El amor de madre, la envidia de la tía y el morro del primo, una fauna doméstica a estudiar
por Alfredo Muñiz
Dicen que madre no hay más que una. Menos mal. Porque si hubiera dos, el hijo necesitaría un comité de la ONU para negociar la hora de llegada, el menú de la cena y el color de los calcetines.
Las madres poseen una curiosa interpretación de la democracia doméstica. “Aquí se hace lo que yo diga, que para eso soy la dueña de la casa”, proclaman con la solemnidad de quien acaba de promulgar la Constitución del salón. Y, mientras el hijo supera los treinta porque comprar una vivienda exige vender antes un riñón y media hipoteca del alma, la convivencia acaba pareciéndose a una mezcla entre residencia universitaria, museo arqueológico y almacén municipal.
Con los años se acumula todo. La bicicleta de montaña que ya solo baja telarañas. La tabla de surf que no ve una ola desde que Aznar llevaba bigote. El retrato de la bisabuela, tres ventiladores averiados, cajas misteriosas que nadie se atreve a abrir y una colección de cargadores cuya utilidad desconoce hasta la NASA. Hay hogares que no necesitan trastero; necesitan un arqueólogo con brocha y pincel.
Las madres preguntan por cariño, dicen ellas.
—¿Dónde vas?
—¿Con quién sales?
—¿Qué vas a comer?
—¿A qué hora volviste?
—¿Quién era esa rubia que salió dos segundos detrás de ti en un vídeo de Instagram?
Llega un momento en que la maternidad se convierte en un servicio secreto. Ni la KGB, ni la CIA, ni el MI6 disponen de semejante capacidad de investigación. Una madre reconstruye una conspiración internacional porque has tardado nueve minutos en responder un WhatsApp. Si además ha soñado algo extraño, el caso queda resuelto antes del desayuno. No necesita pruebas; le basta la intuición, una vecina indiscreta y dos capítulos de una telenovela.
Eso sí, que nadie ose hablar mal de su hijo. En la intimidad puede llamarle desastre, gandul, despistado y calamidad con patas. Pero basta que un tercero levante una ceja para que aquella mujer, hace un instante fiscal del Tribunal Supremo, se transforme en leona africana dispuesta a defender a su cachorro aunque tenga cuarenta y cinco años, barba y pague el IRPF.
Después llegan las tías, una especie zoológica fascinante.
Las hay que quieren a sus sobrinos con un cariño sincero y desinteresado. Son un tesoro.
Y luego están las otras.
Esas que celebran tus éxitos con una sonrisa tan amplia como falsa. Las mismas que, cuando publicas una foto en el Caribe, en Ibiza o en cualquier rincón donde el agua sea azul, encienden una vela negra al santo de la envidia mientras murmuran: “Pues tampoco será para tanto.”
La envidia es un deporte nacional que no distingue clases sociales.
Los millonarios compiten por ver quién la tiene más larga, naturalmente hablamos de la eslora del yate, no vaya a escandalizarse nadie. Los de clase media viven hipotecados para aparentar una prosperidad que solo existe en las redes sociales. Y algunas familias consideran que el sobrino con cuatro ahorros ha sido nombrado, sin saberlo, Ministerio de Hacienda del clan.
Entonces aparecen fenómenos paranormales.
El primo ocupa un piso “solo unos meses”, que en lenguaje familiar significa hasta el Juicio Final. Naturalmente no paga rentas que para eso sirven los lazos de sangre….
Otro convierte el garaje de la abuela en patrimonio personal mediante el antiquísimo procedimiento jurídico conocido como “porque siempre ha sido mío”.
La herencia aún no se ha repartido, pero ya hay quien reparte los muebles, las llaves y hasta las cucharillas de plata. El broche de brillantes y la estola de piel mejor llevarlas por adelantado, para mi hermana le dejo el escapulario de la virgen de Fátima, que seguro que hace milagros.
En muchas familias, cuanto mayor es el patrimonio, menor es el cariño y más larga la reunión con los abogados. Los testamentos tienen la extraña virtud de transformar a primos inseparables en enemigos hereditarios y a hermanos entrañables en expertos cartógrafos capaces de medir una finca con precisión milimétrica para discutir veinte centímetros de lindero.
Pero, al final, pese a las broncas, las sospechas maternales, las tías de sonrisa venenosa, los primos ocupas y las herencias interminables, llega la Navidad y casi todos vuelven a sentarse alrededor de la misma mesa, brindando por la familia mientras se lanzan miradas capaces de cortar el turrón sin necesidad de cuchillo. Solamente los valientes prefieren alejarse de la manada de hienas….
Porque así somos los españoles: discutimos como enemigos, cotilleamos como periodistas, heredamos como notarios y, pese a todo, seguimos diciendo que la familia es lo más importante.
Y quizá sea verdad. Aunque, por si acaso, conviene esconder las llaves del garaje de la abuela, aunque estés pagando el IBI, seguro que te lo arrebatan y todavía no quedarán contentos…
Y así concluye esta comedia doméstica, donde la sangre une menos que una escritura de propiedad y donde el árbol genealógico acaba pareciendo un campo de batalla con notario.
La madre seguirá preguntando dónde vas, con quién vienes y qué has cenado, no porque desconfíe de ti, sino porque Dios no inventó aún un satélite capaz de vigilar tanto como una madre española. La tía envidiosa continuará sonriendo con la dentadura por fuera y afilando el colmillo por dentro, rezando para que tu coche pinche, tu negocio tropiece y tus vacaciones coincidan con una semana de lluvia. Criticándote por la espalda, manipulando, calumniando y victimizándose por sus desgracias, fruto de su vacío existencial y de preocuparse más de la vida ajena que de la propia
El primo ocupará la casa “provisionalmente”, expresión que en idioma familiar significa hasta que las ranas críen pelo. Y cuando llegue la hora de repartir la herencia, aparecerán parientes que llevaban veinte años sin llamar a la abuela, pero que, milagrosamente, recordarán hasta el número de serie de la cubertería de plata.
Porque la codicia tiene mejor memoria que el afecto. El interés familiar suele durar exactamente lo que tarda el notario en abrir el testamento.
Al final, todos proclaman que la familia es un tesoro. Y llevan razón. Lo único que nunca aclaran es que hay quienes entienden el tesoro como un abrazo… y otros como el botín.
Así camina el mundo: las madres amando hasta el exceso, las tías comparando hasta el veneno, los primos apropiándose hasta del felpudo y los sobrinos aprendiendo que, en ocasiones, la mejor herencia no es una finca ni un chalet, sino vivir lo bastante lejos para que nadie te pida las llaves del garaje.
Que Dios conserve a las buenas madres, ilumine a las buenas tías y, si le sobra un milagro, convierta la envidia en vergüenza y la avaricia en oficio honrado. Porque mientras existan herencias, siempre habrá quien confunda el cariño con el catastro y el parentesco con una escritura pública.


