Marlaska y el misterio del informe invisible: cuando la Policía sabe más que el ministro
por Alfredo Muñiz
Hay ministros que reciben informes.
Hay ministros que reciben muchos informes.
Y luego está Fernando Grande-Marlaska, que parece haberse apuntado a una modalidad administrativa mucho más sofisticada: el informe que existe, llega a los tribunales, circula por los periódicos… pero misteriosamente no pasa por el despacho del ministro.
Un prodigio burocrático digno del Siglo de Oro.
Quevedo, de haber vivido en nuestros días, habría abandonado la pluma por un teléfono móvil y habría escrito:
«Poderoso caballero es don Informe, salvo cuando se pierde en el camino hacia Interior.»
La historia tiene todos los ingredientes de una comedia política: Ceuta, Marruecos, una entrada masiva, policías, gendarmes, cámaras de seguridad, una jueza, un informe reservado y un ministro que, al enterarse por la prensa, pregunta quién sabía qué, desde cuándo lo sabía y por qué él no lo sabía.
Es decir, el clásico juego español de:
—¿Quién lo sabía?
—Yo no.
—¿Y tú?
—Tampoco.
—¿Y la Policía?
—La Policía parece que sí.
El informe que decidió viajar por libre
Según las informaciones publicadas, un informe elaborado por el Centro Nacional de Inmigración y Fronteras de la Policía Nacional y remitido a la Audiencia Nacional apunta a que gendarmes marroquíes uniformados y agentes de paisano habrían guiado y organizado parte de la entrada masiva de personas a Ceuta durante los días 30 y 31 de julio. La jueza María Tardón habría recibido el documento directamente en el marco de su investigación.
Y aquí comienza la película.
Porque, si la información es correcta, el informe estaba donde tenía que estar: en manos de la autoridad judicial que lo había solicitado.
Pero al mismo tiempo aparece una pregunta políticamente bastante menos cómoda:
¿Por qué el ministro del Interior afirma desconocerlo?
Marlaska ha reaccionado solicitando al director general de la Policía, Francisco Pardo, que le explique desde cuándo existía esa información y cuándo tuvo conocimiento de ella el cuerpo policial.
La escena es extraordinaria.
Uno imagina al ministro entrando en el Ministerio:
—Buenos días. ¿Tenemos algún informe nuevo sobre Ceuta?
—Sí, señor ministro.
—¿Y qué dice?
—Eso no lo sabemos.
—¿Cómo que no?
—Lo sabe la Policía.
—¿Y la Policía?
—Lo sabe la jueza.
—¿Y la jueza?
—Lo sabe porque se lo hemos entregado nosotros.
—¿Y yo?
—Usted se acaba de enterar por el periódico.
Silencio ministerial.
Quevedo habría pedido otra copa de tinta.
Marlaska, Sherlock Holmes de su propio Ministerio
La situación tiene además una ironía deliciosa.
El ministro del Interior, responsable político del departamento del que depende la Policía Nacional, se convierte ahora en investigador de un informe elaborado por la propia Policía.
Es decir, Marlaska pregunta a la Policía por un documento de la Policía para saber si la Policía sabía lo que el ministro no sabía.
Kafka habría pedido destino en Interior.
Y quizá hasta habría solicitado una plaza de inspector.
El asunto no demuestra por sí mismo que Marlaska mintiera, ni que alguien le ocultara deliberadamente el documento. Eso habrá que determinarlo con pruebas.
Pero sí deja planteado un problema institucional muy serio:
si el informe era conocido por determinadas estructuras policiales y tenía relevancia para una crisis que afectaba a la seguridad de Ceuta, hay que aclarar cuál fue exactamente la cadena de comunicación.
Porque en materia de seguridad nacional, la información no debería funcionar como una carta certificada enviada por Correos en época de vacaciones.
La paradoja marroquí
Y mientras tanto, aparece Marruecos en el centro de la escena.
Hasta ahora, el Gobierno había rechazado atribuir a Marruecos la responsabilidad de la entrada masiva y había defendido otras explicaciones sobre lo ocurrido.
Ahora aparece un informe policial que apunta en otra dirección.
Ojo: apunta.
No es una sentencia.
No es una resolución judicial.
No convierte automáticamente las conclusiones policiales en hechos judicialmente probados.
Pero tampoco es un papelito encontrado debajo de la máquina de café.
Es un documento elaborado por una unidad policial y remitido a la Audiencia Nacional dentro de una investigación judicial.
Y ahí está el problema.
Porque si finalmente la investigación confirma que hubo una operación coordinada desde Marruecos, cambiaría radicalmente la interpretación política de lo sucedido.
Y si no lo confirma, habrá que explicar por qué determinadas imágenes y datos llevaron a los investigadores a formular esa hipótesis.
Lo que no parece sostenible durante mucho tiempo es la tercera vía:
que nadie sepa nada y, entretanto, todo el mundo tenga razón.
La Moncloa y el arte de no mirar hacia el sur
Mientras tanto, en La Moncloa seguramente alguien ha descubierto una nueva disciplina olímpica:
el lanzamiento de responsabilidades.
Marlaska mira a la Policía.
La Policía mira al informe.
El informe mira a la jueza.
La jueza mira la investigación.
La oposición mira al Gobierno.
El Gobierno mira a Marruecos.
Y Marruecos, si uno observa la escena desde el otro lado del Estrecho, probablemente mira a España preguntándose:
«¿Pero estos no tenían un ministro del Interior?»
La política exterior tiene esas cosas.
Un país vecino puede convertirse en socio estratégico, amigo privilegiado, aliado imprescindible y, cuando aparece un informe policial incómodo, sospechoso provisional en una conversación que nadie quiere mantener demasiado alta.
El verdadero misterio no es Marruecos
Pero el asunto más interesante quizá no sea siquiera qué hizo Marruecos.
El verdadero misterio es otro:
¿Quién sabía qué y cuándo?
Porque si Marlaska realmente desconocía el contenido del informe, la pregunta es por qué el ministro del Interior no recibió una información potencialmente relevante para una crisis de semejante magnitud.
Y si lo conocía, entonces la pregunta es todavía más incómoda:
¿por qué el Gobierno mantuvo una versión que ahora aparece cuestionada por las conclusiones de una investigación policial?
Entre ambas posibilidades hay un océano de matices.
Y ahí es donde conviene no hacer periodismo con martillo.
Primero documentos.
Después fechas.
Luego comunicaciones.
Y finalmente responsabilidades.
Quevedo vuelve a llamar a la puerta
Uno puede imaginar al fantasma de Quevedo entrando en el Ministerio, mirando el organigrama y preguntando:
—¿Quién manda aquí?
—El ministro.
—¿Y quién informa al ministro?
—La Policía.
—¿Y quién informó a la jueza?
—La Policía.
—¿Y quién informó al ministro?
Silencio.
Quevedo sonríe.
—Ah. Entonces ya entiendo el organigrama.
Y se marcha dejando escrito en la puerta:
«Aquí yace la información: murió de exceso de recorrido.»
Porque un Estado moderno puede sobrevivir a muchas cosas.
Puede sobrevivir a una crisis migratoria.
Puede sobrevivir a una tormenta diplomática.
Puede sobrevivir incluso a una comparecencia parlamentaria.
Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir políticamente a la frase:
«Yo no sabía que mi propia Policía sabía lo que ahora sé por los periódicos.»
Y esa, precisamente, es la cuerda floja de Marlaska.
No porque el informe haya convertido automáticamente a nadie en culpable.
Sino porque ha planteado una pregunta elemental que no necesita toga, uniforme ni gabinete de comunicación:
¿Cómo puede el ministro del Interior enterarse por la prensa de lo que investiga la Policía que depende de su Ministerio?
La respuesta puede ser tranquilizadora.
Puede ser preocupante.
O puede ser, sencillamente, la más española de todas:
«Se está investigando.»
Y mientras se investiga quién sabía lo que investigaba la Policía, la frontera sigue allí, Ceuta sigue esperando respuestas y el informe, por lo visto, ya sabía perfectamente dónde tenía que ir.
A la Audiencia Nacional.
Al menos uno en esta historia tenía las cosas claras.

