Se busca Pelayo. Urge. Se ofrece cueva y paciencia
Por Alfredo Muñiz
Dicen las malas lenguas —que son las únicas que madrugan— que España ha perdido tanto prestigio que hasta los mapas la buscan con GPS. Hubo un tiempo en que el nombre de España hacía levantar cejas; hoy levanta comisiones de investigación, titulares y alguna que otra carcajada allende los Pirineos.
Y es que la patria parece un corral donde los gallos cantan promesas, las gallinas ponen excusas y los zorros administran el gallinero con la solemnidad de un notario en carnaval.
Conviene, pues, desempolvar la historia y mirar hacia Covadonga. Allí un tal Pelayo, con más coraje que presupuesto y más inteligencia que asesores, decidió que una cueva podía ser mejor despacho que muchos palacios. Mientras otros contaban enemigos, él contaba razones. Mientras los invasores presumían de ejército, él presumía de determinación.
Hoy la batalla sería distinta. No vendrían con cimitarras, sino armados de discursos interminables, promesas recicladas, informes que nadie lee y sonrisas de escaparate. Las flechas serían notas de prensa; las catapultas, las redes sociales; y las almenas, los platós de televisión.
España no necesita un Pelayo que empuñe espada alguna. Bastante hierro hay ya en los egos. Necesita uno que maneje el sentido común, esa reliquia arqueológica que los expertos buscan con más dificultad que el Santo Grial. Un caballero capaz de distinguir el servicio público del servicio propio; el mérito del enchufe; el honor del postureo.
Porque algunos gobernantes parecen confundir el timón con la veleta: gobiernan según sopla el viento, y si cambia la brisa, cambian de opinión con la agilidad de una veleta mareada. Y en ciertos salones empresariales tampoco falta quien crea que la ética es una molestia administrativa y la responsabilidad un impuesto revolucionario.
Quevedo, si levantara la cabeza, pediría inmediatamente que la volvieran a cerrar. Encontraría tanto material para escribir que necesitaría una imprenta de guardia. Cambiaría la espada por la pluma, aunque quizá la pluma acabara siendo más peligrosa.
Entretanto, el pueblo contempla el espectáculo con la resignación de quien compra entrada para una tragedia y acaba asistiendo a una comedia de enredos.
Por fortuna, aún queda una esperanza. España ha demostrado muchas veces que sabe levantarse cuando parece vencida. Lo hizo Pelayo entre montañas; lo hicieron tantas generaciones después; y hasta nuestra selección de fútbol recordó al mundo que el talento, cuando juega en equipo, puede devolver el prestigio perdido.
Quizá el nuevo Pelayo no nazca en una cueva, sino en una escuela, una universidad, una empresa, un juzgado, un laboratorio o un pequeño ayuntamiento. Quizá no lleve armadura, sino principios. Y quizá su mayor victoria no sea conquistar territorios, sino reconquistar la confianza, el respeto y la ejemplaridad.
Porque las naciones no se engrandecen por el tamaño de sus discursos, sino por la altura moral de quienes las representan.
Y cuando aparezca ese Pelayo del siglo XXI, ojalá no tenga que luchar contra moros ni cristianos, sino contra el más antiguo de los enemigos: la mediocridad disfrazada de poder. Entonces, quizá, Europa vuelva a mirar a España con admiración… y no con la curiosidad con que se contempla una función de teatro cuyo final cambia cada semana.


