Feliz cumpleaños, doña Isabel: setenta velas, una peineta y un fantasma en Cantora
Por Alfredo Muñiz
Setenta abriles cumple ya doña Isabel Pantoja, viuda de España por aclamación popular, emperatriz de la copla y señora de un reino donde las batas de cola tenían más súbditos que muchos ministerios.
Casó con un torero de los que toreaban al destino de frente, y el destino, que siempre ha sido un mal empresario, decidió cerrar la plaza demasiado pronto. Desde entonces, media España la lloró como si hubiera enviudado la nación entera, y la otra media discutía quién lloraba con más sentimiento.
A su alrededor siempre revolotearon amistades ilustres, voces poderosas y periodistas capaces de convertir un suspiro en una exclusiva. El pueblo, que jamás ha necesitado licencia para fabricar novelas, cuchicheaba en los corrillos con más imaginación que pruebas, mientras sonaba de fondo aquel estribillo de Mecano, “Mujer contra mujer”, porque en España el rumor siempre ha vendido más entradas que la taquilla.
Después llegó Marbella, ese lugar donde algunos confundieron el ayuntamiento con una barra libre y el dinero público con un monedero comunitario. Allí desfilaban más trajes de lentejuelas que expedientes administrativos, y las noches parecían tan largas que el amanecer tenía que pedir cita previa.
La fortuna, que es una bailaora caprichosa, cambió el compás. Vinieron los tribunales, las sentencias y un retiro involuntario donde las ovaciones fueron sustituidas por el eco de las cerraduras. Ya decía Quevedo que las grandezas del mundo suelen alquilarse por días y devolverse con intereses.
Y ahora resulta que Cantora cambia de dueño. ¡Ay, Cantora! Aquella finca que ha visto más lágrimas, reconciliaciones imposibles, herencias discutidas y portadas de revista que muchos registros civiles. Dicen los más supersticiosos que por sus pasillos ya pasean fantasmas. No los de sábana blanca, sino otros mucho más españoles: el espectro de las exclusivas, el alma en pena de las entrevistas pendientes y el duende de las sobremesas familiares que nunca terminan bien.
Si una noche se oye cantar una copla entre los olivos, no llamen a un exorcista. Llamen a un productor de televisión, que seguro convierte el misterio en una miniserie de ocho capítulos y dos especiales de Navidad.
Setenta años después, Isabel sigue siendo un personaje que no necesita presentación. Ha conocido el aplauso que ensordece, la gloria que deslumbra, el dinero que vuela, la fama que abraza y también la soledad, que siempre llega puntual cuando se apagan los focos.
Así que, doña Isabel, feliz cumpleaños. Que las velas no sean tantas como las portadas, que los fantasmas de Cantora paguen alquiler, que los recuerdos desafinen lo menos posible y que la vida le regale un bis.
Porque en España pasan los gobiernos, cambian las modas, envejecen los toreros, desaparecen las folclóricas… pero siempre queda una copla dispuesta a recordarnos que este país convierte cualquier biografía en zarzuela, cualquier rumor en romancero y cualquier cumpleaños en una portada.


