Mal de ojo, mala leche y familiares con licencia para amargar

EL MAL DE OJO, LAS MALAS ENERGÍAS Y OTROS DEPORTES DE ALTO RIESGO

por Alfredo Muñiz

Hay personas que no necesitan abrir la boca para caer mal. Les basta con mirarte.

Uno las ve acercarse y algo dentro de uno dice: «¡Alerta!». No sabes exactamente qué ocurre, pero notas una especie de corriente eléctrica, un mal bibe, una atmósfera de funeral sin muerto y una sensación inequívoca de que acabas de entrar voluntariamente en territorio enemigo.

Los gallegos, que para estas cosas tienen una sabiduría popular considerable, lo llamaron mal de ojo. Y Galicia, tierra de meigas, leyendas, nieblas y misterios, tiene un catálogo de remedios populares digno de cualquier departamento de paranormalidades. En la tradición de la isla de Ons, por ejemplo, aparecen antiguos relatos relacionados con el mal de ojo y rituales destinados a conjurarlo.

Pero hay una versión mucho más moderna del mal de ojo.

No hace falta sapo, conjuro ni luna llena.

Se llama persona tóxica.

Es ese individuo que te mira feliz y parece que le están cobrando a él la factura de tu felicidad.

Si progresas, sospecha.

Si triunfas, se incomoda.

Si sonríes, investiga.

Si te compras algo, pregunta cuánto te ha costado.

Si haces un viaje, calcula cuánto dinero has tirado.

Si emprendes un proyecto, te explica inmediatamente por qué va a salir mal.

Y si finalmente sale bien, sentencia:

—Bueno, tampoco es para tanto.

Este espécimen humano posee una extraordinaria capacidad para detectar cualquier alegría ajena y proceder inmediatamente a su fumigación.

Son personas que viven comparándose. Y cuando descubren que no pueden competir contigo, intentan convertir tu felicidad en un problema.

Porque algunas personas no quieren ser felices.

Quieren que tú no seas más feliz que ellas.

Ahí está el verdadero negocio.

La envidia es una curiosa enfermedad: el envidioso no desea necesariamente aquello que tienes. A veces simplemente desea que dejes de tenerlo.

Y si puede conseguirlo mediante una mirada, un comentario venenoso, una crítica disfrazada de consejo o un silencio estratégicamente colocado, mejor que mejor.

El antiguo mal de ojo necesitaba rituales.

El moderno dispone de WhatsApp.

La bruja tradicional tenía una escoba.

El tóxico contemporáneo tiene un grupo familiar.

Y ahí comienza el verdadero aquelarre.

Porque ¿qué haces cuando la persona que desprende esa energía no es un vecino, un compañero de trabajo o alguien que puedes evitar?

¿Qué haces cuando es un familiar?

Pues aquí conviene abandonar la escoba y utilizar una herramienta mucho más eficaz:

los límites.

No hace falta declarar la guerra.

No hace falta montar un exorcismo familiar.

No hace falta demostrar que tienes razón en cada discusión.

Y, sobre todo, no hace falta convertirte tú también en una persona tóxica.

A veces la mejor defensa consiste sencillamente en reducir la exposición.

Hablar menos de tus proyectos.

No contarle todo.

No buscar constantemente su aprobación.

No entrar en cada provocación.

No justificar cada decisión.

Y aprender una frase extraordinariamente poderosa:

—Prefiero no hablar de eso.

El tóxico se alimenta de información, conflicto y reacción.

Si le quitas las tres cosas, se queda mirando al techo como quien ha perdido el mando a distancia.

Hay familiares con los que podemos mantener cariño sin mantener intimidad.

Y esta distinción es fundamental.

Porque querer a alguien no significa permitir que esa persona tenga las llaves de nuestra autoestima.

La familia puede compartir sangre, apellidos y fotografías de Navidad.

Pero no tiene derecho automático a administrar nuestra vida emocional.

Y aquí regresamos a Galicia.

En la tradición popular aparecen rituales contra el mal de ojo, desde objetos protectores hasta ceremonias junto al mar.

Pero quizá el conjuro moderno sea mucho más sencillo:

«Meigas fóra… y personas tóxicas, también.»

No porque creamos necesariamente que alguien pueda lanzar energías mágicas contra nosotros.

Sino porque hay miradas que pesan, palabras que desgastan y comportamientos que, sin necesidad de brujería alguna, consiguen convertir una tarde tranquila en una junta extraordinaria del infierno.

Y contra eso no hay que buscar magia.

Hay que buscar distancia.

Hay que buscar serenidad.

Hay que rodearse de gente que celebre tus éxitos sin necesitar disminuirlos.

Porque quien te quiere bien no intenta apagar tu luz.

Se alegra de que brilles.

Y si alguien no soporta verte evolucionar, quizá el problema no sea que tú hayas cambiado de dimensión.

Quizá sea que esa persona se ha quedado viviendo en el sótano de la suya.

Precisamente el universo de las meigas, los conjuros y las energías negativas aparece también recreado en El testamento del Gallo, novela de Alfredo Muñiz, donde se recogen referencias a las tradiciones y rituales populares relacionados con el mal de ojo en la isla de Ons.

Porque, al final, entre brujas gallegas, familiares imposibles, envidiosos profesionales y modernos fabricantes de malas vibraciones, uno llega a una conclusión que habría hecho las delicias del mismísimo Quevedo:

No hay peor mal de ojo que el que te echa alguien que no soporta verte bien.

Y para ese maleficio, queridos lectores, existe un conjuro infalible:

vivir, avanzar, ser feliz y no pedir permiso.

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