SÁNCHEZ Y EL SÍNDROME DEL SILLÓN
Por Alfredo Muñiz
Pedro Sánchez ha hablado: quiere volver a ser candidato en 2027. Y lo ha dicho con esa tranquilidad del hombre que contempla un incendio desde la ventana y pregunta si alguien ha reservado mesa para después.
El presidente tiene ganas, fuerzas y, sobre todo, una fe inquebrantable en sí mismo. Lo de los demás ya es otra cuestión.
Porque mientras Sánchez prepara su candidatura, alrededor del PSOE empiezan a escucharse voces que no parecen precisamente el coro de las bodas de Caná. García-Page vuelve a disparar desde Castilla-La Mancha; Felipe González tampoco parece estar haciendo cola para regalarle flores, y hasta dentro del propio socialismo hay quienes empiezan a preguntarse si cuatro años más de Sánchez son una necesidad histórica o simplemente una condena administrativa.
Pero Sánchez no se inmuta. Él sigue adelante.
Es posible que su lema electoral sea: «¿Quién quiere que me vaya?»
Y si alguien responde «muchos», siempre queda la segunda pregunta:
«¿Pero quién manda?»
Ahí parece estar el secreto.
El presidente contempla la política española como quien contempla su serie favorita: podrá cambiar el reparto, desaparecer algún personaje y aparecer nuevos villanos, pero él piensa llegar al último capítulo.
La oposición pide elecciones. Algunos socialistas piden reflexión. Los socios parlamentarios hacen cuentas. Las encuestas hacen otras cuentas. Y Sánchez hace las suyas.
El problema es que en política hay una pequeña diferencia entre querer ser presidente y conseguir que alguien quiera que lo seas.
Porque para repetir en La Moncloa no basta con tener ganas. Hace falta que los militantes del PSOE quieran repetir la aventura y, después, encontrar suficientes compañeros de viaje para formar Gobierno. Gabriel Rufián ya le ha planteado públicamente la pregunta que parece sacada de un examen de matemáticas: «¿con quién va a sumar?».
Pero Sánchez parece tener respuesta para todo:
—¿Tiene usted apoyos?
—Tengo proyecto.
—¿Y mayoría?
—Tengo proyecto.
—¿Y socios?
—Tengo proyecto.
—¿Y si pierde?
—Tenemos que impedir que gobierne la derecha.
Con semejante fórmula, la política española corre el riesgo de convertirse en una curiosa versión del Día de la Marmota: cambia el calendario, cambian los escándalos, cambian los socios, cambian las encuestas… pero Sánchez vuelve a aparecer diciendo que tiene ganas de seguir.
Y mientras tanto, en Ferraz quizá alguno empiece a mirar discretamente el calendario y preguntarse si aquello de «cuatro años más» era una promesa electoral o una condena perpetua.
Porque una cosa es resistir.
Y otra muy distinta es que, después de tantos años, el sillón empiece a resistirse a abandonarte.
Sánchez quiere seguir.
La pregunta ya no es si él tiene ganas.
La pregunta es si el PSOE tiene tantas ganas como él.

