España, el país donde parece que hasta las cigüeñas traen formularios
por Alfredo Muñiz
Dicen que España es tierra de sol, vino y hospitalidad. Tan hospitalaria, según ironizan algunos, que cualquiera que asome por la frontera acaba creyendo que ha encontrado un complejo turístico con pensión completa. Aquí el aire viene con impuestos, pero algunos sospechan que las prestaciones llegan envueltas para regalo.
Mientras el ciudadano de a pie hace cola para el médico, calcula la hipoteca con una calculadora que ya pide auxilio y mira la nómina buscando el dinero desaparecido, los doctores del buenismo comparecen solemnes para impartir catequesis desde la moqueta. Predican solidaridad… siempre que la factura la pague otro.
Y es entonces cuando al pueblo, que no ha perdido el sentido del humor aunque le sobre el sentido de la paciencia, se le ocurre una idea tan vieja como la política: si tan convencidos están algunos dirigentes de las bondades de acoger sin límites, ¿por qué no convierten sus amplias residencias en el primer ejemplo práctico de su doctrina? Dicen que la pedagogía comienza por uno mismo.

Quizá la residencia de La Mareta pueda estrenar el cartel de “Todo Incluido”. Tal vez en los jardines de los palacios oficiales aún quede sitio para unas cuantas literas. Y en las mansiones ministeriales, donde abundan los metros cuadrados y escasean las estrecheces, acaso pueda celebrarse el gran experimento de la solidaridad con servicio de habitaciones.
Porque resulta admirable comprobar cómo ciertos apóstoles de la igualdad suelen practicarla desde chalets donde la única frontera preocupante es la del jardín con la piscina. Allí la fraternidad universal siempre encuentra acomodo… mientras no sea en la habitación de invitados.
Entretanto, el español corriente sigue financiando una función donde los actores cambian de disfraz cada legislatura, pero el guion permanece inmutable: prometer mucho, explicar poco y presentar la factura con una sonrisa institucional.
Si los problemas migratorios son complejos —y lo son—, resolverlos exige leyes eficaces, cooperación internacional, control de fronteras y políticas públicas serias, no concursos de virtud desde el atril ni discursos confeccionados para los aplausos de salón. Porque gobernar consiste en administrar realidades, no en coleccionar ovaciones.
Al final, España continúa siendo ese teatro donde el apuntador paga la entrada, los protagonistas cobran el caché y el público descubre, acto tras acto, que el verdadero número de magia consiste en hacer desaparecer el dinero del contribuyente mientras le convencen de que debe aplaudir el espectáculo.
Y así seguimos: rezando para que impere el sentido común, pagando para que no falte la función y esperando que algún día los discursos bajen del púlpito al suelo. Porque, como diría un viejo satírico del Siglo de Oro, hay políticos que reparten lecciones con tanta generosidad que, si las palabras alimentaran, ya no existiría el hambre.


