega, será una absolución.
No hace falta que el diccionario entre en campaña electoral.
Porque al final los estudiantes de Harvard llegaron buscando una explicación sobre inteligencia artificial y se marcharon con una lección inesperada:
en España no solo tenemos inteligencia artificial; también tenemos política de alta definición semántica.
La primera intenta distinguir un gato de una tostadora.
La segunda, un escándalo de “otro asunto”.
Y ambas, por lo visto, todavía están aprendiendo.

