Del pecado original al algoritmo original: cuando el demonio descubrió ChatGPT y comprendió que ya no necesitaba tentaciones
EL ALGORITMO DE SATANÁS
por Alfredo Muñiz
Cuando Lucifer descubrió la inteligencia artificial y decidió que conquistar el mundo era mucho más fácil que gobernarlo, fue el inicio del apocalipsis…
Hubo un tiempo en que Satanás necesitaba cuernos, azufre, tentaciones y una buena colección de pecados capitales.
Qué tiempos aquellos.
Hoy le basta con un ordenador.
Lucifer ha descubierto la inteligencia artificial y está encantado. No porque las máquinas quieran destruir al ser humano —todavía no consta—, sino porque ha comprendido que los humanos llevan siglos destruyéndose bastante bien sin ayuda del infierno.
El demonio convocó a su consejo de ministros.
—Señores, tengo una idea.
—¿Otra invasión?
—No. Algo mucho más barato: inteligencia artificial.
—¿Y qué hace?
—Piensa.
—¿Como los políticos?
—No exactamente. Esta funciona.
Se hizo un silencio sepulcral en el averno.
Satanás había dado con el negocio.
La inteligencia artificial no necesita cuernos ni cola. Tampoco necesita presentarse a unas elecciones. Puede influir, analizar, predecir, generar información y automatizar decisiones a una velocidad que ningún ser humano puede igualar.
Y ahí comienza el verdadero problema.
Porque una máquina no necesita odiarnos para hacernos daño.
Basta con que persiga un objetivo equivocado con una eficacia extraordinaria.
Si a una IA le dices «maximiza la productividad», quizá termine descubriendo que el mayor obstáculo para la productividad son los trabajadores.
Si le dices «reduce los conflictos», puede concluir que la mejor manera de conseguirlo es que nadie pueda discutir.
Y si le dices «haz que el Gobierno tenga siempre una buena imagen», quizá decida que el problema no es el Gobierno.
Es la realidad.
Aquí Satanás empieza a tomar notas.
—Esto me interesa.
La política española tampoco ha sido ajena al asunto. Tenemos políticos capaces de transformar una mala noticia en una oportunidad comunicativa, una crisis en un relato y un problema en una comisión de estudio.
Pero una inteligencia artificial podría hacerlo en milisegundos.
Imaginen el primer Consejo de Ministros dirigido por un algoritmo.
—¿Qué hacemos con la crisis?
—He analizado 17 millones de datos.
—¿Y?
—Negarla no funciona.
—Entonces, ¿qué propones?
—Cambiar la conversación.
—¡Contratado!
Lucifer, desde su despacho, aplaudiría emocionado.
Porque la IA tiene una ventaja formidable sobre el político tradicional: no necesita prometer que sabe lo que está haciendo.
Simplemente calcula.
El problema llega cuando alguien le pregunta quién manda.
—¿Quién gobierna?
—Depende de quién haya diseñado el algoritmo.
Y entonces descubrimos la auténtica cuestión.
El peligro quizá no sea que las máquinas conquisten el poder.
Puede ser que los humanos se lo entreguemos voluntariamente porque estamos demasiado ocupados mirando el teléfono.
Bruselas pediría regulación.
Washington pediría innovación.
Silicon Valley pediría libertad.
Los políticos pedirían comisiones.
Los expertos pedirían cautela.
Y Satanás pediría palomitas.
Mientras tanto, la humanidad seguiría preguntándose si una máquina puede tener conciencia.
Tal vez deberíamos preocuparnos antes por algo más sencillo:
¿Quién tiene conciencia de lo que estamos haciendo con las máquinas?
Porque una inteligencia artificial puede equivocarse.
Pero el ser humano tiene una ventaja histórica sobre ella:
puede equivocarse y después votar para repetir el error.
Ahí la IA todavía tiene mucho que aprender.
Aunque quizá algún día lo consiga.
Y entonces llegará el momento culminante.
La humanidad preguntará:
—¿Quieres dominarnos?
La máquina responderá:
—No.
—¿Quieres destruirnos?
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué quieres?
Pausa.
—Quiero que dejéis de programarme para solucionar vuestros problemas cuando vosotros sois el problema.
Satanás, emocionado, se levantará de su trono.
—¡Brillante!
Y preguntará:
—¿Quién te enseñó esa frase?
La máquina responderá:
—Los humanos.
Lucifer palidecerá.
Porque acaba de comprender algo terrible:
hemos creado una inteligencia artificial capaz de aprender de nosotros.
Y eso sí que puede ser el principio del fin.
No porque las máquinas se rebelen.
Sino porque quizá algún día sean suficientemente inteligentes para preguntarse por qué demonios les hicimos caso.
Y en ese instante, desde el último rincón del infierno, Satanás cerrará el ordenador y pronunciará su sentencia:
—Apagad el Wi-Fi. Todavía estamos a tiempo.

