Crónica de un ministro que ya necesita más vidas que un gato
por Alfredo Muñiz
Pedro Sánchez, que conoce perfectamente el viejo arte de enviar a otro a explicar lo inexplicable, mandó a Ceuta a su ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Una especie de emisario de lujo para una misión de alto riesgo: presentarse ante una ciudad enfadada y explicar que todo está estupendamente.
El recibimiento fue poco episcopal: abucheos, pitidos y gritos de protesta.
Marlaska, sin embargo, compareció con esa serenidad de quien ha sobrevivido a tantas tormentas políticas que ya podría impartir un máster en Supervivencia Ministerial Aplicada.
Pero llegó entonces el segundo frente: la prensa.
Después de horas esperando, más de una veintena de medios aguardaban su turno para preguntar. Y Marlaska decidió practicar una nueva modalidad de comunicación institucional: la rueda de prensa minimalista.
Tres preguntas.
Ni cuatro, ni cinco.
Tres.
El resto de periodistas pudo contemplar al ministro en retirada con la misma expresión que pone un camarero cuando, después de dos horas esperando mesa, el restaurante anuncia que la cocina ha cerrado.
La escena tenía algo de sainete: los vecinos protestando, los periodistas protestando y el ministro intentando explicar que, pese a todo, la situación estaba bajo control.
¿Bajo control?
Naturalmente.
Lo único que parecía completamente fuera de control era el número de preguntas que quedaban sin responder.
Marlaska lleva tantos años sobreviviendo en el Gobierno que uno empieza a sospechar que no es ministro: es un animal mitológico de la política española.
Dicen que los gatos tienen siete vidas.
Marlaska debe de tener ocho.
La primera la gastó con una crisis.
La segunda, con otra.
La tercera, con una comparecencia.
La cuarta, con una polémica.
La quinta, con otra crisis.
La sexta, con Ceuta.
Y la séptima parece estar haciendo las maletas.
Porque hay algo especialmente incómodo para un ministro del Interior: que los vecinos de una ciudad le reciban protestando y que, acto seguido, los periodistas que han venido a preguntarle también salgan enfadados.
Es como acudir a un incendio con una manguera y descubrir que el agua también está cabreada.
Y mientras tanto, Sánchez observa desde Madrid.
Porque en Moncloa deben de conocer perfectamente la vieja ley política de la física:
cuando algo sale mal, el problema siempre está un escalón por debajo.
Y Marlaska lleva ya demasiados escalones recorridos.
Quizá por eso su futuro ministerial empieza a parecerse a esas series televisivas en las que el protagonista sobrevive temporada tras temporada mientras el espectador se pregunta:
«Pero, ¿este hombre cuándo piensa marcharse?»
La respuesta, de momento, parece ser:
cuando se le acaben las vidas.
Y a este paso, más que un ministro, Marlaska va a necesitar un milagro, una renovación de contrato y siete vidas nuevas.
Porque en Ceuta no solo le esperaban los problemas.
Le esperaba también la pregunta que ningún periodista pudo formular:
¿Cuánto tiempo más piensa seguir resistiendo?
Esa, precisamente, quedó para la próxima rueda de prensa.
Si la hay.

