Operación Cloro: España en remojo mientras La Mareta hace espuma
PorAlfredo Muñiz
Hay dos Españas. La que mira el mar desde la toalla… y la que lo mira desde la televisión porque acercarse a la playa se ha convertido en deporte de riesgo. Mientras en Ceuta algunos vecinos contemplan con resignación cómo determinadas zonas costeras viven episodios de tensión por las entradas irregulares, en otro rincón del mapa el emperador del descanso afina el bronceado con la misma disciplina con la que otros afinan los presupuestos públicos.
En el Palacio de La Mareta, donde el sol parece fichar cada mañana y las palmeras saludan con reverencia, el agua no puede permitirse una sola hoja flotando. Para eso están los 16.049,99 euros invertidos en dejar las piscinas y el lago artificial tan relucientes que hasta Narciso pediría cita para contemplarse en ellos.
Porque gobernar cansa. Es una actividad agotadora. Hay que inaugurar, comparecer, prometer, rectificar, volver a prometer y, sobre todo, soportar el insoportable peso del cargo… desde una tumbona perfectamente nivelada.
Dicen que el descanso es sagrado. Y nadie parece tomárselo tan en serio como quien descansa en una residencia que ya quisieran para sí muchos hoteles de siete estrellas. Mientras tanto, en Ceuta, algunos ciudadanos descubren que el concepto de “bandera azul” puede convivir con el de “mejor no bajes hoy a la playa”.
Pero el calendario presidencial no concede tregua. Apenas terminadas las obligaciones acuáticas en Lanzarote, llega el siguiente sacrificio institucional: un viaje para contemplar el eclipse del 12 de agosto. Porque los eclipses, como los presupuestos equilibrados, no se ven todos los días.
Y qué mejor manera de observar cómo el Sol desaparece unos minutos que hacerlo después de varias jornadas disfrutando precisamente del Sol. La agenda anticrisis exige enormes esfuerzos físicos: cambiar de piscina, consultar el parte meteorológico, elegir entre sombrilla o pérgola y comprobar que el agua conserve esa temperatura democrática que satisface por igual a ministros y asesores.
Entretanto, el ciudadano corriente continúa financiando con sus impuestos esta peculiar liturgia estival en la que las piscinas oficiales reciben más atención que algunos problemas nacionales. El cloro trabaja más horas que ciertos ministerios y el limpiafondos parece disponer de un plan estratégico mejor definido que muchas políticas públicas.
Quevedo, de vivir hoy, quizá escribiría que nunca hubo corte donde el agua estuviera tan limpia y las explicaciones tan turbias. Añadiría que el poder posee una extraña alquimia: convierte el dinero público en tranquilidad privada con la misma facilidad con la que algunos convierten cualquier crítica en un ataque intolerable.
Así transcurre el verano nacional. Unos esquivan problemas. Otros esquivan sombrillas. Unos contemplan el horizonte preguntándose qué ocurrirá mañana. Otros contemplan un eclipse desde la comodidad de un viaje oficial.
Y España, paciente como siempre, permanece esperando el siguiente comunicado, mientras el Sol sale cada mañana para todos… aunque algunos lo disfruten bastante mejor acondicionado que otros.

