Melilla es una ciudad de frontera, de mar y de mezcla. Situada en el norte de África y abierta al Mediterráneo, sorprende al visitante por una personalidad urbana poco común: en muy pocos minutos se puede pasar del refinamiento modernista de sus fachadas burguesas al silencio histórico de Melilla la Vieja, la ciudad fortificada que mira al mar desde la roca. Esa dualidad —modernismo y ciudad vieja— convierte a Melilla en un destino singular, con una riqueza patrimonial que no siempre ha recibido la atención que merece.
Uno de los grandes atractivos de la ciudad es su conjunto modernista. Melilla conserva uno de los patrimonios modernistas más interesantes de España, con edificios que llenan de curvas, balcones, miradores, flores de piedra y detalles ornamentales el centro urbano. Pasear por sus calles es descubrir una arquitectura que habla de prosperidad, de comercio, de vida portuaria y de una ciudad que, a finales del siglo XIX y principios del XX, quiso mirar al futuro con ambición estética.
El nombre fundamental de este esplendor es Enrique Nieto, arquitecto formado en el ambiente catalán y discípulo de la sensibilidad modernista que transformó Barcelona. Su huella en Melilla es profunda. A través de sus edificios, el centro de la ciudad adquirió una imagen elegante y cosmopolita. Fachadas como las de la Casa de los Cristales, el Palacio de la Asamblea o numerosos inmuebles residenciales muestran un lenguaje decorativo en el que la arquitectura parece querer moverse: líneas ondulantes, motivos vegetales, hierro trabajado, balcones con personalidad y una teatralidad urbana muy atractiva.
Pero el modernismo melillense no es solo una colección de edificios bonitos. Es también una forma de entender la ciudad. En sus calles se percibe una voluntad de embellecer la vida cotidiana. Las esquinas, las cornisas, las ventanas y los portales fueron concebidos como parte de un escenario urbano. Melilla se convirtió así en una especie de museo al aire libre, donde la arquitectura acompaña al paseo y obliga a levantar la mirada. El visitante que llega sin expectativas suele quedar sorprendido: no espera encontrar, al otro lado del Mediterráneo, una ciudad con tanta personalidad artística.
Frente a ese modernismo luminoso aparece otra Melilla, más antigua, más defensiva y más silenciosa: Melilla la Vieja. También conocida como “El Pueblo”, es el núcleo histórico de la ciudad, un recinto fortificado que conserva la memoria de siglos de historia. Sus murallas, fosos, baluartes, túneles, puertas y plazas evocan una ciudad marcada por su posición estratégica. Desde allí se domina el mar, se comprende la importancia militar del enclave y se siente la fuerza de una arquitectura construida para resistir.
Entrar en Melilla la Vieja es cambiar de ritmo. El bullicio del centro moderno queda atrás y aparece un paisaje de piedra, cal, viento y horizonte. Las murallas ofrecen algunas de las mejores vistas de la ciudad y del Mediterráneo. En sus rincones se mezclan la historia militar, la vida religiosa, la memoria civil y la belleza de un urbanismo adaptado a la roca. Cada puerta, cada pasadizo y cada plaza parecen guardar una historia.
Uno de los grandes valores de Melilla es precisamente esa convivencia entre épocas. La ciudad no se entiende solo por su pasado fortificado ni solo por su modernismo. Su identidad nace del diálogo entre ambos mundos. Melilla la Vieja representa la raíz, la defensa, la memoria y la permanencia. El ensanche modernista representa la expansión, el comercio, la modernidad y el deseo de belleza. Entre una y otro se dibuja una ciudad compleja, mediterránea y mestiza.
Además, Melilla posee una dimensión cultural muy especial. En sus calles conviven tradiciones cristianas, musulmanas, judías e hindúes, lo que aporta una riqueza humana que se percibe en la gastronomía, las fiestas, los mercados, los acentos y la vida diaria. Esa diversidad refuerza el atractivo de una ciudad que no se parece a ninguna otra. Melilla no es solo un lugar para ver monumentos; es una ciudad para leer sus capas, para caminar despacio y para entender cómo la historia ha dejado marcas visibles en la arquitectura y en la convivencia.
Un reportaje sobre Melilla debe invitar a mirar con atención. Hay que detenerse ante sus fachadas modernistas, recorrer sus plazas, asomarse a sus balcones, entrar en sus murallas y dejar que el mar complete el relato. Porque Melilla es, ante todo, una ciudad de contrastes armoniosos: europea y africana, antigua y moderna, militar y artística, íntima y abierta al Mediterráneo.
Quien la visita descubre que su encanto está en esa mezcla. En Melilla, la piedra de la ciudad vieja y la fantasía del modernismo no compiten: se complementan. Una cuenta la historia de la resistencia; la otra, la historia del esplendor urbano. Juntas forman una ciudad única, llena de carácter, memoria y belleza.
Informa Alfredo Muñiz.



