LOS FANTASMAS DEL VINO: KEVIN JAVIER, MUCHO TANINO Y POCA SUSTANCIA
Por Alfredo Muñiz
En el fascinante universo del vino conviven dos especies humanas perfectamente diferenciadas. Por un lado, quienes disfrutan de un buen caldo sin necesidad de convocar una rueda de prensa. Por otro, los fantasmas del vino, capaces de convertir una copa en una tesis doctoral, una cata en una ceremonia de Estado y un aperitivo en una exhibición de superioridad intelectual.
Entre estos últimos destaca Kevin Javier, sumiller de sobremesa, catedrático de adjetivos reciclados y aspirante a una plaza vitalicia en la Real Academia de la Nariz.
Kevin no bebe vino: lo somete a una auditoría sensorial. Antes de concederle su aprobación, necesita examinar su currículum, interrogar a sus antepasados y comprobar si la barrica estuvo a la altura de sus expectativas.
El hombre que veía colores que nadie había pedido
Su ritual comienza en cuanto el camarero deposita la copa sobre el mantel. Kevin la agarra con dos dedos, como si estuviera manipulando una reliquia de Tutankamón, y empieza a agitarla con movimientos circulares. No mueve la copa: pone en órbita el tempranillo.
Después la eleva hacia la luz, entorna los ojos y examina el color con la gravedad de un inspector de Hacienda que acaba de descubrir una transferencia sospechosa.
—¡Magnífica capa! Intensidad cromática extraordinaria. Un rubí con vocación de gran reserva.
—¿Y de sabor qué tal? —pregunta alguien.
Kevin lo mira como si acabara de preguntar si el Museo del Prado vende bocadillos.
—Todavía estamos en la fase visual.
Naturalmente. No se puede precipitar una experiencia que exige tanta iluminación y tan poca prisa.
El vino es rojo, pero Kevin jamás admitiría semejante vulgaridad. Para eso están los aficionados. Los expertos de su categoría distinguen entre rubí, granate, picota, cereza madura y otros colores que parecen nombres de pintalabios de una colección de lujo.
Si alguien le pregunta si el vino es bonito, Kevin lo fulmina con la mirada.
—La belleza es una categoría demasiado superficial.
Y vuelve a contemplar la copa, que empieza a sospechar que ha caído en manos de un poeta sin editor.
Una nariz prodigiosa y un vocabulario reciclable
Llega el turno de oler. Kevin acerca la nariz a la copa, cierra los ojos y aspira con la concentración de un perro antidroga en Barajas. Permanece unos segundos en trance, como si intentara comunicarse con los antepasados de la barrica.
Finalmente, abre los ojos y pronuncia su diagnóstico:
—En nariz aparecen notas de fruta roja madura, especias dulces, recuerdos balsámicos y un fondo mineral perfectamente integrado.
Lo dice con la misma seguridad con la que un político promete bajar los impuestos. Y, como los políticos, jamás concreta cuándo ni cómo.
—¿Qué fruta exactamente? —pregunta Pelayo.
Kevin sonríe con indulgencia.
—No se trata de identificar una fruta concreta, sino de captar su expresión aromática.
Traducido al castellano: no tiene ni idea de si huele a cereza o a ciruela, pero no piensa permitir que un detalle tan insignificante arruine su prestigio.
Kevin posee una nariz prodigiosa. Detecta frutos rojos, negros, silvestres, maduros, confitados y hasta recuerdos de un bosque húmedo después de la lluvia. Si le sirvieran un vaso de agua, probablemente encontraría notas minerales, un delicado frescor vegetal y una evocación lejana de manantial alpino.
Su vocabulario es inagotable porque siempre utiliza las mismas palabras. Da igual que pruebe un Rioja, un Ribera del Duero o un vino de mesa que cuesta menos que el aparcamiento: todos tienen elegancia, estructura, mineralidad y un final persistente.
Si el vino le gusta, es complejo. Si no le gusta, es interesante. Y si no sabe qué decir, tiene una frase infalible:
—Es un vino que necesita tiempo para expresarse.
Una fórmula que también aplica a las conversaciones aburridas, las películas malas y las personas que le llevan la contraria.
El sorbo que necesita una tesis doctoral
Llega el primer sorbo. Kevin introduce en la boca una cantidad de vino suficiente para bautizar a un mosquito. Lo pasea por la lengua, frunce los morros, mueve la mandíbula y hace unas pausas dramáticas que recuerdan a un tenor al que se le ha olvidado la letra.
Los demás esperan.
El camarero espera.
La botella espera.
La paciencia de la humanidad empieza a cotizar a la baja.
Finalmente, Kevin sentencia:
—Entrada amable, taninos sedosos, excelente estructura y una persistencia extraordinaria.
—¿Te gusta? —pregunta Pelayo.
—El concepto de gustar es demasiado elemental.
—Ya. Y el concepto de contestar también parece que se te resiste.
Kevin traga saliva. No el vino: la réplica.
—Hay que distinguir entre un vino comercial y un vino con personalidad.
—Por supuesto. Y entre una persona culta y una persona que se sabe muchas palabras.
Kevin decide que ha llegado el momento de demostrar su autoridad.
—Yo llevo años educando mi paladar.
—Pues a ver si algún día educas también tu humildad —responde Pelayo.
La mesa estalla en carcajadas. Kevin sonríe con la rigidez de un ministro sorprendido en una rueda de prensa incómoda. No soporta que los demás se diviertan cuando él está intentando educarlos.
Las lágrimas del vino y el ego de gran reserva
Kevin reserva su gran actuación para el final. Inclina la copa y observa los regueros que descienden lentamente por el cristal. Su rostro se ilumina. Ha llegado el momento de demostrar que su sabiduría va mucho más allá de la nariz.
—¡Fijaos en esas lágrimas! ¡Un vino con cuerpo, profundidad y carácter!
Contempla las gotas conmovido, como si el tempranillo acabara de confesarle los secretos más íntimos de su crianza.
—Estas lágrimas son la firma de un gran vino.
Si el vino tuviera cuenta de Instagram, Kevin ya habría publicado una fotografía con el mensaje «La emoción de un gran caldo», tres etiquetas en inglés, una frase de Nietzsche y una ubicación de lujo. Aunque estuviera bebiendo en el comedor de su casa.
Pelayo, que lleva toda la velada disfrutando del vino sin necesidad de convertirlo en una oposición a catedrático, decide intervenir.
—Kevin, ¿te puedo contar algo que aprendí del profesor Miguel Pocoví?
—Por supuesto —responde Kevin, acomodándose en la silla—. Siempre estoy abierto a aprender. De hecho, estoy preparando una masterclass sobre la mineralidad emocional del tempranillo.
Pelayo respira hondo.
—Pocoví explica que las lágrimas del vino tienen mucho que ver con la evaporación del alcohol y el efecto Marangoni. Es física, Kevin, no una crisis sentimental del tempranillo.
Kevin parpadea.
—¿Quieres decir que las lágrimas no demuestran que sea un gran vino?
—Exactamente. Las lágrimas no dan medallas. El vino no llora de emoción: obedece a la física. El único que está a punto de llorar soy yo, pero de aburrimiento. Y eso que todavía no has empezado a explicarnos el color de la resaca.
La mesa estalla en carcajadas.
Kevin, sin embargo, no se rinde. Un fantasma del vino jamás reconoce que se ha equivocado: transforma el error en una sutileza que los demás no están preparados para comprender.
—Bueno, pero hay que reconocer que la experiencia sensorial es fundamental.
—Por supuesto —responde Pelayo—. Lo que no es fundamental es que nos la expliques durante cuarenta minutos antes de dejarnos beber.
Kevin se recoloca la chaqueta. Su ego acaba de sufrir una pequeña fisura, pero todavía conserva suficiente crianza para resistir.
—El problema es que no todo el mundo está preparado para comprender ciertos matices.
—Es verdad —dice Pelayo—. Por ejemplo, yo todavía no he conseguido comprender cómo puedes hablar veinte minutos de un vino que has probado durante tres segundos.
Kevin pide otra botella. No porque tenga sed, sino porque necesita una segunda oportunidad para demostrar que la primera no era culpa suya.
—Este tiene que ser diferente. Busco algo con más complejidad, más profundidad y un final verdaderamente memorable.
—¿Y si pruebas uno que esté bueno?
Kevin lo mira con desprecio.
—Eso es lo que diría alguien sin formación.
—Y lo que diría alguien con sed.
Una novela para cambiar de conversación
Pelayo, que ya ha comprendido que su amigo necesita menos cursos de cata y más sentido del ridículo, decide ofrecerle una alternativa cultural.
—Si quieres descubrir los secretos del vino, las intrigas de las bodegas y los conflictos que puede esconder una empresa familiar, te recomiendo LA SAGA DEL TEMPRANILLO, de Alfredo Muñiz. Está disponible en Amazon. Es una novela: no necesitas agitarla, olerla ni buscarle notas de fruta madura.
Kevin saca el móvil y anota el título.
—Interesante. ¿Y qué perfil aromático tiene?
—Papel, tinta y una historia que merece la pena leer.
—¿Y su persistencia?
—Depende de lo que tardes en dejar de hablar.
Kevin no se da por vencido.
—¿Y cuál sería su maridaje literario?
Pelayo deja los cubiertos sobre el plato.
—Una buena copa de vino y una hora de silencio.
Kevin toma nota mental de la recomendación. Sospecha que Pelayo está utilizando una técnica avanzada de cata, aunque no consigue identificar si se trata de un reserva o de un castigo.
La cuenta: el gran reserva de las excusas
Cuando llega la cuenta, Kevin examina el importe con la misma solemnidad con la que había analizado el vino. Recorre las cifras con el dedo, frunce el ceño y emite un diagnóstico.
—¡Vaya! Esto sí que tiene un final largo, una persistencia extraordinaria y una acidez difícil de integrar.
Pelayo lo mira, divertido.
—Pues espera a ver el cuerpo que se te queda cuando te toque pagar.
Kevin se lleva la mano al pecho, ofendido.
—Perdona, pero yo he aportado muchísimo a esta experiencia. Mi conocimiento del vino, mis apreciaciones técnicas, mi sensibilidad…
—Y nosotros, la paciencia —lo interrumpe Pelayo—. Así que vamos a hacer una cata a ciegas: tú pagas la botella y nosotros intentamos adivinar cuánto tardas en dejar de presumir.
Kevin busca una última réplica, pero no encuentra ninguna nota de humor en su repertorio.
—Creo que deberíamos repartir la cuenta según el valor que cada uno ha aportado a la velada.
—Estupendo —responde Pelayo—. Tú pagas el vino, nosotros pagamos la comida y te dejamos a ti la factura de tu ego. Aunque me temo que no te llega ni con todo el patrimonio de la bodega.
Kevin mira a sus compañeros, esperando que alguien salga en su defensa. Nadie se mueve.
—Bueno, en cualquier caso, ha sido una experiencia enriquecedora.
—Para ti, seguro —dice Pelayo—. Has bebido una copa y te has llevado una masterclass sobre ti mismo. Nosotros hemos pagado una cena y hemos sobrevivido a un documental de tres horas.
Kevin termina sacando la cartera, aunque no sin antes advertir que la próxima vez elegirá él el restaurante.
—Perfecto —responde Pelayo—. Pero que sea uno donde el vino venga sin subtítulos.
Moraleja: el vino no necesita representante
Conviene aclarar que catar un vino con atención, observar su color, apreciar sus aromas y describir sus matices es una forma estupenda de disfrutarlo. El problema aparece cuando el vocabulario sustituye al placer, cuando cada sorbo se convierte en una exhibición y cuando el aficionado necesita demostrar que sabe más que el resto de la mesa.
Un buen vino no necesita un discurso de investidura. Necesita estar bien elaborado, servirse adecuadamente y encontrar a alguien capaz de apreciarlo. Y, si se comparte con buena compañía, mejor todavía.
Hay quien bebe vino para disfrutarlo y quien lo utiliza para darse importancia. Los primeros recuerdan la botella; los segundos, el discurso que pronunciaron sobre ella.
Las lágrimas del vino tienen explicación científica. Las de quienes soportan una cata interminable siguen pendientes de estudio.
Y a Kevin Javier le dejamos un último consejo: menos nariz de experto, menos teatro de barrica y más sentido del humor. El vino puede tener cuerpo, pero tu ego ya ocupa toda la bodega.
Al fin y al cabo, la botella se vacía, la cuenta llega y los discursos no mejoran el caldo.
Para descubrir los secretos del vino y las intrigas de una empresa familiar, menos postureo con la copa y más aventuras entre las páginas de LA SAGA DEL TEMPRANILLO, de Alfredo Muñiz, disponible en Amazon. Porque algunas historias tienen más cuerpo que muchos entendidos.


