Salinas, la playa en modo dieta: el mar se come la arena y el Puerto se come el expediente

Salinas: el día que el mar se cansó de esperar al Puerto de Avilés

por Alfredo Muñiz

Hay playas que desaparecen por culpa del cambio climático y playas que, además, tienen la desgracia de encontrarse con la burocracia española. Salinas parece pertenecer a la segunda categoría: aquí el mar avanza, la arena retrocede y los expedientes administrativos, en cambio, permanecen firmes, lustrosos y perfectamente conservados.

Decíamos ayer —y conviene repetirlo antes de que mañana tengamos que decir «decíamos ayer dónde estaba la playa»— que seis arenales de la comarca de Avilés, Salinas, San Juan de Nieva, Santa María del Mar, Arnao, Xagó y Verdicio, están amenazados por el retroceso de la costa. Y mientras las olas hacen su trabajo con admirable puntualidad, las administraciones hacen el suyo: estudiar, informar, proyectar, presupuestar, tramitar y, si queda tiempo, volver a estudiar.

En los tiempos en que la alcaldesa Pilar Varela reinaba en Avilés y Ángela Vallina ocupaba el alto cargo en Castrillón, viendo que el Ayuntamiento parecía contemplar el problema con la serenidad de quien mira llover desde el balcón, uno tuvo la ocurrencia —casi revolucionaria— de preguntar a Madrid.

Me entrevisté personalmente con el diputado nacional de Izquierda Unida Gaspar Llamazares. Le expliqué que Salinas no necesitaba otra tertulia sobre la arena, sino arena. Llamazares registró preguntas al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y, con la diligencia de quien todavía creía que los papeles podían servir para mover las obras, me remitió por correo electrónico el PDF correspondiente, debidamente sellado.

También contacté con la diputada nacional del Partido Popular Carmen Maniega, que formuló preguntas muy similares.

Aquello parecía una procesión política: izquierda por un lado, derecha por otro y Salinas en medio, esperando que alguna de las dos aceras condujera finalmente a la playa.

Pero pasaron los años y la arena siguió menguando.

En 2017, el CEDEX realizó un estudio en modelo físico a escala reducida sobre la regeneración de Salinas y la segunda fase del dique de contención de arenas del Puerto de Avilés. Es decir, mientras la playa perdía arena a tamaño natural, los ingenieros estudiaban una playa pequeñita, de laboratorio, donde al menos la arena estaba controlada.

Después llegaron los informes complementarios. Y finalmente, en septiembre de 2019, el Gobierno respondió a una pregunta de los populares con esa prosa administrativa que tiene la virtud de conseguir que una promesa parezca un acontecimiento geológico:

Se había estudiado. Se esperaba la redacción de un proyecto. Después, dependiendo de las disponibilidades presupuestarias, podrían ejecutarse las obras precisas.

¡Ah, las disponibilidades presupuestarias! Esa criatura mitológica que habita en los presupuestos públicos y que siempre aparece justo después de la palabra «pendiente».

Han pasado siete años desde aquella respuesta. El proyecto sigue siendo más longevo que algunas legislaturas y la playa, en cambio, continúa adelgazando sin necesidad de dieta.

Y aquí aparece el Puerto de Avilés, protagonista involuntario de esta tragicomedia arenosa.

Porque uno empieza a preguntarse si el futuro de Salinas consiste en conservar la playa o en convertirla definitivamente en un pedrero. No vaya a ser que la desaparición de la arena tenga alguna ventaja logística: menos arena que mover, menos dragados que mantener, menos problemas y, sobre todo, menos playa de la que ocuparse.

Quevedo, si hubiera nacido en Salinas, habría encontrado materia abundante para sus sátiras. Habría dicho que aquí los políticos prometen arena con la misma facilidad con que los prestamistas prometían felicidad, pero que entre la promesa y el arenal siempre aparece un expediente.

El mar, entretanto, no entiende de partidos.

No sabe quién gobernaba en 2017, quién contestó en 2019 ni quién gobierna hoy. Tampoco lee los informes del CEDEX. No conoce los presupuestos de Puertos del Estado ni distingue entre una pregunta parlamentaria del PP y otra de IU.

El mar solamente sube.

Y la arena solamente baja.

Quizá algún día alguien inaugure solemnemente la segunda fase del dique con una cinta, una placa y una fotografía institucional. El problema será encontrar dónde colocar la placa, porque puede que para entonces Salinas tenga ya más funcionarios que granos de arena.

Mientras tanto, los vecinos contemplan el espectáculo desde el paseo marítimo: una playa que retrocede, un puerto que necesita sus dragados y una Administración que avanza a la velocidad exacta de un expediente que duerme en algún cajón.

Y uno, que ya ha visto demasiados sellos, demasiadas preguntas parlamentarias y demasiadas promesas presupuestarias, se permite una última maldad:

¿Será Salinas víctima del cambio climático o víctima de la vieja costumbre nacional de dejar para mañana aquello que el mar se lleva hoy?

Porque si seguimos esperando a que lleguen las «disponibilidades presupuestarias», quizá la próxima regeneración de Salinas no consista en traer arena a la playa, sino en traer turistas a recordar dónde estaba.

Y entonces sí podremos decir, con toda solemnidad:

Decíamos ayer que Salinas tenía una playa.

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