EL REY DEL “SIN FILTROS”: 194 AÑOS Y NI UNA CITA CON EL CIRUJANO PLÁSTICO
por Alfredo Muñiz
Mientras algunos millonarios se dejan una pequeña fortuna en los centros de belleza para borrar las huellas del tiempo, una tortuga demuestra que la naturaleza puede guardar secretos que ni la cirugía estética ni las cremas de lujo han conseguido descifrar.
Hay quien cumple años y sopla las velas. Hay quien cumple años y pide cita con el cirujano plástico. Y después está Jonathan, una tortuga gigante que, a sus aproximadamente 194 años, puede mirar a la humanidad por encima del caparazón y preguntarse qué demonios hacemos con nuestra vida.
El venerable reptil vive en la isla de Santa Elena y es considerado el animal terrestre más longevo del que existen registros fiables. Nació hacia 1832, cuando en España todavía reinaba Fernando VII. Desde entonces ha visto pasar imperios, guerras, revoluciones, modas, gobiernos y generaciones de políticos que prometían cambiar el mundo. Jonathan, entretanto, ha seguido a lo suyo: comer, descansar y tomarse la vida con una parsimonia que ya quisieran para sí muchos ejecutivos estresados.
Ahora, los científicos han decidido estudiar su genoma para averiguar cómo consigue desafiar al calendario. Y los primeros resultados, publicados en la revista Science Advances, apuntan a características genéticas y mecanismos celulares relacionados con la reparación del ADN, el funcionamiento de las mitocondrias, la regulación de la insulina y la protección frente a determinados procesos asociados al envejecimiento.
En otras palabras, Jonathan podría llevar incorporado de fábrica un sistema de mantenimiento que la industria cosmética lleva décadas intentando vendernos en cómodos frascos de cristal.
La juventud eterna cuesta una pasta
Mientras Jonathan pasea por su isla sin preocuparse por las patas de gallo, las arrugas del cuello o la papada, una parte de la sociedad humana ha convertido el envejecimiento en una emergencia nacional.
En determinados ambientes, cumplir años parece una desgracia que debe mantenerse en secreto. Las arrugas se consideran una traición; las canas, una rendición; y las fotografías sin filtros, documentos comprometedores que conviene retirar de la circulación.
Hay señoras con cuentas corrientes muy saludables que acuden a los centros de belleza como quien peregrina a Lourdes. Un retoque por aquí, un relleno por allá y una sesión de aparatología para que el espejo vuelva a decir lo que una desea escuchar. El objetivo no es necesariamente parecer joven, sino conseguir que nadie pueda demostrar lo contrario.
El problema es que el tiempo no firma contratos de exclusividad con ninguna clínica. Se puede estirar la piel, suavizar determinados pliegues y modificar algunos rasgos, pero el calendario continúa trabajando sin descanso, ajeno a las promociones de temporada.
La naturaleza, por su parte, no ofrece bonos de diez sesiones ni financiación a doce meses. Pero a Jonathan le ha proporcionado algo mucho más interesante: una biología excepcionalmente longeva, cuyo funcionamiento los investigadores apenas empiezan a comprender.
Eso sí, conviene no confundir los asuntos. Vivir muchos años no significa permanecer eternamente joven, y el caso de Jonathan no demuestra que pasar más tiempo al aire libre o renunciar a los cosméticos garantice una vida más larga. La genética, la alimentación, el entorno y otros factores intervienen en la longevidad. Lo que sí demuestra este animal es que todavía tenemos mucho que aprender de otras especies.
El secreto está en los genes, no en el neceser
Los investigadores han identificado 287 variantes genéticas particulares de Jonathan relacionadas con procesos biológicos vinculados al envejecimiento. También han observado que determinadas regiones de su epigenoma, implicadas en la regulación de los genes, conservan patrones sorprendentemente estables para un animal de su edad.
Dicho de una manera menos científica: algunas de las instrucciones que ayudan a mantener en funcionamiento sus células parecen resistir mejor el paso del tiempo de lo que cabría esperar.
No significa que los científicos hayan encontrado la fuente de la eterna juventud ni que dentro de unos meses podamos comprar un sérum con extracto de tortuga. Todavía hacen falta más investigaciones para averiguar qué papel desempeñan realmente estos mecanismos.
Pero la noticia tiene su gracia. Mientras los humanos nos gastamos el dinero en perseguir la juventud exterior, la ciencia investiga qué ocurre en el interior de un animal que lleva casi dos siglos acumulando experiencia.
Jonathan no necesita un asesor de imagen. Tampoco parece obsesionado con su marca personal, ni publica fotografías para demostrar que los años no pasan por él. Su prestigio es biológico, no digital.
Y eso que, si hubiese nacido en nuestra época, seguramente tendría una legión de seguidores. Las redes sociales se llenarían de gurús de la longevidad explicando que el secreto de vivir 194 años consiste en levantarse despacio, comer hojas y evitar las prisas. Alguno vendería un curso por 997 euros. Otro lanzaría una línea de suplementos bautizada como Turtle Age Reset.
El propio Jonathan probablemente ni se enteraría. Afortunadamente, no parece tener cuenta bancaria.
Vivir despacio, una revolución contra el reloj
Hay otra lección en esta historia, aunque conviene no atribuírsela literalmente a la tortuga: nuestra cultura ha confundido demasiadas veces juventud con belleza, belleza con éxito y éxito con la obligación de aparentar que nada cambia.
Envejecer es un proceso natural. La cuestión no es conseguir que el rostro parezca congelado en una fotografía de hace treinta años, sino conservar, en la medida de lo posible, la salud, la autonomía y las ganas de seguir descubriendo cosas.
A los 40, a los 60 o a los 80, uno puede estrenar proyectos, enamorarse de la vida, viajar, aprender y disfrutar de una buena comida sin tener que pedir permiso al espejo. Las arrugas cuentan historias, aunque no todas sean dignas de publicarse; y las canas, lejos de constituir una catástrofe estética, suelen ser la prueba de que uno ha sobrevivido a unas cuantas temporadas complicadas.
Eso no obliga a nadie a renunciar a los tratamientos estéticos. Cada cual puede cuidar su aspecto como prefiera. Lo verdaderamente cómico es convertir la edad en una enfermedad y terminar viviendo pendiente de ocultar que se vive.
Jonathan, entretanto, no tiene ninguna prisa por demostrar nada. Su lentitud es proverbial, pero su existencia ha atravesado casi dos siglos de aceleraciones humanas. Ha sobrevivido a la época del vapor, a la revolución industrial, a la llegada del automóvil, a la televisión, a internet y a la fiebre de los filtros digitales.
Quizá la tortuga no sea precisamente un modelo de productividad, pero su biografía deja en evidencia nuestra obsesión por correr hacia ninguna parte.
El último que apague el espejo
No sabemos si algún día la ciencia logrará aprovechar los mecanismos biológicos de Jonathan para mejorar la salud humana o retrasar ciertos procesos del envejecimiento. Los resultados actuales son prometedores, pero preliminares: estudiar a un solo animal excepcional no basta para establecer una receta universal de longevidad.
Lo que sí sabemos es que Jonathan ha alcanzado una edad extraordinaria sin someterse a las exigencias estéticas de ninguna sociedad. No ha tenido que disimular las señales del tiempo para conservar su condición de ejemplar excepcional. Su mérito consiste precisamente en haber llegado hasta aquí.
Mientras tanto, nosotros seguimos empeñados en negociar con el espejo. Hay quien se levanta por la mañana y, antes de saludar a su familia, inspecciona las novedades del rostro como si revisara el cierre de la Bolsa. Una arruga inesperada puede provocar más inquietud que una subida de la hipoteca.
Tal vez algún día descubramos que la verdadera revolución de la longevidad no consiste en borrar los años de la cara, sino en comprender mejor cómo mantener el organismo en buenas condiciones durante más tiempo.
Hasta entonces, Jonathan seguirá siendo un misterio con caparazón y una lección involuntaria de paciencia.
Porque, a fin de cuentas, la tortuga no ha conseguido detener el tiempo: ha conseguido vivir con él durante casi dos siglos.
Y mientras algunos pagan una fortuna para que nadie les eche los años que tienen, Jonathan puede presumir de algo mucho más difícil de falsificar: haber visto pasar la historia sin necesitar una sola sesión de rejuvenecimiento.
Eso sí que es tener una piel dura.


