Lorca, los Javis y la bola negra: ¡menudo despelote en Ibiza camino de los Oscar!
por Alfredo Muñiz
De los Oscar a Es Cavallet, pasando por los recuerdos de una Ibiza que siempre tiene algo que contar.
Si Federico García Lorca levantara la cabeza y viera La bola negra, quizá necesitaría un abanico, una tila y una explicación de cómo una obra inacabada suya ha terminado representando a España en los Oscar. ¡Menudo viaje se ha pegado el manuscrito!
La película de los Javis entrelaza tres épocas, amores, secretos y heridas que atraviesan generaciones. Y mientras la contemplaba, yo también empecé a montar mi propia película, con menos drama y bastante más Mediterráneo.
Este verano coincidí con Javier Ambrossi en una playa nudista de Ibiza. Casi todo el mundo estaba en bolas, salvo el director y un chico con el que jugueteaba. Una estampa que habría hecho las delicias de cualquier cronista de costumbres: allí, el vestido más extravagante era precisamente llevar ropa.
Meses después, viendo La bola negra, me acordé de aquel encuentro. ¡Quién me iba a decir que acabaría viendo en el cine al director que había conocido en una playa donde el único vestuario parecía ser la toalla!
Y entonces apareció Miguel Bernardeau, interpretando a Rafael Rodríguez Rapún, el hombre vinculado sentimentalmente a Lorca. Con Miguel comparto recuerdos de muchos veranos en la misma zona de Ibiza. También he coincidido durante años con sus padres, Ana Duato y Miguel Ángel Bernardeau, que, según mis referencias, tienen un chalé cerca de la playa de Es Cavallet.
Así que, entre fotograma y fotograma, mi cabeza iba del poeta granadino a las calas ibicencas, de los amores oscuros a los veranos luminosos. ¡Un auténtico festival de Cannes con aroma a salitre!
Lorca, que sabía bastante de amores difíciles y de sociedades empeñadas en repartir bolas negras, quizá habría contemplado la película con una sonrisa melancólica. Aunque, al enterarse de que su obra viajaba a Hollywood, tal vez habría preguntado si los Oscar también premiaban a los autores que dejaban el trabajo sin terminar.
Y si hubiera conocido mis recuerdos de Ibiza, probablemente habría escrito un nuevo poema: Romance de la bola negra y la toalla olvidada.
Porque hay películas que nos emocionan, otras que nos hacen pensar y algunas que, además, nos devuelven a lugares y personas que creíamos guardados en el cajón de la memoria.
Yo entré al cine para encontrarme con Lorca y salí de paseo por Ibiza. Y es que, en ocasiones, la mejor película no es la que aparece en la pantalla, sino la que cada espectador se monta en su propia cabeza.
Eso sí, Federico: si algún día volvemos a Es Cavallet, que conste que la bola negra la dejamos en casa. ¡Que para exclusiones ya tuvimos bastante historia!

