Villa Jamonera: donde los cerdos engordan y los primos adelgazan

EL BUSCÓN DE VILLA JAMONERA

Historia de un cortijo familiar donde los primos disputaban por el jamón, los asesores por la minuta y el rey por no perder el trono

por Alfredo Muñiz

En tiempos no muy lejanos, aunque suficientemente antiguos para que ya nadie recordase quién había puesto el primer cerdo en la pocilga, existía en algún lugar de la España profunda una ilustre casa dedicada a la noble industria del cochino.

La llamaremos Villa Jamonera.

Allí se criaban cerdos, se curaban jamones y, sobre todo, se cultivaban parientes.

Porque si hay algo que crece con más facilidad que un cerdo bien alimentado es una familia alrededor de una empresa próspera.

La primera generación había sido sencilla.

Un patriarca.

Una empresa.

Un despacho.

Un hombre que mandaba.

Y una familia que sabía perfectamente quién llevaba el látigo y quién llevaba la bandeja.

Pero llegó la segunda generación y aparecieron los hermanos.

Y con los hermanos llegaron las opiniones.

Y con las opiniones llegaron las discrepancias.

Y con las discrepancias llegaron los abogados.

Y cuando aparecieron los abogados, hasta el jamón empezó a necesitar interpretación jurídica.

Pero aquello no fue nada comparado con la tercera generación.

Porque entonces llegaron los primos.

Y donde hay primos, hay accionistas.

Y donde hay accionistas, hay juntas.

Y donde hay juntas, siempre aparece alguien preguntando:

—¿Y yo cuánto cobro?

I. De cómo nació un rey en un corral

Entre todos los descendientes destacó Kevin Javier, hombre de gran confianza en sí mismo y de aún mayor confianza en que la empresa familiar era, por derecho hereditario, su cortijo.

Kevin Javier no se consideraba administrador.

Se consideraba monarca.

Los estatutos eran, para él, algo parecido a la Constitución: un documento interesante que conviene conocer, especialmente cuando lo interpreta otro.

Su despacho tenía la solemnidad de una sala de audiencias.

Y cada vez que un primo planteaba una discrepancia, Kevin Javier fruncía el ceño con gesto de emperador romano al que acaban de comunicar que un senador pretende votar.

—Aquí siempre se ha hecho así.

Era su frase favorita.

Y probablemente también la más peligrosa.

Porque en una empresa familiar, «aquí siempre se ha hecho así» suele ser el primer capítulo de una tragedia cuyo último acto se representa en un juzgado.

II. Pelayo, el desgraciado que quería vender

Pero había un primo llamado Pelayo.

Pelayo tenía una peculiaridad.

No quería mandar.

No quería suceder a Kevin Javier.

No quería su despacho.

No quería el coche.

No quería la silla.

Ni siquiera quería el retrato de su bisabuelo sobre la chimenea.

Pelayo quería algo muchísimo más revolucionario:

quería vender sus participaciones a un precio razonable y marcharse.

Y eso, en Villa Jamonera, era casi una herejía.

Llevaba cinco años intentando encontrar una salida.

Cinco años.

En ese tiempo algunos matrimonios se habían celebrado, otros se habían roto, habían nacido niños, muerto abuelos y cambiado tres veces de teléfono móvil.

Pero Pelayo seguía esperando.

Cada vez que preguntaba por su salida, alguien respondía:

—Estamos estudiándolo.

Palabras que en el idioma de determinadas empresas familiares significan:

«No tenemos intención de resolverlo todavía».

Pelayo empezó a sospechar que su participación tenía una propiedad extraordinaria: cuanto más tiempo permanecía dentro de Villa Jamonera, menos valía y más difícil era venderla.

III. La Corte de los aduladores

Pero Kevin Javier no estaba solo.

Todo rey necesita corte.

Y Villa Jamonera tenía una espléndida.

Había asesores que entraban en el despacho con cara de ministros y salían con facturas que hubieran financiado una pequeña guerra.

Su misión consistía fundamentalmente en proporcionar a Kevin Javier una cosa muy apreciada por los poderosos:

la razón.

Kevin Javier decía:

—Esto es blanco.

Y el asesor:

—Efectivamente.

—¿Aunque sea negro?

—Jurídicamente, podría considerarse una modalidad de blanco.

—¿Y si Hacienda dice que es negro?

—Habría que analizar el contexto.

El contexto.

Palabra prodigiosa.

Sirve para explicar casi todo lo que no se sabe explicar.

Y así, mientras Pelayo esperaba una solución, los asesores producían informes, reuniones, interpretaciones, contrainformes, llamadas y minutas.

Villa Jamonera tenía cada vez más papeles.

Y cada vez menos soluciones.

IV. La Rata, doctor en no equivocarse

Entre aquella ilustre corte sobresalía un personaje singular.

El Consultor Infalible.

Un hombre que jamás se equivocaba.

Jamás.

Si los números demostraban que se había equivocado, decía que los números estaban mal interpretados.

Si Hacienda discrepaba, era Hacienda quien no había comprendido la operación.

Si otro abogado encontraba una contradicción, aquello no era una contradicción sino «una cuestión técnica».

Y si finalmente alguien aportaba un documento que desmontaba su teoría, nuestro hombre adoptaba una expresión de profundo conocimiento y decía:

—Eso ya lo había contemplado.

Sus colegas, según la leyenda de Villa Jamonera, le habían puesto un apodo cariñoso:

La Rata.

No por su aspecto, Dios nos libre.

Ni por sus costumbres.

Sino porque tenía el prodigioso instinto de aparecer siempre allí donde había queso.

Y, sobre todo, porque jamás abandonaba un barco mientras quedara algo que roer.

V. Minivilla y el párpado de la conciencia

Después estaba Minivilla de los Corrales.

Hombre prudente, aunque últimamente la prudencia se le manifestaba en forma de pequeños espasmos.

Cada vez que escuchaba:

—Pelayo.

Le temblaba un ojo.

Cuando escuchaba:

—Perito.

Le temblaba el otro.

Cuando alguien decía:

—Demanda.

Los dos.

Y si aparecía la palabra:

—Hacienda.

Minivilla comenzaba a buscar agua como si estuviera atravesando el desierto.

No porque hubiera ocurrido nada, naturalmente.

En Villa Jamonera no ocurría nunca nada.

Todo eran malentendidos.

Interpretaciones.

Casualidades.

Decisiones empresariales.

Y, sobre todo, contextos.

VI. El gran descubrimiento: los primos también piensan

Lo que Kevin Javier parecía no comprender era que una empresa familiar no es una monarquía.

Es una sociedad.

Y un accionista no deja de tener derechos porque haya compartido bautizos, comuniones, veranos y langostinos con el resto de la familia.

En la primera generación puede funcionar el patriarca.

En la segunda, los hermanos todavía conservan cierta memoria común.

Pero en la tercera generación ocurre el milagro:

los primos descubren que son accionistas antes que primos.

Y entonces comienzan las preguntas.

¿Por qué este cobra más?

¿Por qué aquel tiene más poder?

¿Por qué unos participan en las decisiones y otros se enteran después?

¿Por qué el capital invertido produce menos que un depósito bancario?

Y aparece la pregunta que puede acabar con cualquier dinastía empresarial:

—¿Para qué sigo aquí?

VII. La peligrosa comparación con el banco

Porque existe una verdad que ningún rey de cortijo puede derogar:

el dinero no tiene sentimientos.

El capital busca rentabilidad.

Si una participación en Villa Jamonera produce menos que una inversión conservadora, el primo empieza a mirar el banco.

Si además siente que no tiene influencia, mira el banco con más cariño.

Y si encima lleva cinco años intentando vender y nadie le ofrece una solución razonable, empieza a mirar al abogado.

Ahí es cuando el problema deja de ser familiar.

Y empieza a convertirse en societario.

VIII. La hucha que nunca quisieron llenar

Las empresas familiares inteligentes lo saben.

Guardan parte de los beneficios.

Crean reservas.

Establecen mecanismos de salida.

Compran participaciones de los socios que quieren jubilarse, necesitan liquidez, atraviesan una circunstancia personal o simplemente han decidido que ya no quieren seguir en el negocio.

Porque una empresa familiar debe tener una puerta.

Y no solamente una puerta de entrada.

El error consiste en repartir hasta el último euro cuando las cosas van bien y descubrir después que no existe un céntimo para comprar al primo que quiere marcharse.

Entonces empieza el espectáculo.

—No hay liquidez.

—La valoración es demasiado alta.

—La empresa no puede comprar.

—Ya hablaremos.

Y cinco años después:

—¿Por qué Pelayo está enfadado?

IX. El día en que el jamón llegó al juzgado

Y así llegó el momento que todos temían.

Pelayo dejó de preguntar.

Eso fue lo verdaderamente preocupante.

Porque mientras un socio pregunta, todavía existe esperanza.

Cuando deja de preguntar y empieza a recopilar documentos, cambia la música.

Kevin Javier siguió confiando en sus asesores.

La Rata siguió diciendo que todo estaba bajo control.

Minivilla siguió practicando su particular gimnasia facial.

Y Villa Jamonera continuó funcionando como si nada.

Hasta que alguien pronunció tres palabras que en las empresas familiares producen más escalofríos que una cámara frigorífica:

«Nos vemos judicialmente».

Entonces se hizo el silencio.

Hasta los cerdos parecieron guardar silencio.

X. Moraleja para una familia de jamones

La historia de Villa Jamonera tiene una moraleja sencilla.

El enemigo de una empresa familiar no suele ser el primo que quiere vender.

El verdadero peligro aparece cuando el primo quiere vender y nadie quiere escucharle.

Porque entonces la participación se convierte en una trinchera.

La junta, en un campo de batalla.

Los asesores, en artillería.

Los informes, en munición.

Y el dinero de la familia termina financiando una guerra contra la propia familia.

Todo por no haber reservado unos cuantos jamones para el día en que alguno quisiera marcharse.

Y así terminó la historia de nuestro particular Buscón.

Pelayo quería vender.

Kevin Javier quería mandar.

Minivilla quería que nadie demandara.

Los asesores querían cobrar.

Y La Rata quería demostrar que siempre tenía razón.

Pero había algo que ninguno de ellos había calculado.

En los negocios familiares puede discutirse durante años sobre quién tiene razón.

Puede discutirse sobre el precio.

Sobre los estatutos.

Sobre la valoración.

Sobre los informes.

Sobre Hacienda.

Sobre los asesores.

Sobre los primos.

Sobre los jamones.

Pero hay una cosa que no admite interpretación jurídica:

cuando se acaba el dinero, se acaba la paciencia.

Y cuando se acaba la paciencia, aparece el abogado.

Y cuando aparece el abogado…

hasta el cerdo empieza a declarar.

Y colorín, colorado…

Villa Jamonera siguió curando jamones.

Lo que ya nadie sabía era si los próximos serían ibéricos, serranos o judiciales.

Porque en aquel cortijo familiar habían aprendido demasiado tarde que el jamón puede dividirse en lonchas.

La familia, no siempre.

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