28 pisos y ni una pancarta: alquilando la indignación
Cuando una anciana pierde su casa, las calles se llenan. Cuando aparecen 28 pisos turísticos en el caso Koldo, parece que a la indignación se le acabaron las pilas
Por Alfredo Muñiz
España acaba de descubrir que también existe un Ministerio de la Indignación Selectiva. No sabemos quién lo dirige, pero debe de tener una centralita bastante sofisticada: detecta un desahucio a varios kilómetros, activa las pancartas, convoca manifestaciones y convierte a la víctima en símbolo nacional.
Eso sí: cuando aparecen 28 pisos turísticos vinculados al caso Koldo, miles de euros gastados en alojamientos y noches de fiesta, contactos femeninos en una agenda telefónica y reservas realizadas incluso durante el estado de alarma, la centralita parece quedarse sin cobertura.
Porque hay escándalos que producen manifestaciones y escándalos que producen tertulias.
Y, al parecer, no todos los escándalos cotizan igual en bolsa.
Mari Carmen se convierte en símbolo
El caso de Mari Carmen es dramático. Una mujer de 87 años, que llevaba décadas viviendo en la misma vivienda, se ha convertido en el rostro de una batalla nacional sobre vivienda y desahucios. Su caso ha provocado concentraciones en Madrid y otras ciudades, y el Gobierno ha llevado el asunto al Congreso. Pedro Sánchez lo calificó de “tragedia social”.
Hasta aquí, nada que objetar.
Una anciana que pierde su vivienda merece atención, protección y una solución habitacional digna.
El problema aparece cuando uno mira hacia atrás y observa cómo funciona el radar de la indignación política y mediática.
Porque en enero de 2025 también apareció una historia bastante peculiar.
Veintiocho pisos y aquí no pasó nada
Según publicó El Español, Koldo García alquiló 28 pisos turísticos entre enero de 2020 y junio de 2021 y gastó 8.395 euros con su tarjeta durante ese periodo. Las fechas coincidían en algunos casos con noches de ocio en locales madrileños y parte de las reservas se produjo durante el estado de alarma.
La información incluía además referencias encontradas en su agenda telefónica a mujeres y contactos relacionados con encuentros sexuales. Víctor de Aldama había declarado ante el Supremo que se habían pagado pisos para encuentros con mujeres en los que, según su versión, participaron personas vinculadas a la trama. Son hechos y declaraciones que forman parte de una investigación judicial y conviene no convertir una acusación en una sentencia.
Pero imaginemos por un instante el mismo despliegue.
Una anciana frente a un desahucio: pancartas.
Un asesor de un ministro relacionado con una investigación por corrupción y con 28 alquileres turísticos: ¿dónde estaban las pancartas?
Una señora pierde su casa: “¡Mari Carmen se queda!”
Veintiocho apartamentos: silencio administrativo con música de ascensor.
La pancarta tiene ideología
Aquí aparece una curiosa peculiaridad de nuestra democracia.
La pancarta no siempre responde a la gravedad del asunto.
A veces responde a quién puede utilizarla.
Si el problema permite señalar al adversario político, la pancarta aparece con una velocidad extraordinaria.
Si el problema obliga a mirar hacia dentro, se transforma en un asunto “complejo”, “en investigación”, “que debe dejar trabajar a la Justicia” o, directamente, en un tema que ya no ocupa tanto espacio en el telediario.
La indignación se vuelve entonces como un taxi:
hay que ver para quién está disponible.
El doble rasero también tiene vivienda
Lo más divertido —si es que algo de esto puede resultar divertido— es que el debate de la vivienda se ha convertido en una especie de campeonato nacional de lanzamiento de culpas.
Gobierno contra oposición.
Madrid contra Moncloa.
Ayuntamiento contra Comunidad.
Fondos contra inquilinos.
Inquilinos contra propietarios.
Y, en medio, Mari Carmen.
Todos parecen haber descubierto de repente que la vivienda es un problema.
Como si acabaran de aterrizar en España después de veinte años en Marte.
Mientras tanto, el alquiler se ha convertido en una especie de sudoku inmobiliario: nadie sabe cómo resolverlo, pero todos tienen una teoría.
Y llega la pregunta incómoda
La cuestión no es si hay que protestar por Mari Carmen.
Por supuesto que una situación así merece atención.
La pregunta incómoda es otra:
¿por qué algunas injusticias movilizan a miles de personas y otras provocan únicamente un comunicado de prensa?
¿Por qué unas víctimas se convierten en símbolo nacional y otras desaparecen entre titulares, sumarios y tertulias?
¿Por qué la indignación parece tener un detector ideológico?
Y, sobre todo:
¿quién decide cuándo una desgracia merece una pancarta?
Porque si la defensa de una persona vulnerable depende de quién sea el propietario, quién gobierne o qué partido pueda sacar rédito político del asunto, entonces ya no estamos hablando únicamente de solidaridad.
Estamos hablando de marketing emocional.
La nueva unidad de medida
Quizá haya que inventar una nueva unidad de medida nacional:
el Mari Carmen.
Un Mari Carmen sería la cantidad de indignación necesaria para que un problema llegue al Congreso, provoque manifestaciones en doce ciudades y consiga declaraciones presidenciales.
Después podríamos establecer el Koldo.
Un Koldo sería la cantidad de escándalo necesaria para que, pese a aparecer en titulares, investigaciones judiciales y documentos de la UCO, la indignación callejera no alcance ni de lejos la misma temperatura.
Naturalmente, esta unidad no ha sido reconocida por el Sistema Internacional.
Pero viendo cómo funciona el debate público, no descartaría que algún día aparezca en el BOE.
Porque Mari Carmen no debería necesitar un partido
Mari Carmen merece una solución porque es una persona, no porque pueda convertirse en bandera de nadie.
Y exactamente por la misma razón, cualquier posible corrupción debe investigarse independientemente de quién sea el protagonista, de qué partido proceda o de qué consecuencias electorales pueda tener.
La indignación democrática debería funcionar como la justicia:
sin carnet de partido, sin uniforme y sin instrucciones de uso.
Porque si protestamos cuando desalojan a Mari Carmen pero bostezamos cuando aparecen historias escandalosas relacionadas con quienes ocupaban posiciones de poder, quizá el problema no sea solamente la vivienda.
Quizá tengamos también un problema de alquiler de conciencias.
Y ese, de momento, parece que no necesita licencia turística.

