Primero Muerden, Luego Lloran

La Cofradía de los Inocentes Culpables

Envidia: la criatura que no figura en los tratados

En España habita una criatura que no figura en los tratados de biología porque no vive en la naturaleza, sino en las sobremesas, los despachos y los grupos de WhatsApp: el victimista envidioso. Dispara primero y, cuando suena el estruendo, se coloca una máscara de inocencia para denunciar el eco.

No es persona, sino un teatro ambulante de hipocresía. Su rostro verdadero nunca se muestra: lo sustituye por una máscara pulida que sonríe mientras acusa. Y cuando nadie mira, esa máscara se agrieta y deja ver el espejo interior donde solo habita la envidia.

Tiene la paciencia del escorpión y la conciencia de la piedra. Siembra cardos y exige rosas; enciende incendios y reclama medallas por haber visto el humo. Pero siempre lo niega frente al espejo: en su reflejo, el fuego nunca es suyo.

La máscara: el arte de no ser uno mismo

Aquí se ha cultivado siempre una abundante cosecha de quienes, incapaces de subir por mérito propio, dedican su ingenio a serrar los peldaños ajenos. La envidia no lleva uniforme: se disfraza de consejo, prudencia o falsa amistad. Nunca dice “ojalá le vaya mal”, eso sería vulgar. Prefiere el veneno educado, dicho frente al espejo para no mancharse las manos:

—Me alegro… aunque algo habrá hecho.

El aplauso con navaja. La sonrisa reflejada que no coincide con la del rostro.

Su talento mayor es la invención. Si una mentira falla, fabrican dos y las contemplan en el espejo hasta creerlas verdad. Si aparece la verdad, la acusan de arrogante porque no sabe disfrazarse. Y si el tiempo los delata, declaran que la máscara era patrimonio cultural.

Nunca se equivocan: solo fueron “demasiado buenos”. Son los únicos ladrones que denuncian el robo mientras esconden el botín detrás del reflejo, los únicos piratas que piden subvención para el abordaje y luego posan frente al espejo como héroes.

El agravio: la estrategia del ataque preventivo

España no solo perfeccionó la picaresca, sino el agravio preventivo: atacar primero para llorar después. Así, cuando llega la respuesta, ya tienen preparado el relato, el pañuelo y el coro… y una máscara lista para cada versión de sí mismos.

Cuando el señalado se aparta, empieza el teatro. Los culpables se colocan máscaras de mármol, los intrigantes maquillan su reflejo y los verdugos se visten de monaguillos. Y el que cavó la zanja se mira al espejo y pregunta, ofendido:

—¿Por qué se ha ido?

Porque hasta los topos reconocen una trampa cuando el espejo ya no devuelve su versión conveniente.

Desenlace: el espejo definitivo

Son arquitectos de ruinas ajenas que luego inauguran monumentos a la convivencia. Coleccionistas de resentimiento que llaman humildad a no soportar el éxito del otro. Les duele el triunfo ajeno como al vampiro el amanecer: no por el sol, sino porque el espejo lo delata.

Pero hay un enemigo que no negocia: el tiempo. Ese notario sin sobornos que acaba colocando a cada cual frente al espejo definitivo. Y el espejo, impertinente, no miente ni consuela: refleja.

Entonces se descubre la verdad: la víctima no era quien más lloraba, sino quien más máscaras acumulaba para no mirarse de frente.

Quevedo ya lo insinuó: el mayor desprecio es no hacer aprecio. Quizá por eso la única derrota de la envidia es dejarla sola frente a su propio espejo, sin público que le sostenga la máscara. Porque su veneno siempre termina intoxicando el único rostro que no puede ocultar: el suyo. Alfredo Muñiz.

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