Puigdemont y el pasaporte mágico: del procés a la frontera de Ceuta
por Alfredo Muñiz
Hay noticias que parecen escritas por un guionista con exceso de imaginación. Y luego está la política española, que directamente prescinde del guionista.
Corre por el imaginario político una nueva hipótesis digna del mundo yuppie, los misterios mágicos y las novelas de espías de saldo: ¿y si Puigdemont se hiciera marroquí?
Naturalmente, que nadie busque la noticia en el BOE, porque esto pertenece, por ahora, al territorio de la fantasía satírica. Pero puestos a imaginar, la operación tendría su aquel.
Puigdemont, después de tantos años haciendo kilómetros jurídicos por Europa, podría haber descubierto una fórmula revolucionaria: cambiar Waterloo por Rabat y el procés por el majzén.
El problema es que nacionalizarse marroquí no le permitiría entrar alegremente en España. Ser ciudadano de Marruecos no convierte a nadie en ciudadano comunitario ni proporciona un pase VIP por la frontera. En Ceuta, además, los controles fronterizos tienen su propia liturgia. (Ministerio del Interior)
Pero la imaginación no conoce fronteras. Y menos aún cuando aparece Ceuta.
—¿Dónde vive usted?
—En Waterloo.
—¿Nacionalidad?
—Marroquí.
—¿Motivo del viaje?
—Recuperar Cataluña.
—¿Y qué hace en Ceuta?
—Turismo constitucional.
Aquí es donde la historia alcanza categoría de sainete.
Porque Marruecos mantiene desde hace décadas su reivindicación sobre Ceuta y Melilla, y este mismo agosto su ministro de Justicia volvió a calificarlas de supuesto derecho «histórico y geográfico» marroquí. España respondió reafirmando que son ciudades españolas y territorio de la Unión Europea. (RTVE.es)
Así que, puestos a fabricar una película, solo faltaría que Puigdemont apareciera en Rabat con una carpeta bajo el brazo:
Plan A: independencia de Cataluña.
Plan B: nacionalidad marroquí.
Plan C: desembarco turístico en Ceuta.
Plan D: preguntar si hay enchufe para hacerse ministro.
Y mientras tanto, Sánchez podría convocar una comisión interministerial para estudiar el asunto.
Marlaska revisaría los controles.
Albares consultaría los mapas.
Robles recordaría que Ceuta es «españolísima».
Y Puigdemont, desde la distancia, quizá descubriría una paradoja extraordinaria: después de intentar sacar a Cataluña de España, tendría que conseguir que Marruecos le dejara entrar en España.
La política española ya no necesita ciencia ficción. Le basta con cambiarle el pasaporte al protagonista.

