El Plan Sánchez: si Ceuta arde, que se queme Zarzuela

Ceuta se desborda, Moncloa se lava y el Rey paga la factura: Sánchez y el misterio de los 20 años que duraron 12

por Alfredo Muñiz

Hay estrategias políticas tan sofisticadas que uno necesita un mapa, una brújula y, en ocasiones, un exorcista para entenderlas.

La última criatura estratégica de Pedro Sánchez parece responder a una fórmula de una sencillez admirable:

Si hay una crisis, mire al Rey.
Si hay un problema con Marruecos, mire a Rusia.
Si hay un incendio político, eche agua sobre la Corona.
Y si alguien pregunta quién tenía el mando, diga que todo estaba bajo control.

Bienvenidos al nuevo curso político.

Después de unas vacaciones en las que Ceuta vivía una de las mayores crisis migratorias de su historia, el presidente ha reaparecido con la serenidad del hombre que vuelve de la playa y descubre que el barco se ha quedado sin puerto.

Y en lugar de empezar preguntándose qué ocurrió, quién falló, qué información existía o qué medidas se adoptaron, Sánchez ha encontrado una pregunta mucho más cómoda:

¿Y el Rey por qué no ha ido a Ceuta?

Magnífico.

El problema es que, al formular la pregunta, el presidente ha cometido un pequeño desliz temporal.

Ha dicho que el Rey lleva más de veinte años reinando.

El Rey, por su parte, debe de haber mirado el calendario con cierta preocupación.

Felipe VI fue proclamado el 19 de junio de 2014.

Es decir, lleva doce años en el trono, no veinte.

Quizá Sánchez estaba hablando de otro Rey.

O de otro calendario.

O simplemente de que en la Moncloa los años presidenciales tienen una elasticidad extraordinaria.

El misterio de la agenda real

Pero aquí aparece la parte verdaderamente deliciosa.

Porque durante estos días el Gobierno ha sostenido que la Casa del Rey es dueña de su propia agenda y que no le consta que el Ejecutivo haya puesto trabas a una visita a Ceuta.

Perfecto.

Entonces tenemos un Rey cuya agenda controla la Casa Real.

Y tenemos un presidente que reprocha públicamente al Rey no haber ido.

Y tenemos ahora al mismo presidente anunciando que el Rey irá “cuando se den las condiciones”.

¿Quién decide las condiciones?

¿Zarzuela?

¿Moncloa?

¿Marruecos?

¿El calendario lunar?

¿El Comité Nacional de Condiciones Adecuadas para que Su Majestad pueda pisar Ceuta?

Porque la frase “cuando se den las condiciones” tiene una extraordinaria ventaja política: no obliga a decir cuándo se darán.

Es una fórmula maravillosa.

Sirve para inaugurar hospitales, aprobar reformas, bajar impuestos, visitar fronteras y, si fuera necesario, anunciar la llegada de los extraterrestres.

—¿Cuándo llegarán?

—Cuando se den las condiciones.

El Rey, convertido en responsable subsidiario

La cuestión es que Sánchez parece haber descubierto una modalidad nueva de responsabilidad política:

la responsabilidad por ausencia del que no gobierna.

El presidente gobierna.

El Rey reina.

Pero cuando hay una crisis, resulta que el problema es que el Rey no ha ido suficientemente rápido al lugar de los hechos.

Uno imagina la reunión de Moncloa:

—Tenemos un problema gravísimo en Ceuta.

—¿Qué hacemos?

—¿Qué tal si culpamos al Rey?

—Pero el Rey no gobierna.

—Precisamente. Es perfecto.

Porque la Corona tiene una característica muy incómoda para cualquier estrategia política: no puede responder políticamente.

El Rey no puede entrar en una entrevista de radio y decir:

“Pedro, cariño, que yo no llevo veinte años reinando”.

Y ahí está la ventaja.

El Gobierno puede hablar.

El Rey debe callar.

Y cuando el que tiene obligación constitucional de mantenerse al margen no puede contestar, el que tiene obligación de gobernar puede convertir el silencio del otro en materia prima política.

Primero Puente; después Sánchez

Y por si alguien pensaba que se trataba de una ocurrencia aislada, llegó Óscar Puente.

El ministro había cargado contra el Rey por la fotografía que Felipe VI se hizo con el periodista Javier Negre durante su viaje a Colombia, llegando a calificar el episodio de “absoluta ignominia”.

Una fotografía.

Un saludo.

Un apretón de manos.

Once segundos.

Y de repente parecía que el destino de la monarquía española dependía de un selfie diplomático.

Uno empieza a sospechar que en la nueva política exterior de España el protocolo se estudia con lupa:

“Su Majestad puede saludar al presidente de Colombia, al embajador, al ujier, al camarero… pero cuidado con quién aparece en la fotografía.”

Porque parece que el problema no es que el Rey hable con alguien.

El problema es con quién se le ve hablando.

Y ahí la sátira se escribe sola.

La gran maniobra de distracción

Pero vayamos a la pregunta importante:

¿Qué pretende Sánchez?

No podemos conocer sus intenciones privadas, y sería irresponsable atribuirle un plan secreto como si tuviéramos una cámara instalada en su despacho.

Pero políticamente sí puede analizarse el efecto de su estrategia.

Y el efecto es evidente:

Mientras se habla del Rey, se habla menos de la gestión del Gobierno.

Mientras se debate si Felipe VI debe ir a Ceuta, se debate menos sobre qué ocurrió en Ceuta.

Mientras se discute una fotografía de once segundos con Javier Negre, la conversación pública se aleja de los problemas que realmente afectan al Ejecutivo.

Y mientras el debate se desplaza hacia Zarzuela, Moncloa consigue convertirse en espectadora de una película cuyo guion debería estar escribiendo.

Es una técnica antigua.

Cuando el escaparate está roto, se discute quién ha mirado por la ventana.

El Rey como pararrayos

Sánchez parece haber descubierto una nueva función política para la Corona: pararrayos.

Antes, cuando caía un rayo, había que revisar la instalación eléctrica.

Ahora se busca al Rey.

¿Crisis migratoria?

Rey.

¿Marruecos?

Rey.

¿Una fotografía?

Rey.

¿Una tormenta?

Probablemente también.

El único problema es que la Constitución atribuye al Gobierno la dirección de la política interior y exterior.

Al Rey le corresponde otra función.

Pero quizá alguien en Moncloa haya decidido que la Constitución también necesita una actualización de software.

Y entonces apareció la gran pregunta

Lo verdaderamente extraordinario de esta historia es que Sánchez ha conseguido algo políticamente muy rentable:

convertir una ausencia del Rey en un debate sobre el Rey, cuando la pregunta original era otra.

¿Qué hizo el Gobierno ante la crisis de Ceuta?

Esa es la pregunta incómoda.

La visita del Rey puede discutirse.

La conveniencia de que el jefe del Estado visite Ceuta y Melilla también.

Pero si la Corona se convierte en protagonista permanente de una crisis cuya gestión corresponde al Ejecutivo, entonces estamos ante una curiosa operación de prestidigitación política.

El mago enseña la mano izquierda:

“¡Mirad, el Rey no ha ido a Ceuta!”

Y mientras todos miramos a la izquierda, la mano derecha guarda cuidadosamente el informe de gestión.

El gran estratega

Sánchez tiene fama de estratega.

Y quizá lo sea.

Porque gobernar consiste muchas veces en elegir dónde se coloca el foco.

Y si el foco está sobre el Rey, nadie pregunta demasiado por quien puso el foco.

La estrategia podría resumirse así:

Primero, silencio.
Después, explicación.
Luego, culpable.
Y si el culpable no puede defenderse, mejor todavía.

Eso sí: hay un pequeño inconveniente.

El Rey podrá no haber ido todavía a Ceuta.

Pero Sánchez sí lleva ocho años gobernando y hoy ha recordado públicamente que él ha sido el primer presidente en ejercicio que ha acudido allí y a Melilla.

Naturalmente, faltaría preguntar por qué esa visita presidencial sirve ahora para medir la actividad del jefe del Estado.

Sería como reprocharle al árbitro no haber marcado goles.

El último truco

La operación tiene, además, un final perfecto.

Sánchez anuncia que el Rey irá.

No dice cuándo.

No dice exactamente bajo qué condiciones.

Pero ya está anunciado.

Y cuando Felipe VI visite Ceuta, alguien podrá decir:

“¿Veis? El presidente tenía razón.”

Y si no la visita inmediatamente:

“Es que todavía no se dan las condiciones.”

Es una estrategia circular.

No puede perder.

Como las profecías que siempre se cumplen… pero mañana.

Así que quizá la gran pregunta ya no sea si Sánchez quiere atacar al Rey.

Quizá sea otra:

¿Por qué necesita tanto que hablemos del Rey?

Porque cuando un Gobierno comienza a convertir a la Corona en protagonista de sus propias crisis, uno empieza a sospechar que el verdadero problema no está en Zarzuela.

Está en el guion.

Y el guionista, de momento, sigue viviendo en Moncloa.

Telón.

Y, por favor, que nadie pregunte quién paga la entrada.

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