Tarantino en Moncloa: aquí dispara hasta el apuntador

Moncloa Reloaded: aquí dispara hasta el apuntador

Pon Alfredo Muñiz

La política española ha dejado de parecer una legislatura para convertirse en una película de Quentin Tarantino, solo que con menos presupuesto, más asesores y un guion que nadie recuerda haber aprobado.

En esta superproducción titulada «Moncloa: sangre, pactos y otras formas de supervivencia», el argumento se complica por minutos y uno empieza a sospechar que el próximo Consejo de Ministros se va a celebrar con chaleco antibalas y casco de obra.

El presidente Pedro Sánchez, según esta delirante película imaginaria, ya no gobierna: apunta políticamente. Y cuando uno termina de mirar hacia La Moncloa, descubre que Óscar Puente también parece haber sacado la artillería dialéctica para entrar en combate. Al pobre apuntador del Congreso le quedan dos telediarios: cada vez que intenta tomar nota, tiene que agacharse.

Pero lo verdaderamente entretenido comienza cuando el fuego cruzado deja de venir de la oposición y empieza a recorrer los pasillos del propio Gobierno.

Ahí aparecen Marlaska y Margarita Robles, dos personajes que en cualquier película de Tarantino entrarían en escena mirando de reojo, preguntándose quién será el primero en descubrir que el enemigo no siempre está enfrente; a veces se sienta en la misma mesa y comparte Consejo de Ministros.

Robles parece vivir últimamente en una película distinta. Marlaska, por su parte, tiene ese aire de personaje que acaba de entrar en el tercer acto sin haber leído todavía el guion. Y mientras tanto, Sánchez continúa caminando por el escenario con la serenidad del protagonista que sabe que al final de la película puede ocurrir cualquier cosa menos que todo termine como estaba previsto.

Porque esto ya no es un Gobierno: es un sainete con presupuesto de tragedia griega.

Sófocles, de resucitar, pediría un despacho en Moncloa. Shakespeare reclamaría derechos de autor. Y Quevedo, viendo el espectáculo, probablemente se limitaría a sacar la pluma, mirar alrededor y preguntar:

—¿Pero aquí quién gobierna y quién dispara?

La respuesta sería difícil.

Uno dispara comunicados.
Otro dispara declaraciones.
El de más allá dispara contra el anterior.
Y cuando parece que todos apuntan hacia la oposición, resulta que alguno ha confundido el blanco.

Mientras tanto, el apuntador —ese pobre funcionario condenado a sobrevivir entre ruedas de prensa, rectificaciones y contradicciones— ya no sabe si debe escribir el discurso presidencial o llamar a emergencias.

Y así continúa el sainete nacional: un Gobierno que parece una película de Tarantino rodada por los hermanos Marx, con Sófocles haciendo de asesor de guion y Quevedo corrigiendo los diálogos desde el más allá.

Lo preocupante no es quién ganará el próximo capítulo.

Lo preocupante es que cada capítulo necesita más actores, más explicaciones y menos explicaciones que el anterior.

Y Sánchez sigue avanzando hacia ese desenlace de tragedia griega que toda buena película política promete y ningún protagonista desea.

Porque en la tragedia clásica siempre había un destino inevitable.

En la política española tenemos algo mucho más sofisticado:

tenemos varios.

Y todavía no sabemos cuál llegará primero.

El telón no cae.

Se recarga el guion.

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