«Don Asombro y sus Escuderos: crónicas del reino donde nadie vio venir lo que todos estaban viendo»
Por Alfredo Muñiz.
Crónica satírica, irónica y de aire quevedesco: los sábados de Lomana y el Gobierno del asombro permanente
Dicen que cumplir años da perspectiva. Debe de ser verdad, porque doña Carmen Lomana pidió por su cumpleaños un deseo más difícil de encontrar que un político renunciando al coche oficial: volver a creer en España.
No pidió un bolso de lujo, ni un collar de perlas, ni un abrigo para las joyas de la abuela, ni una crema milagrosa que quite veinte años de encima. No. Pidió un milagro de mayor calibre: que el sentido común regresara del exilio.
Y ahí apareció el Gobierno, representando la mejor comedia del teatro nacional: la Compañía del Asombro Perpetuo.
Sale el presidente con gesto compungido. Entra Marlaska con cara de quien acaba de descubrir que las fronteras existen. Asoma Albares mirando al horizonte como quien busca el mando a distancia de la diplomacia.
—¡Qué inesperado! —parecen decir.
Tan inesperado como encontrar agua en el mar o turistas en Benidorm en agosto.
Quevedo, de haber presenciado semejante función, habría escrito que hay ministros cuya mayor virtud consiste en sorprenderse de aquello que llevan meses anunciando los periódicos.
Ceuta, mientras tanto, contempla el espectáculo como un castillo cuyos centinelas han sido sustituidos por asesores de comunicación. Ya no se levantan murallas: se levantan ruedas de prensa. Ya no se defienden fronteras: se redactan comunicados. El enemigo entra por la puerta y el Gobierno responde abriendo un gabinete de crisis fotográfica.
Los ministros comparecen con el gesto solemne del alumno que asegura que el perro se comió los deberes, aunque el perro lleve meses escribiéndolos.
Y mientras tanto, la corrupción, esa vieja dama de palacio que nunca pierde la invitación a los banquetes del poder, agradece discretamente el cambio de conversación. Nada distrae más que una crisis convertida en cortina de humo.
España, que ha sobrevivido a romanos, visigodos, franceses, piratas, bandoleros y tertulianos, contempla ahora un fenómeno novedoso: gobernantes que siempre llegan tarde, pero jamás llegan sin fotógrafo.
Lomana recuerda a quienes juraban bandera con orgullo. Otros parecen jurar únicamente fidelidad al manual del argumentario semanal, donde toda responsabilidad tiene un culpable lejano y toda culpa termina siendo una oportunidad para cambiar de tema.
Hasta el Rey aparece invocado como si el país esperase una voz que rompiera el silencio, mientras los ciudadanos observan con la extraña sensación de asistir a una representación donde todos conocen el libreto… excepto quienes deberían dirigir la obra.
Decía Quevedo que poderoso caballero es don Dinero. Si viviera hoy quizá añadiría otro personaje al reparto: don Asombro, noble de nuevo cuño, que viste traje ministerial y cada semana descubre con expresión dramática aquello que llevaba meses llamando a la puerta.
Y así concluye este cumpleaños nacional: una dama pide esperanza, un Gobierno reparte sorpresa y España, paciente veterana de mil tempestades, continúa esperando que alguien confunda, por una sola vez, el teatro con el gobierno y el gobierno con el servicio a la nación.
Feliz cumpleaños a Lomana y y que se cumpla su preciado deseo.

