MANUAL DE SUPERVIVENCIA: CÓMO RECONOCER A UN HIJO DE LA HIPOCRESÍA SIN NECESIDAD DE CONTRATAR A SHERLOCK HOLMES

PROMETE LA LUNA, CULPA AL VECINO Y COBRA EN DRAMA

por Alfredo Muñiz

Hay personas que deberían venir con prospecto, como los medicamentos, y una etiqueta de advertencia: «Atención: este individuo puede provocar decepciones, dolores de cabeza, pérdidas económicas y una considerable merma de la paciencia». Pero no. Los fabricantes de caraduras todavía no están obligados a incluir instrucciones de uso, y así nos va.

Reconocer a una mala persona no siempre es sencillo. Algunas llevan la maldad escrita en la frente; otras, mucho más sofisticadas, se presentan con sonrisa de anuncio de dentífrico, modales de embajador y un repertorio de buenas intenciones capaz de emocionar al mismísimo notario. Son los hipócritas de alta gama: especialistas en vender humo con denominación de origen.

Su primera especialidad son las promesas. Prometen tanto que, si cumplieran la mitad, resolverían el problema de la vivienda, acabarían con el hambre en el mundo y todavía les sobraría tiempo para reformar la cocina. Te prometen ayuda, lealtad, justicia, cariño y hasta la luna, aunque no serían capaces de regalarte una bombilla fundida. Su palabra tiene menos valor que un billete del Monopoly, pero la presentan envuelta en papel de regalo y con un lazo de sinceridad impostada.

El segundo síntoma es la mentira compulsiva. No mienten: producen versiones alternativas de la realidad. Si les sorprendes contradiciéndose, no se ruborizan ni se disculpan. Te ofrecen una explicación tan extravagante que terminas preguntándote si el que ha perdido la memoria eres tú. Son capaces de negar lo que dijeron ayer, reinterpretar lo que hicieron esta mañana y jurar por sus antepasados que jamás estuvieron allí, aunque aparezcan en la fotografía, sujetando el ramo de flores y saludando a la cámara.

Para ellos, la verdad no es un principio moral, sino una plastilina que moldean según las necesidades del momento. Si la realidad no les conviene, la editan. Y si alguien conserva pruebas, lo acusan de estar obsesionado con el pasado. ¡Qué manía tan anticuada esa de recordar las cosas tal como sucedieron!

Su tercera gran virtud es la alergia a la responsabilidad. Jamás se equivocan. Como mucho, son víctimas de una conspiración internacional organizada por incompetentes, envidiosos y personas que no saben valorar su extraordinario talento. Si un negocio fracasa, la culpa es del socio; si una relación se rompe, del otro; si desaparece el dinero, del contable; y si llueve el día de su boda, probablemente de la oposición.

El caso es que el responsable nunca es el responsable. Es una criatura mitológica que no aparece en los relatos, pero a la que ellos atribuyen todos los desastres.

Y cuando ya no encuentran a quién endosarle el muerto, recurren a su obra maestra: convertir a la víctima en culpable. Si alguien les reprocha una traición, responden que no les comprendía. Si denuncian una injusticia, aseguran que se lo han buscado. Si una persona resulta perjudicada por sus decisiones, explican que, en realidad, le estaban haciendo un favor. Es el milagro de la inversión moral: el pirómano termina exigiendo explicaciones a los bomberos por haberle estropeado la fiesta.

En su particular código ético, el perjudicado siempre tiene algún defecto que justifica el perjuicio. Naturalmente, ellos se reservan el papel protagonista de la inocencia, con banda sonora celestial y primeros planos de su sufrimiento.

Pero hay una señal todavía más reveladora: disfrutan con el mal ajeno. No necesitan que les toque la lotería; les basta con que no le toque al vecino. La desgracia de otro les ilumina el rostro con una alegría que ni la Navidad consigue despertar. Si alguien pierde una oportunidad, fracasa en un proyecto o atraviesa una mala racha, no sienten compasión: experimentan una especie de orgasmo administrativo del ego, acompañado de un discreto «ya te lo decía yo».

Son los mismos que te felicitan por un éxito con la boca pequeña y te consuelan por un fracaso con una sonrisa demasiado grande. Cuando triunfas, encuentran defectos en tu victoria; cuando tropiezas, descubren virtudes en tu caída. Si publicas un libro, no lo han leído, pero conocen sus errores. Si consigues un reconocimiento, aseguran que esos premios están amañados. Y si te va bien, sospechan que algo habrás hecho. En cambio, si les va bien a ellos, es porque el universo ha reconocido por fin su superioridad intelectual.

Otra pista importante es cómo tratan a quienes no pueden ofrecerles nada. Con los poderosos despliegan una cortesía de alfombra roja; con quienes consideran inferiores, un desprecio de portero de discoteca con ínfulas de ministro. Su amabilidad funciona por categorías: reverencias hacia arriba, codazos hacia los lados y pisotones hacia abajo.

También conviene observar su relación con la amistad. Para estas personas, los amigos no son seres humanos, sino recursos renovables. Te llaman cuando necesitan algo, desaparecen cuando les necesitas tú y regresan meses después con un «querido amigo» que debería activar todas las alarmas del edificio. Su afecto tiene tarifa variable y condiciones de permanencia: mientras seas útil, eres imprescindible; cuando dejas de serlo, te conviertes en una persona difícil, ingrata o poco generosa.

Y cuidado con su memoria selectiva. Recuerdan perfectamente la ofensa que aseguran haber recibido hace quince años, pero padecen amnesia cuando se trata de devolver un favor de ayer. Conservan un archivo minucioso de tus errores, con índice alfabético y copia de seguridad, mientras que sus propias meteduras de pata desaparecen misteriosamente en la nube.

Lo verdaderamente extraordinario es su capacidad para interpretar cualquier límite como una agresión. Si les dices que no, eres egoísta. Si les pides explicaciones, eres desconfiado. Si reclamas lo que te corresponde, eres conflictivo. Y si decides alejarte, te conviertes en una persona desagradecida que no sabe perdonar. Para ellos, la bondad consiste en que les permitas hacer lo que quieran sin consecuencias. La generosidad consiste en darles siempre la razón. Y la paz consiste en que te calles mientras ellos organizan el incendio.

Por supuesto, no faltan los que se presentan como grandes defensores de la moral, la familia, la amistad o la justicia. Cuanto más grandilocuente es su discurso, más recomendable resulta observar su conducta. Algunos pronuncian sermones sobre la honestidad mientras esconden sus propios trapicheos; otros predican lealtad mientras calculan cuánto pueden sacar de cada relación. Son auténticos catedráticos de virtud que suspenden estrepitosamente en las prácticas.

Ahora bien, tampoco conviene convertir cada defecto en una sentencia judicial. Todos podemos equivocarnos, tener un mal día, decir una tontería o comportarnos de manera egoísta en alguna ocasión. La diferencia está en lo que hacemos después: si reconocemos el error, pedimos disculpas y procuramos repararlo, o si levantamos una cortina de humo, señalamos a un inocente y nos marchamos silbando.

La mala persona no se descubre por una metedura de pata, sino por el patrón que repite y por su negativa a hacerse responsable de él.

Así que, para reconocerla, no hace falta consultar el horóscopo, contratar a un detective privado ni recurrir a una sesión de espiritismo. Basta con observar tres cosas: lo que hace cuando nadie la aplaude, cómo trata a quien no necesita y qué ocurre cuando se le exige que responda por sus actos.

Y, sobre todo, conviene recordar una regla elemental: no juzgues a nadie únicamente por lo que dice de sí mismo. Los currículos morales admiten más maquillaje que una fotografía de portada. Mira sus hechos, compara sus promesas con sus resultados y observa si sus disculpas van acompañadas de cambios reales.

Porque hay personas que se pasan la vida intentando convencerte de que son buenas. Las verdaderamente decentes, en cambio, suelen tener cosas más interesantes que hacer que organizar una rueda de prensa sobre su propia bondad.

Y si después de todo todavía tienes dudas, aplica la prueba definitiva: fíjate en quién asume las consecuencias cuando las cosas salen mal y en quién necesita que otro cargue siempre con la culpa.

Ahí suele terminar el teatro y empezar la verdad. Aunque, tratándose de ciertos artistas de la hipocresía, siempre cabe la posibilidad de que también intenten cobrarte la entrada.

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