Yo me hice solo… con la empresa de mi padre

Los nepo babies y la gloriosa ciencia de descubrir América con el mapa de papá

por Alfredo Muñiz

Hay criaturas que nacen con un pan debajo del brazo y otras que nacen directamente con una empresa, tres pisos en Salamanca, una cuenta corriente con más ceros que méritos y un señor que les dice: «Cuando seas mayor, esto será tuyo». A estos últimos la modernidad los llama nepo babies, que es una manera internacional y elegante de decir «hijo de papá con enchufe de serie».

Porque el nepotismo, como las malas hierbas y los cuñados en Navidad, no entiende de fronteras.

El nepo baby clásico aparece en Hollywood con apellido ilustre, en la pasarela con madre supermodelo o en la música con padre productor. Pero existe una especie autóctona, mucho más abundante y menos fotografiada: el hijo de papá de la empresa familiar, ese joven ejecutivo que llega al despacho con americana recién planchada, MBA bajo el brazo y una seguridad personal capaz de hacer temblar al mismísimo Cristóbal Colón.

Este sujeto suele pronunciar frases como:

—«He conseguido levantar la empresa».

Y uno mira alrededor buscando dónde está el incendio.

Porque resulta que la empresa ya llevaba cincuenta años levantada. El abuelo la había fundado, el padre la había hecho crecer, los empleados habían trabajado como mulas y los clientes habían pagado religiosamente. Pero llega el heredero, cambia el logo, pone una mesa de mármol negro en el despacho y anuncia solemnemente:

—«Estamos revolucionando el negocio».

La revolución consiste, generalmente, en poner una cafetera de cápsulas.

Y ahí comienza la gran epopeya del emprendedor hereditario.

El hombre ha heredado una fortuna consolidada y, al cabo de seis meses, ya habla de «mi visión», «mi liderazgo» y «mi capacidad para generar valor». Uno siente deseos de preguntarle si también ha descubierto el fuego o si eso se lo dejó preparado su padre en la cocina.

No hay nada más enternecedor que contemplar a un heredero explicando cómo ha llegado «desde abajo» cuando su «abajo» empieza en el ático.

Hay quien presume de haberse hecho a sí mismo porque, efectivamente, se ha hecho a sí mismo… pero con los materiales que le proporcionó papá.

Y no conviene confundir mérito con punto de partida. No es lo mismo correr una carrera con zapatillas que empezar diez kilómetros por delante, subido en un Ferrari y con el árbitro trabajando para tu familia.

El problema no es heredar. Heredar no es pecado; convertir la herencia en currículo sí puede resultar cómico.

Porque una cosa es decir:

—«He tenido la suerte de continuar el trabajo de mi familia».

Y otra muy distinta:

—«Todo lo que tengo es fruto de mi talento».

Aquí es donde Quevedo habría sacado punta a la pluma y probablemente también a la nariz.

El verdadero prodigio contemporáneo consiste en convertir una ventaja heredada en una leyenda personal. El hijo recibe una empresa valorada en cien millones y, tras cambiar el nombre de tres departamentos, descubre que posee «espíritu empresarial».

Otro hereda una cadena de hoteles y, después de instalar luces LED, se presenta como «visionario del sector».

Un tercero recibe una cartera de clientes construida durante cuarenta años y proclama:

—«Mi mayor logro ha sido fidelizar al mercado».

¡Fidelizar! El mercado llevaba comprando desde antes de que él aprendiera a atarse los zapatos.

Y luego están los que consideran que trabajar en la empresa familiar les convierte automáticamente en empresarios. No, querido. Trabajar en una empresa no te convierte en su fundador; igual que sentarte en el trono no te convierte en Carlomagno.

El mundo está lleno de personas extraordinarias que han partido de cero. Y también de personas extraordinariamente convencidas de haber partido de cero cuando, en realidad, partieron de una cuenta bancaria con nueve ceros.

El nepo baby no tiene necesariamente la culpa de haber nacido en una familia afortunada. Lo verdaderamente divertido comienza cuando confunde la suerte de nacimiento con el talento personal, los contactos con el liderazgo, la herencia con el esfuerzo y el patrimonio familiar con su propia genialidad.

Porque América ya estaba descubierta, señor heredero.

Y si además el barco era de papá, la tripulación la pagaba papá, el mapa lo había dibujado papá y el puerto de llegada también pertenecía a papá, quizá convendría no presentarse después como Cristóbal Colón del emprendimiento.

Que una cosa es ser heredero.

Y otra, mucho más peligrosa, heredar hasta el ego.

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