Manual para convivir con un aguafiestas sin acabar en urgencias

Manual de supervivencia para convivir con un profesional de la protesta

por Alfredo Muñiz

Hay personas que entran en una habitación y parece que han encendido la luz.

Y hay otras que entran y uno empieza a sospechar que se ha declarado el estado de alarma.

Las primeras traen alegría, conversación, complicidad y esa rara virtud de entender que la vida ya tiene suficientes problemas como para fabricar otros de encargo. Las segundas traen una lupa, un cuaderno de reclamaciones y una vocación casi religiosa por encontrar defectos donde el resto de los mortales solo vemos circunstancias.

Uno dice:

—Qué día tan estupendo.

Y el individuo responde:

—Sí, pero podría llover.

Uno consigue algo después de meses de esfuerzo:

—¡Lo he conseguido!

Y aparece el aguafiestas profesional:

—Bueno, tampoco es para tanto.

Uno propone una solución:

—Podríamos hacerlo así.

Y responde:

—Eso no va a funcionar.

—¿Y de otra manera?

—Tampoco.

—¿Entonces qué hacemos?

—Ya veremos.

He aquí una criatura fascinante: el pesimista con doctorado en contratiempos, capaz de convertir una solución en un problema, un problema en una catástrofe y una catástrofe en una reunión extraordinaria.

Porque hay quien no busca soluciones: busca culpables.

No conversa: inspecciona.

No escucha: espera su turno para objetar.

No discrepa: sentencia.

Y no contempla tu intención, sino el defecto que pueda encontrar en ella.

Si preparas una comida deliciosa, descubrirá que falta sal.
Si haces un regalo, preguntará cuánto costó.
Si alcanzas un objetivo, explicará por qué no era tan difícil.
Si te equivocas, levantará acta notarial.

Y si haces diez cosas bien y una regular, esa persona no verá diez aciertos.

Verá la regular.

¡Ah, qué prodigio de la naturaleza humana! Hay personas capaces de encontrar una mota de polvo en una alfombra después de que tú hayas limpiado toda la casa.

El arte de llevar siempre razón

El problema no es que alguien piense diferente.

Pensar diferente es saludable. La humanidad avanzó precisamente porque alguien tuvo la ocurrencia de decir:

—¿Y si lo hacemos de otra manera?

El problema comienza cuando la discrepancia se convierte en desprecio.

Una cosa es decir:

—No estoy de acuerdo.

Y otra:

—Tu forma de pensar es absurda.

Una cosa es señalar un error:

—Creo que aquí podríamos mejorar.

Y otra convertir cada error en una prueba de que eres un desastre universal.

Porque equivocarse no convierte a nadie en incompetente.

Al contrario: quien nunca se equivoca probablemente tampoco ha intentado gran cosa.

Lo verdaderamente peligroso no es cometer errores, sino convivir con alguien que pretende que cada error sea una sentencia sobre tu persona.

¿Tiene solución la mala leche?

Aquí llega la pregunta científica.

¿Tiene cura la mala leche?

Los investigadores todavía no se ponen de acuerdo.

Algunos sostienen que puede mejorar con diálogo, empatía y voluntad.

Otros opinan que ciertas variedades requieren un tratamiento más avanzado:

distancia terapéutica.

Porque existe una verdad incómoda: no puedes mantener una comunicación eficaz con quien ha decidido que comunicarse consiste exclusivamente en llevarte la contraria.

Puedes explicar.

Puedes escuchar.

Puedes razonar.

Puedes pedir respeto.

Puedes ofrecer alternativas.

Puedes reconocer tus errores.

Pero hay un momento en que seguir justificándote equivale a presentarte voluntariamente a un examen que el examinador ha decidido suspenderte antes de entrar.

Y ahí conviene recordar una regla de oro:

No todas las batallas merecen ser libradas.

El método de las tres puertas

Ante una persona permanentemente negativa podemos abrir tres puertas.

La primera es la del diálogo:

—Explícame qué te molesta.

La segunda, la de los límites:

—Puedo aceptar que pienses diferente, pero no que desprecies mi forma de pensar.

Y la tercera, cuando las anteriores fracasan, es la de la distancia.

Sin gritos.

Sin dramas.

Sin discursos de despedida dignos de una telenovela venezolana.

Simplemente, distancia.

Porque alejarse de quien constantemente desprecia tus ilusiones no significa odiarlo.

Significa protegerlas.

Hay personas que alimentan tus ganas de mejorar.

Y hay personas que parecen haber sido contratadas por el Ministerio de la Amargura para inspeccionar tus sueños.

A las primeras conviene conservarlas cerca.

A las segundas, quizá no haga falta expulsarlas del planeta.

Con ponerlas suficientemente lejos del mando a distancia de nuestra autoestima puede bastar.

El milagro de no tomárselo todo personalmente

Quizá también debamos aprender algo nosotros.

Cuando alguien critica constantemente, no siempre está describiéndonos.

Muchas veces está describiéndose a sí mismo.

Su forma de mirar el mundo.

Sus frustraciones.

Sus miedos.

Su necesidad de control.

Su incapacidad para disfrutar de lo que funciona.

Y hasta esa misteriosa afición humana por encontrar una arruga en el mantel cuando hay un banquete entero encima.

Por eso conviene no entrar en su juego.

Si alguien quiere convertir cada conversación en un juicio, no estamos obligados a ser el acusado.

Si quiere convertir cada diferencia en una guerra, no estamos obligados a presentar tropas.

Y si quiere convertir nuestra alegría en motivo de sospecha, tampoco estamos obligados a pedirle permiso para ser felices.

Porque la vida ya es bastante complicada

Al final, quizá la cuestión no sea descubrir cómo cambiar a las personas tóxicas.

Quizá sea aprender cómo no permitir que nos cambien a nosotros.

Todos tenemos defectos.

Todos metemos la pata.

Todos podemos mejorar.

Y qué maravilloso resulta encontrar a alguien que, en lugar de utilizar nuestros errores para hundirnos, nos diga:

—Vamos, inténtalo otra vez. Puedes hacerlo mejor.

Eso es acompañar.

Eso es querer.

Eso es construir.

Lo otro —la crítica permanente, el desprecio, la sospecha, la lupa sobre el defecto y la indiferencia ante el esfuerzo— puede disfrazarse de sinceridad, de exigencia o de carácter.

Pero no confundamos la sinceridad con la crueldad, ni la exigencia con el desprecio.

Porque hasta la verdad necesita modales.

Y hasta la crítica debería llevar dentro una pequeña dosis de humanidad.

De modo que, si alguna vez se cruza usted con un profesional de la protesta, no pierda el humor.

Escuche.

Explique.

Ponga límites.

Reconozca sus propios errores.

Y, sobre todo, no permita que el mal humor ajeno se convierta en propietario de su alegría.

Porque hay una forma extraordinariamente eficaz de vencer a quien pretende amargarnos la existencia:

seguir viviendo, seguir aprendiendo, seguir mejorando y, si es posible, seguir sonriendo.

Que bastante trabajo cuesta ya levantarse cada mañana como para contratar además a un funcionario de la desgracia que nos haga una auditoría de la felicidad.

Y si después de todo eso la persona continúa viendo problemas donde usted ve soluciones, defectos donde hay esfuerzo y oscuridad donde entra el sol…

Quizá no necesite usted cambiar de opinión.

Quizá solo necesite cambiar de acera.

Quevedo, probablemente, habría dicho algo mucho más cruel.

Pero nosotros, por aquello de la evolución, nos conformaremos con poner distancia y conservar la paz.

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