Por Alfredo Muñiz
Mari Carmen, la casera que soñaba con Marbella
Cuando el propietario deja de ser el villano y descubrimos que también puede tener una pensión, una hipoteca y ganas de comer
Hay historias inmobiliarias que vienen con buenos y malos perfectamente identificados.
El inquilino es pobre, vulnerable y entrañable.
El propietario tiene una vivienda, luego es sospechoso.
Y si tiene dos viviendas, ya empieza a caminar por el pasillo de la política con la misma prudencia que quien atraviesa una calle de noche con una cartera llena de billetes.
En España hemos conseguido convertir el mercado inmobiliario en una película de buenos y malos donde el malo suele llevar las escrituras.
Pero imaginemos por un momento que cambiamos el guion.
Imaginemos a Mari Carmen, 82 años, viuda, propietaria de un pequeño piso heredado de sus padres, sin más patrimonio que esa vivienda.
Mari Carmen no tiene un fondo buitre.
No tiene un ático en Marbella.
No tiene un despacho en Luxemburgo.
No tiene un ejército de abogados.
Tiene un piso.
Y de ese piso obtiene una renta de 450 euros mensuales porque lleva años alquilado con una renta antigua o congelada.
Con esos 450 euros paga la comunidad, el IBI, el seguro, alguna reparación y, si queda algo, compra pescado los miércoles porque está más barato.
Mari Carmen vive de su pensión y de esa renta.
Hasta que un día descubre que su vivienda vale en el mercado muchísimo más.
Que por ese piso, en condiciones normales, podría obtener 1.500, 1.800 o 2.000 euros.
Entonces Mari Carmen hace una cuenta.
No pide un yate.
No quiere comprarse un Ferrari.
No pretende convertirse en accionista de BlackRock.
Simplemente piensa:
—Con el alquiler actualizado podría vivir un poco mejor.
Incluso podría ir una semana de vacaciones a Marbella.
Y aquí empieza el drama.
Porque Mari Carmen ha cometido un pecado imperdonable:
ser propietaria.
La nueva aristocracia del ladrillo
En determinados debates inmobiliarios españoles parece que existen dos especies.
El inquilino y el casero.
El primero tiene derechos.
El segundo tiene obligaciones.
Y entre ambos aparece una criatura mitológica llamada “gran tenedor”, que en ocasiones parece tener más patas que un ciempiés.
El problema es que la realidad es bastante más aburrida.
Hay grandes propietarios, fondos, sociedades inmobiliarias y empresas.
Pero también hay pequeños propietarios que tienen una sola vivienda alquilada.
De hecho, según datos publicados por el Ministerio de Consumo en abril de 2026, los pequeños caseros con una única vivienda representan aproximadamente el 39% de las viviendas alquiladas, mientras que el resto está en manos de particulares con varias viviendas, personas jurídicas y entidades públicas.
Es decir, el casero español no siempre desayuna caviar encima de las escrituras.
A veces desayuna galletas María.
Y paga el IBI.
Mari Carmen y las vacaciones prohibidas
Aquí aparece nuestra Mari Carmen imaginaria.
La pobre mujer lleva treinta años alquilando su piso por una cantidad que ya no corresponde con la realidad del mercado.
Mientras tanto, la inflación ha subido.
La comunidad ha subido.
El seguro ha subido.
La reparación del tejado ha subido.
El fontanero ha subido.
Hasta el precio de llamar al fontanero para que diga “esto hay que cambiarlo entero” ha subido.
Pero el alquiler, no.
Ese permanece congelado en una especie de cápsula temporal.
Mari Carmen pregunta si puede actualizarlo.
Y entonces aparece la brigada de las buenas intenciones.
—¡Pero Mari Carmen! ¿Cómo vas a subirle el alquiler?
—Porque necesito vivir.
—¡Pero el inquilino es vulnerable!
—Yo también.
Silencio.
Ese es el momento en el que la realidad inmobiliaria se queda mirando a la política con cara de funcionario un viernes a las dos de la tarde.
Porque resulta que también puede existir vulnerabilidad en el propietario.
Y eso ya complica muchísimo el relato.
El casero no es necesariamente un capitalista con piscina
La izquierda inmobiliaria más desquiciada —y también cierta derecha inmobiliaria que cree que todo se arregla construyendo chalés con piscina— suele simplificar un problema extraordinariamente complejo.
Unos dicen:
“El propietario es el enemigo.”
Otros responden:
“El mercado lo arreglará todo.”
Y entre ambos discursos queda el ciudadano preguntándose dónde demonios va a vivir.
Porque la vivienda no se fabrica con eslóganes.
Hace falta suelo.
Hace falta construir.
Hace falta financiación.
Hace falta seguridad jurídica.
Hace falta vivienda pública.
Hace falta alquiler asequible.
Hace falta rehabilitar.
Y hace falta que alguien quiera poner viviendas en alquiler.
El Banco de España ha señalado precisamente que el aumento de la demanda de alquiler ha superado el crecimiento de la oferta, especialmente en grandes áreas urbanas y turísticas, y que España arrastra déficits de vivienda concentrados territorialmente. También ha señalado la necesidad de aumentar el parque público de alquiler y de generar incentivos para ampliar la oferta residencial.
Pero eso es mucho más complicado que organizar una manifestación delante de una inmobiliaria.
El maravilloso mundo de la vivienda imaginaria
España tiene una curiosa tradición.
Queremos que el alquiler sea barato.
Queremos que el propietario mantenga la vivienda.
Queremos que la vivienda esté bien conservada.
Queremos que se alquile.
Queremos que no se venda.
Queremos que el alquiler no suba.
Queremos que haya miles de viviendas disponibles.
Y queremos que todo eso ocurra sin que nadie pierda dinero.
Es decir:
queremos un mercado inmobiliario escandinavo con precios de pueblo asturiano y costes de construcción de 1987.
El problema es que las matemáticas tienen una desagradable costumbre: no votan.
Si una vivienda cuesta 300.000 euros, mantenerla cuesta dinero y el propietario percibe una renta que considera insuficiente, puede decidir no alquilarla.
Puede venderla.
Puede dejarla vacía.
Puede destinarla a otro uso.
Y cada vivienda que desaparece del mercado de alquiler no mejora precisamente el problema de quienes buscan vivienda.
Mari Carmen descubre el capitalismo
Nuestra protagonista vuelve a hacer números.
Tiene 82 años.
Una pensión modesta.
Un piso.
Y un alquiler que apenas le permite pagar los gastos.
Entonces descubre algo revolucionario:
que su vivienda es su patrimonio y también su fuente de ingresos.
Mari Carmen no quiere especular.
Quiere cobrar una renta razonable.
Y con esa renta quiere hacer algo absolutamente escandaloso:
vivir.
Quizá incluso irse cinco días a Marbella.
¡Qué obscenidad!
Mientras tanto, la señora que alquila su vivienda podría estar en la Costa del Sol tomando un espeto de sardinas.
Y entonces algún activista inmobiliario podría denunciar que existe una peligrosa deriva neoliberal:
“¡Una jubilada quiere disfrutar de los beneficios de su propiedad!”
¡Escándalo nacional!
Que alguien avise al Ministerio.
La Ley y el sudoku inmobiliario
La legislación española ha ido introduciendo mecanismos de protección para los inquilinos vulnerables y, en determinadas circunstancias, suspensiones de desahucios.
Pero incluso la normativa más reciente contempla que también pueda analizarse la vulnerabilidad del arrendador. El Real Decreto-ley 2/2026 establece que, en determinados supuestos, debe valorarse si el propietario se encuentra igualmente en situación de vulnerabilidad y contempla una excepción para arrendadores titulares de dos o menos viviendas.
Es decir, hasta el legislador empieza a descubrir que el mundo inmobiliario no funciona exactamente como una película de Disney.
Hay personas vulnerables.
Y algunas tienen las llaves de la vivienda.
El problema no es Mari Carmen
El problema es mucho más grande que Mari Carmen.
Es un país que durante años no ha construido suficiente vivienda allí donde se necesita.
Un país donde la población se concentra en determinadas ciudades.
Donde aumentan los hogares.
Donde crece la demanda de alquiler.
Donde las zonas turísticas reciben más presión.
Y donde la oferta no siempre responde al mismo ritmo.
El resultado es bastante sencillo:
muchos quieren alquilar y no hay suficientes viviendas disponibles a precios que puedan pagar.
Entonces empieza la batalla.
Inquilinos contra propietarios.
Propietarios contra Gobierno.
Gobierno contra comunidades autónomas.
Comunidades autónomas contra ayuntamientos.
Ayuntamientos contra promotores.
Promotores contra la burocracia.
Y la burocracia contra todos.
Mientras tanto, el joven sigue buscando piso.
Una solución revolucionaria: construir viviendas
Quizá la idea más radical de todas sea también la más aburrida:
hacer más viviendas.
Muchas.
Donde haya demanda.
Y con diferentes precios y modelos de alquiler.
Vivienda pública.
Vivienda protegida.
Vivienda privada.
Alquiler social.
Alquiler asequible.
Rehabilitación.
Nuevas promociones.
Y reglas que permitan que el propietario particular tenga incentivos para alquilar.
Porque si queremos que haya viviendas en alquiler necesitamos que alguien las ponga en alquiler.
Parece una obviedad.
Pero en España las obviedades suelen necesitar una comisión parlamentaria.
Y Mari Carmen se va a Marbella
Finalmente, imaginemos que Mari Carmen consigue actualizar legalmente la renta.
Pasa de cobrar 450 euros a 1.200.
No se hace millonaria.
No compra un palacio.
No funda una inmobiliaria.
Paga sus gastos, ayuda a sus hijos, arregla la cocina y, después de treinta años sin vacaciones, reserva cinco noches en Marbella.
Hotel de tres estrellas.
Media pensión.
Habitación con terraza.
Y cuando llega a la playa, se tumba en la hamaca.
A su lado, un señor le pregunta:
—¿Y usted a qué se dedica?
Mari Carmen sonríe.
—Soy casera.
El hombre se levanta inmediatamente.
—¡Ah!
Y se marcha.
Mari Carmen abre el bolso, saca el protector solar y contempla el Mediterráneo.
Por primera vez en muchos años no piensa en el alquiler.
Ni en la ley.
Ni en el Gobierno.
Ni en los desahucios.
Ni en los grandes tenedores.
Solo piensa en algo mucho más revolucionario:
que quizá una persona que posee una vivienda también tiene derecho a vivir dignamente de ella.
Y mientras se pone crema solar, mira el precio de una cerveza en el chiringuito.
—¡Madre mía! —dice—. Esto sí que necesita una regulación.
Porque una cosa es ser propietaria.
Y otra muy distinta es ser millonaria.
Y entre ambas cosas hay un piso, una pensión y toda una política de vivienda por resolver.
Entretanto, Mari Carmen podría ser una peligrosa especuladora que quiere irse de vacaciones como algunos de los progres que critican el asunto…

