El rey del cortijo y la prima de misa: entre santos, máscaras y mucho cuento

El rey del cortijo y la princesa del reino de naipes

por Alfredo Muñiz
Un cuento de pícaros, beatos de domingo y asesores que siempre cobran

¡Qué bien lo tenía calculado Kevin Javier! En aquel cortijo empresarial había encontrado una prima que, en materia de astucia, falsedad y manipulación, no se quedaba precisamente a la zaga de la débil. Por eso Anastasia del Morrazo era su socia favorita: porque hay parentescos que vienen de sangre y complicidades que vienen de conveniencia, y cuando ambas cosas se juntan, ni el mejor notario consigue separar los intereses del afecto fingido.
Ella, discreta por vocación y misteriosa por conveniencia, huía de las redes sociales como el diablo del agua bendita. Decía que amaba la intimidad, aunque los malpensados sospechaban que su verdadera pasión era evitar que alguien levantara el telón y descubriera el decorado. Porque una cosa es ser reservado y otra muy distinta temer que, al encenderse la luz, la careta se caiga sola.
Los domingos, a las doce en punto, ambos acudían a misa con sus parientes. Puntualidad no les faltaba para cumplir con el calendario celestial, aunque la aplicación práctica de los mandamientos parecía quedarse, según las malas lenguas, en la puerta de la iglesia. Allí inclinaban la cabeza con devoción; en el cortijo, en cambio, preferían que fueran los demás quienes la inclinasen ante su autoridad.
Kevin Javier se había proclamado rey sin necesidad de corona ni referéndum. Le bastaba con tener el mando, repartir las prebendas y comportarse como si las escrituras de la empresa estuvieran firmadas por Dios y refrendadas por sus antepasados. Su prima Anastasia, más prudente y menos aficionada a los focos, había elegido el papel de princesa consorte del negocio: no necesitaba gobernar a gritos, pues le bastaba con susurrar al oído adecuado.
Y así vivían, felices en su particular reino de fantasía, convencidos de que el cortijo era eterno, los minoritarios unos figurantes y los estatutos sociales una novela de aventuras que nadie leería jamás.
Pero el reino tenía un pequeño inconveniente: estaba construido con naipes.
Y los naipes, como las mentiras, pueden sostenerse durante años mientras nadie se atreva a soplar.
La princesa soñaba con la perpetuidad de su corona; el rey, con que nadie osara discutirle el trono. Sin embargo, existía un tal Pelayo, socio minoritario y aguafiestas de vocación, que podía estropearles la sobremesa con una simple denuncia. ¡Qué criatura tan inoportuna! Hay personas que no comprenden que, en determinados cortijos, la mejor forma de convivencia consiste en callarse, pagar y aplaudir.
Pelayo, por lo visto, no había nacido para ninguna de las tres cosas.
Si las posibles irregularidades salían a la luz y los tribunales les daban la razón a los minoritarios, el rey y la princesa podían verse obligados a abandonar sus privilegiadas posiciones y afrontar reclamaciones indemnizatorias de considerable cuantía. El castillo de naipes, que desde fuera parecía un palacio, podía convertirse en una montaña de papeles, cuentas y responsabilidades.
Y cuando el destino quiso añadirle un poco más de emoción a la fábula, apareció la bruja piruja para los mandamases: una inspectora de Hacienda que enseguida congenió con Pelayo. La profesional de la recaudación no llegó volando sobre una escoba, aunque su presencia tuvo para algunos el mismo efecto que una tormenta en un picnic. Traía expedientes, preguntas y esa desagradable costumbre de pedir documentos que los poderosos preferirían no tener que explicar. De pronto, el reino descubrió que también existían los requerimientos, las comprobaciones y las inspecciones societarias. Y que detrás de cada alfombra podía haber algo que mereciera una mirada más detenida. Documentos y datos censurados para los minoritarios salían ahora a la luz por orden de la inspectora. Empezaron a examinarse presuntas irregularidades fiscales y contables, operaciones que necesitaban explicación y cifras capaces de quitarle el sueño hasta al más devoto de la Santa Madre Iglesia. Si las sospechas llegaban a confirmarse, las consecuencias económicas podían ser muy serias.
El rey frunció el ceño. La princesa apretó los labios. Y ambos comprendieron que los milagros dominicales no siempre se prolongan hasta el lunes.
Fue entonces cuando entró en escena La Rata del Queso de Cabrales, un asesor de modales prepotentes y seguridad inquebrantable, de esos que jamás admiten haberse equivocado porque, en su particular código profesional, los errores siempre son de otro y los honorarios, naturalmente, propios.
Se presentaba como un estratega infalible, una especie de Napoleón de la asesoría, aunque sin Waterloo y con factura de ministro. Su talento consistía en hablar con solemnidad, cobrar con puntualidad y transmitir la impresión de que todo estaba bajo control, incluso cuando quienes pagaban empezaban a preguntarse quién controlaba realmente a quién. Trataba a sus clientes como si tuvieran mentes inferiores e incluso se atrevía a mentir si los monarcas del cortijo se lo ordenaban. La Rata tenía una virtud extraordinaria: jamás fracasaba cuando perdían los demás.
Si las cosas salían bien, el mérito era suyo. Si salían mal, la culpa correspondía a la torpeza ajena, a la coyuntura económica, a un documento extraviado o a cualquier circunstancia que pasara por allí. Y si los socios minoritarios terminaban pagando una factura que no se traducía en una mejora visible de sus intereses, siempre quedaba el consuelo de que el servicio prestado debía de ser extraordinariamente complejo.
Lo verdaderamente curioso era que quienes desembolsaban el dinero empezaban a sospechar que el asesor no trabajaba tanto para mejorar sus beneficios como para mantener contentos al rey y a la princesa. Una sospecha incómoda, desde luego, porque en los negocios no hay nada más triste que descubrir que uno paga al músico mientras otro elige la canción.
Pero Quevedo, de haber conocido semejante corte, habría recordado que abundan los que venden consejos como si fueran oro y los cobran como si fueran milagros.
Mientras tanto, el rey seguía soñando con bogavantes, comidas de empresa de alto copete y sobremesas interminables en las que la palabra «control» significaba que todo debía pasar por sus manos.

La princesa continuaba protegiendo su discreción, convencida de que la intimidad era un excelente escondite. Y el asesor, por su parte, seguía haciendo cuentas, aunque nunca quedaba claro si las hacía para resolver los problemas o para calcular cuánto costaba explicarlos.
Hasta que un día los minoritarios decidieron que ya estaba bien de financiar el teatro sin poder elegir ni la butaca.
Porque hasta el socio más paciente tiene un límite, y hasta el silencio más prolongado acaba convirtiéndose en pregunta. Y cuando las preguntas se ponen por escrito, las actas dejan de ser papel decorativo para transformarse en memoria de los hechos y evidencias judiciales.
Entonces comenzó el verdadero desenlace: denuncias, reclamaciones, abogados, expedientes y posibles responsabilidades que tendrían que determinar quienes tienen autoridad para hacerlo. El cortijo dejó de parecer una propiedad inexpugnable y empezó a asemejarse a lo que quizá siempre había sido: una empresa con obligaciones, socios con derechos y decisiones que no podían quedar eternamente al arbitrio de una sola voluntad.
Adiós a los bogavantes. Adiós a las comidas de empresa en las que todos sonreían mientras alguno pagaba la cuenta. Adiós a los viajes de placer y al coche financiado por la empresa. Adiós a la fantasía de que una corona heredada por conveniencia concede inmunidad frente a las leyes.
Y en cuanto a la cárcel de segunda regional con la que algunos soñaban como final de cuento, no repartamos todavía los uniformes a rayas: que sean los tribunales quienes escriban ese capítulo, si llega el caso. La sátira admite horcas de palabras; la justicia exige pruebas.

Lo que sí puede acabar en prisión preventiva es la soberbia. Porque los castillos de naipes no necesitan asaltantes: basta con retirar una carta, pedir las cuentas y dejar de aplaudir. Entonces, el rey descubre que el cortijo no era suyo, la princesa que la discreción no concede inmunidad y el asesor que cobrar por la estrategia no garantiza que esta funcione.

Y quizá la temida bruja de Hacienda termine convertida en hermosa hada madrina de la transparencia: no por hacer milagros, sino por algo mucho más inquietante para ciertos personajes, pedir explicaciones y cuadrar las cuentas. Si aparecen irregularidades, que respondan quienes corresponda; que para eso están las pruebas, las leyes y los tribunales.

Moraleja: quien confunde una empresa con un cortijo, a los socios con vasallos y al asesor con un escudo protector acaba descubriendo que ni la misa dominical, ni la prima favorita, ni los bogavantes, ni las facturas con más ceros que vergüenza, sirven para comprar la impunidad.

Y aquí llega la bofetada final: el rey se creyó propietario del reino, la princesa heredera de la eternidad y el asesor dueño de la última palabra; pero cuando los minoritarios dejan de pagar la función, Hacienda pide explicaciones y los tribunales reclaman pruebas, cae el telón y aparece la cuenta. Y esta vez, queridos pícaros, no la pagan los figurantes.

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