Sánchez contra Sánchez: Feijóo cobra entrada y Abascal vende palomitas

El Congreso de los Tres Reyes Magos: Sánchez trae el relato, Feijóo la factura y Abascal el encendedor

por Alfredo Muñiz

España vive estos días una comedia política de esas que ni Quevedo habría podido imaginar sin que le acusaran de exagerado. El Congreso parece una taberna de madrugada, la radio un confesionario sin cura y el Gobierno, una compañía de teatro que ha perdido el libreto pero continúa representando la función con admirable entusiasmo.

En el centro del escenario aparece Pedro Sánchez, presidente del Gobierno y campeón olímpico de la pirueta verbal. Habla en la radio, comparece en el Congreso y uno termina preguntándose si las declaraciones proceden de la misma persona o de tres asesores encerrados en habitaciones distintas con instrucciones de contradecirse antes de la hora del almuerzo.

Sánchez tiene una virtud extraordinaria: puede decir una cosa por la mañana, otra por la tarde y explicar por la noche que las tres forman parte de la misma estrategia.

—¿Pero presidente, no acaba usted de decir lo contrario?

—No. Lo que he dicho es exactamente lo mismo, pero desde una perspectiva completamente diferente.

Y así, donde el ciudadano ve contradicción, Moncloa ve transversalidad.

Mientras tanto, Santiago Abascal contempla el espectáculo desde la barrera con esa expresión del hombre que lleva tiempo diciendo que viene el lobo y de pronto descubre que el lobo, además de venir, se ha instalado en el Consejo de Ministros, ha pedido despacho y está solicitando dietas.

Abascal no necesita siquiera hacer campaña. La realidad le está haciendo los mítines gratis.

Cada declaración desafortunada del Gobierno es para Vox como encontrar un décimo premiado en el bolsillo de un pantalón viejo.

—¡Si lo dije! —parece exclamar Abascal—. ¡Si llevaba tiempo advirtiéndolo!

Y ahí está el problema: cuando un Gobierno gestiona mal una crisis, el adversario no necesita inventarse argumentos. Le basta con poner una silla, sentarse y esperar.

Feijóo, por su parte, ha comprendido otra de las leyes fundamentales de la política española: cuando el Gobierno tropieza, la oposición no debe ponerle una zancadilla; debe apartarse discretamente y dejar que termine de caer solo.

El líder del PP contempla el panorama y hace lo que cualquier político responsable haría ante semejante oportunidad:

—Señor presidente, ¿quiere que le ayude?

—¡No!

—Perfecto. Continúe.

Y continúa.

Porque Sánchez tiene ministros, pero Feijóo tiene paciencia. Y en política, a veces, la paciencia produce más rédito que una campaña electoral.

El espectáculo alcanza tal nivel que hasta los diputados deben de acudir al Congreso provistos de libreta, diccionario y un pequeño botiquín para las contusiones producidas por los cambios de versión.

Unos dicen una cosa. Otros la matizan. Después la desmienten. Luego la reinterpretan. Finalmente alguien comparece para explicar que todo aquello que acabamos de escuchar no significa exactamente lo que acabamos de escuchar.

Esto ya no es política.

Es ventriloquia administrativa.

Y mientras el Gobierno intenta explicar qué quiso decir cuando dijo lo que dijo, la oposición se frota las manos, los estrategas toman apuntes y el ciudadano contempla la función preguntándose si ha comprado una entrada para el Congreso o para el Circo Price.

Lo verdaderamente extraordinario no es que haya contradicciones.

Lo extraordinario es que cada contradicción venga acompañada de una explicación todavía más contradictoria que la anterior.

Quevedo, de estar aquí, probablemente habría pedido un café, una pluma y un palco.

Y después habría escrito:

“España no necesita enemigos cuando sus políticos se bastan para hacerse oposición unos a otros.”

Porque en esta tragicomedia hay una conclusión evidente: Sánchez intenta gobernar el relato, Feijóo intenta cobrar el dividendo político y Abascal espera pacientemente a que el relato se estrelle contra la realidad.

Y el ciudadano, entretanto, paga la entrada, paga la luz, paga los impuestos y, como propina, paga también el espectáculo.

Eso sí: al menos tenemos una certeza.

La próxima contradicción será explicada como una demostración de coherencia.

Y, visto lo visto, probablemente nos la explicarán en horario de máxima audiencia.

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