ESPAÑA: UN MANICOMIO EN RÉGIMEN DE AUTOGESTIÓN
por Alfredo Muñiz
Donde los pacientes eligen al director, el director se declara víctima y nadie encuentra las llaves de la cordura.
Si alguien nos preguntara cómo vemos la España actual, podríamos responder sin necesidad de recurrir a encuestas del CIS, sesudos análisis políticos ni tertulianos de guardia: ¡un manicomio en régimen de autogestión!
El esperpento ha dejado de ser un género literario para convertirse en una modalidad de gestión pública. Tenemos un Gobierno instalado en una montaña rusa de sobresaltos, una oposición que no siempre encuentra el rumbo y una colección de personajes políticos empeñados en protagonizar el siguiente capítulo del sainete nacional.
Aquí cada cual tiene su cometido: unos explican lo inexplicable, otros niegan lo evidente y los de más allá aseguran que todo marcha estupendamente, mientras el ciudadano comprueba cómo la vivienda, la cesta de la compra y los impuestos se empeñan en llevarles la contraria.
La política se ha convertido en un espectáculo donde importa más el relato que la realidad. Si aparece un problema, rueda de prensa; si aparecen tres, comisión de investigación; y si la situación se complica, siempre queda el recurso de culpar a los jueces, a los periodistas, a la oposición o, llegado el caso, a la climatología.
Pero el espectáculo alcanza cotas extraordinarias cuando aparece la incongruencia de una huelga general que parece contar con el respaldo de un Gobierno dispuesto a protestar contra las consecuencias de su propia gestión. ¡Una auténtica genialidad política! El Ejecutivo parece ponerse la camiseta de los manifestantes, convocar la protesta contra sí mismo y, cuando llegan las críticas, señalar a la oposición como responsable del desaguisado. ¡Ya solo falta que el Gobierno se manifieste frente a la Moncloa para exigir explicaciones al inquilino!
En este peculiar establecimiento tampoco faltan los expertos en todo, los políticos que cambian de principios según las necesidades del sillón y los salvadores de la patria que aparecen cada mañana con una nueva receta para arreglar los problemas que ellos mismos contribuyen a alimentar.
Mientras tanto, los ciudadanos pagan religiosamente la entrada, financian el espectáculo con sus impuestos y escuchan que todo marcha de maravilla. ¡Qué tranquilidad debe de proporcionar gobernar cuando la culpa siempre es de otro!
Quizá el verdadero problema no sea que tengamos demasiados disparates, sino que hayamos terminado aceptándolos como algo normal. Cuando el esperpento se convierte en costumbre, el sentido común parece una extravagancia y la coherencia, un artículo de lujo.
Y así seguimos: los pacientes administran el establecimiento, los responsables se reparten los méritos y las culpas se subastan entre adversarios, mientras la dirección asegura que todo marcha según lo previsto.
Y al final, España ya no necesita que nadie la vuelva loca: ¡ha conseguido un sistema político en el que hasta el Gobierno puede declararse en huelga contra su propia gestión y responsabilizar de ello a la oposición!
¡Que alguien levante acta de semejante prodigio!


