La bola negra: cuando el rey del cortijo se cree dueño de la urna

La bola negra: cuando el cortijo saca la urna del desprecio

por Alfredo Muñiz

Federico García Lorca distinguía entre ángel, musa y duende. Tres criaturas capaces de llevar al artista a territorios donde la razón suele quedarse en la puerta. Pero hay una cuarta, mucho más siniestra, que también pertenece al universo lorquiano: la bola negra.

No es una imagen ajena a Lorca ni una ocurrencia añadida después. La bola negra fue el título de una novela que comenzó a escribir y de la que únicamente se conservan las primeras páginas. El resto no se sabe si se perdió o si el poeta no tuvo tiempo de terminarla. Esa incertidumbre añade a la película una resonancia especial: como si los directores-guionistas hubieran recogido una historia interrumpida y hubieran intentado escuchar lo que todavía quedaba latiendo en sus márgenes.

Después de ver La bola negra, uno sospecha que Javier Calvo y Javier Ambrossi han tenido ángel, musa y, sobre todo, duende. Bajo esa bola negra se intuyen Lorca, su universo, la Guerra Civil y una España de armarios cerrados, silencios familiares y vecinos expertos en mirar detrás de las cortinas.

He salido del cine con ganas de volver. No porque no haya entendido la película, sino porque tengo la sensación de que la primera vez uno ve la historia y la segunda empieza a descubrir sus fantasmas.

Y eso es cine: algo que no se limita a entretener, sino que te deja pensando mientras buscas las llaves del coche.

El maravilloso invento de la bola negra

La bola negra tiene algo extraordinariamente democrático: cualquiera puede utilizarla.

La familia que decide quién es digno y quién no. El empresario que convierte su despacho en un reino absolutista. El compañero que practica el mobbing como si hubiera obtenido una cátedra de humillación. El jefe de cortijo que confunde autoridad con impunidad. El vecino que, sin haber sido nombrado presidente de nada, se autoproclama Tribunal Supremo del barrio.

Y luego están los especialistas: quienes llevan toda la vida repartiendo bolas negras mientras proclaman que jamás discriminan a nadie.

—Yo no tengo nada contra los homosexuales.

Frase que suele ir seguida de un “pero…” tan grande que podría utilizarse como pantalla de cine.

Hace años escribí un reportaje titulado “Cero desprecios”. La bola negra me ha devuelto a aquella idea: el desprecio no siempre llega con uniforme, pancarta o insulto. A veces aparece perfectamente trajeado, con sonrisa institucional y una explicación aparentemente razonable.

La bola negra puede ser una mirada, un silencio, una puerta que no se abre, una promoción que nunca llega, una invitación que se pierde, un rumor, un expediente o un “no encaja”.

Y cuando uno pregunta por qué, aparece el funcionario del desprecio:

—No es nada personal.

Naturalmente. En España, cuando algo empieza con “no es nada personal”, conviene ponerse el casco.

El rey del cortijo y su urna particular

Las bolas negras no han desaparecido: han evolucionado.

Antes podían estar en una urna. Ahora aparecen en un despacho, un grupo de WhatsApp, una reunión de socios, una familia o cualquier organización donde surja un pequeño rey del cortijo, convencido de que Dios le entregó las llaves del reino y un Excel con los nombres de los súbditos.

Su característica fundamental es sencilla: cree que la sociedad es suya.

La familia es suya. La empresa es suya. El consejo es suyo. La palabra es suya. Y, si le dejan, hasta la verdad es suya.

También se reserva el derecho de sacar bolas negras: una para el hermano díscolo, otra para el socio que pregunta demasiado, otra para el empleado que no se arrodilla y una edición especial, en terciopelo, para quien ose decir:

—Perdona, pero esto no es normal.

El rey del cortijo contempla entonces al insolente como si acabara de descubrir un mosquito dentro de su copa de Vega Sicilia.

Sebastián y las flechas de la historia

Hay un personaje especialmente poderoso: Sebastián, interpretado por Guitarricadelafuente.

No es casualidad que se llame así. San Sebastián fue torturado y suele representarse atravesado por flechas, convertido con el tiempo en una imagen donde se mezclan martirio, belleza y un evidente componente homoerótico.

En La bola negra, Sebastián simboliza al hombre que intenta sobrevivir cuando la sociedad ha decidido que su existencia resulta incómoda.

Sobrevive a la guerra, a las bolas negras y al juicio de los demás. Termina apartándose a un pueblo para vivir con su amante bajo la ficción de ser “primos”: una palabra inocente que esconde toda una vida.

Y ahí la película deja de ser solo una historia del pasado. Uno empieza a preguntarse cuántos “primos” hubo, cuántos hombres tuvieron que esconder a quien amaban y cuántas familias prefirieron el silencio a la verdad.

Y, sobre todo, cuántas bolas negras seguimos fabricando hoy.

La bola negra contemporánea

No hace falta volver a los años más oscuros para encontrar discriminación. La bola negra sigue circulando: en el colegio, el trabajo, la familia, la empresa o las redes sociales. En cualquier lugar donde alguien decida que tiene derecho a señalar al diferente.

Por eso hay que denunciar el acoso, el mobbing y la discriminación. Y dejar de considerar normales determinadas conductas solo porque llevan muchos años practicándose.

Porque hay costumbres que no son tradiciones. Son simplemente malas costumbres con pedigrí.

Quizá haya llegado la hora de poner las bolas negras en una vitrina, junto a otras piezas arqueológicas de la estupidez humana, con una placa:

“Ejemplar extinguido. Se utilizaba antiguamente para despreciar, excluir y hacer la vida imposible al prójimo.”

Aunque habría que vigilar que no apareciera algún coleccionista.

Y ahora, al cine

No voy a contarles más. Sería estropear aquello que hace grande a una película: descubrirla.

La bola negra tiene diversión, tristeza, romanticismo, tragedia, humor y momentos que golpean suavemente en algún lugar que uno creía bien amueblado. Pero, sobre todo, tiene capas, muchas escondidas en los detalles.

Y quizá una de sus capas más sugerentes sea precisamente esa conversación silenciosa con la novela inconclusa de Lorca: con esas primeras páginas conservadas y con todo lo que quedó suspendido, perdido o sin tiempo para llegar a existir. La película parece preguntarse qué ocurre cuando una historia interrumpida encuentra, muchos años después, otra forma de continuar.

Por eso estoy deseando volver a verla. La primera vez fui espectador; la segunda quiero ser detective. Quiero mirar los decorados, los gestos, los silencios, las referencias y esas pistas que quizá se me escaparon entre una carcajada y un nudo en la garganta.

Cuando una película consigue que quieras volver para descubrir lo que no viste la primera vez, algo ha hecho extraordinariamente bien.

Y La bola negra lo consigue.

Quizá porque todos conocemos alguna bola negra. Y todos deberíamos hacer lo posible para que deje de ser un instrumento de poder y se convierta en lo que debería ser:

una pieza de museo de la España que queremos dejar atrás.

Eso sí: si conocen a algún rey del cortijo que todavía conserve una urna llena de bolas negras, no se la rompan.

Primero conviene catalogarlo a él.

Por si acaso.

Por último, reseñar que la película me recordó al personaje de Bel en la novela EL TESTAMENTO DEL GALLO ESCRITA POR ALFREDO MUÑIZ Y DISPONIBLE EN AMAZON.

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