Del ático al Apocalipsis: cuando una terraza eclipsa un terremoto

El ático, el telescopio y el incendio

Por Alfredo Muñiz

Dicen que en política todo es cuestión de perspectiva. Si uno mira por un microscopio, un ático parece el Everest de la corrupción. Si, en cambio, observa por un telescopio, descubre un horizonte tan poblado de causas judiciales, investigaciones, comisiones y titulares que el ático acaba pareciendo un taburete.

España se ha convertido en el reino de la relatividad moral. Hay quien monta un funeral de Estado porque una administración compra un inmueble cuya utilidad se discute y cuya operación deberá aclararse con toda la transparencia exigible. Y hacen bien en pedir explicaciones. Que el dinero público no está para caprichos ni para decoraciones palaciegas.

Pero resulta inevitable sonreír cuando algunos de los más indignados pertenecen al coro de quienes llevan años relativizando escándalos mucho mayores con el argumento de siempre: “ya veremos qué dice la Justicia”, “no adelantemos acontecimientos”, “todo es una campaña”.

De pronto, un ático de lujo se convierte en la mayor amenaza para la democracia desde que Nerón desafinó con la lira.

Mientras tanto, España contempla un escenario donde se suceden investigaciones judiciales, cargos públicos procesados, antiguos responsables condenados, ex altos cargos ingresando en prisión y familiares de dirigentes sometidos a procedimientos que siguen su curso en los tribunales. Un panorama que, sin dejar de respetar la presunción de inocencia de quien corresponda hasta que exista resolución firme, bastaría para llenar varias bibliotecas y no precisamente en la sección de arquitectura.

Y, sin embargo, el protagonista nacional pasa a ser un piso con terraza.

Es como si el capitán del Titanic convocara una rueda de prensa para denunciar que una tumbona estaba torcida en cubierta.

La sátira española siempre tuvo debilidad por estas desproporciones. Mientras unos discuten si las cortinas eran demasiado caras, otros intentan averiguar quién compró el teatro entero. Mientras se mide con lupa una comisión inmobiliaria, hay quien necesita prismáticos para alcanzar el final del sumario de otras causas mucho más voluminosas.

Naturalmente, si hubo irregularidades en la compra del ático, deberán investigarse, depurarse y, en su caso, exigirse responsabilidades. La ley no entiende de metros cuadrados ni de colores políticos. El dinero público merece el mismo respeto cuando financia un despacho que cuando paga una grapadora.

Pero tampoco conviene confundir una gotera con el diluvio universal.

Porque la política española ha perfeccionado un extraño deporte: convertir una cerilla en incendio cuando la sostiene el adversario y llamar “incidente eléctrico” a las llamas cuando arden en el propio jardín.

Quevedo, de levantar la cabeza, quizá escribiría que España ya no distingue entre una chinche y un elefante: todo depende de quién sostenga el megáfono.

Y así seguimos, entretenidos contando baldosas del ático mientras el edificio entero pide una inspección técnica.

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