La serpiente familiar: perdonar sí, tropezar dos veces con el mismo reptil, no
por Alfredo Muñiz
Hay una vieja máxima que convendría bordar en los manteles de las comidas familiares: la serpiente puede cambiar de piel, pero no necesariamente de intenciones.
En todas las familias, incluso en las más distinguidas, esas que tienen apellidos ilustres, fotografías enmarcadas, bodegas centenarias y suficientes secretos para escribir una trilogía, puede aparecer algún ejemplar de la fauna venenosa. Son esos parientes que te abrazan en Navidad, te sonríen en los cumpleaños y, mientras te preguntan por la salud, van calculando cuánto pueden sacar de la herencia.
Algunos tienen tanto talento para la hipocresía que deberían impartir un máster en diplomacia doméstica. Delante de los demás, son el retrato de la concordia; a puerta cerrada, practican el noble arte de la puñalada con una precisión digna de cirujano.
Y cuando finalmente descubres sus maniobras, llega la segunda parte del espectáculo: el ofendido se convierte en ofensor, el culpable se disfraza de víctima y quien ha sufrido el daño acaba teniendo que pedir disculpas por haberlo descubierto. ¡Una representación extraordinaria! Si se celebrasen los premios Óscar a la interpretación familiar, habría candidatos que arrasarían con todas las estatuillas.
Entonces aparece el coro de los bienintencionados: «Tienes que perdonar», «La familia está por encima de todo», «Dale otra oportunidad, que la sangre tira mucho».
Por supuesto, la sangre tira. Especialmente cuando hay una cuenta corriente, unas participaciones sociales o una propiedad en disputa.
Pero conviene distinguir entre perdonar y volver a abrir la puerta de casa para que el mismo individuo entre con las botas llenas de barro. Perdonar no significa conceder una segunda temporada a quien ya arruinó la primera. Y mucho menos financiarle la producción.
La confianza es como una vajilla de porcelana fina: una vez rota, puede repararse, pero las grietas no desaparecen por organizar una comida familiar y brindar con champán. Para reconstruirla hacen falta arrepentimiento sincero, hechos y un cambio de conducta. Las promesas, por sí solas, son papel pintado: quedan muy decorativas, pero no sostienen la pared.
¿Y qué hacer con quienes nos han causado un daño emocional? No hace falta organizar una venganza, contratar trompetas para anunciar su expulsión ni convocar un consejo de familia extraordinario. A veces basta con algo mucho más eficaz: retirarles el acceso a nuestra vida.
Sin rencores, sin discursos interminables y sin necesidad de convencer a toda la parentela de quién tiene razón. Que cada cual conserve su versión de los acontecimientos; nosotros conservaremos nuestra tranquilidad. No estamos obligados a participar en todos los dramas del clan ni a desempeñar eternamente el papel de víctima comprensiva.
Porque la paz interior tiene un precio, y a veces consiste en renunciar a ciertas compañías, aunque compartan nuestro apellido, nuestros recuerdos o incluso nuestros genes.
Eso sí, tampoco conviene confundir una equivocación con una condena perpetua. Todos podemos fallar, rectificar y merecer otra oportunidad. La diferencia está en quien reconoce el daño y cambia su comportamiento, y quien simplemente aprende a ocultar mejor sus intenciones.
En definitiva, hay parientes que son una bendición y otros que constituyen una prueba de resistencia psicológica. A estos últimos podemos desearles lo mejor, incluso mucha salud y larga vida… pero, a ser posible, lejos de nuestras decisiones, de nuestros sentimientos y, sobre todo, de nuestra cuenta bancaria.
Porque la elegancia no consiste en aguantarlo todo con una sonrisa, sino en saber marcharse sin montar un circo.
Y si alguien nos acusa de rencorosos por poner límites, recordémosle que cerrar una puerta no es odiar a quien se queda fuera. Es simplemente decidir quién tiene permiso para entrar.
Moraleja: perdonar puede ser una virtud; recuperar la confianza es una decisión; y alejarse de quien nos hace daño, una saludable inversión en tranquilidad.
Al fin y al cabo, la familia viene de serie, pero el acceso a nuestra vida no tiene por qué ser ilimitado.
Y a ciertas serpientes, por mucho que las invite el árbol genealógico, es mejor admirarlas desde una distancia prudencial.

