LA REAL ACADEMIA DE LOS PEDOS
por Alfredo Muñiz
Donde los perjúmenes se sulibeyan, los cantores afinan y los académicos… toman aire
En España, país donde hemos conseguido crear organismos para casi todo, faltaba una institución fundamental para el progreso de la humanidad: la Real Academia de los Pedos.
Porque si tenemos academias para la lengua, la historia, la medicina y las ciencias, ¿cómo íbamos a dejar sin representación institucional al más democrático de los fenómenos humanos?
Aquí no importa la ideología, la cuenta bancaria, el apellido ni el partido político.
Todos tenemos un trasero y todos, tarde o temprano, participamos en la vida académica.
La propuesta ha nacido después de recibir el extraordinario tratado del maestro Pocoví sobre los perjúmenes y el sulibeyamiento, una investigación que demuestra que aquello que parecía una simple vulgaridad intestinal es, en realidad, un complejo fenómeno de microbiología, química, acústica y diplomacia internacional.
Porque una ventosidad no es solamente una ventosidad.
Es una declaración de intenciones.
EL INGRESO EN LA ACADEMIA
La Real Academia de los Pedos tendría, naturalmente, sus sillones.
El Sillón C estaría reservado a los cantores.
Son los académicos del estruendo.
No necesitan tarjeta de presentación: entran en una habitación y anuncian su presencia mediante una intervención acústica que no ha sido solicitada por nadie.
El Sillón A correspondería a los atuneros.
Estos son hombres y mujeres de ciencias químicas.
No hacen demasiado ruido, pero poseen una capacidad diplomática extraordinaria: consiguen que una familia entera abandone una habitación sin necesidad de que nadie dé una orden.
Y finalmente estaría el Sillón P, ocupado por los pintores.
Estos académicos demostrarían que la naturaleza, cuando se pone artística, no necesita lienzo, pinceles ni museo de arte contemporáneo.
LA COMISIÓN DE PERJÚMENES
La Academia tendría además una prestigiosa Comisión de Perfumería Intestinal.
Su misión sería estudiar por qué cada persona tolera razonablemente sus propios perjúmenes y, en cambio, considera los ajenos una especie de ataque químico.
El fenómeno es digno de estudio.
Uno puede encontrarse en casa tranquilamente y pensar:
—Bueno… aquí ha pasado algo.
Pero si el mismo fenómeno procede del vecino, inmediatamente cambia la percepción:
—¡¿Quién ha abierto la puerta de Mordor?!
La ciencia ofrece una explicación: el cerebro se acostumbra a los olores conocidos y deja de prestarles tanta atención.
Es decir, nuestro cerebro nos protege de nosotros mismos.
Una extraordinaria demostración de que la naturaleza, además de sabia, tiene sentido del humor.
EL MINISTERIO DEL INTERIOR
Pero la Real Academia necesitaría también un Ministerio del Interior.
No por cuestiones políticas.
Por cuestiones atmosféricas.
Porque hay episodios en los que el problema deja de ser académico para convertirse en gubernamental.
Una fabada asturiana.
Un cocido.
Un buen plato de legumbres.
Un banquete de boda.
Y ese terrible momento en que alguien, después del postre, dice:
—Yo ya no puedo más.
Mentira.
Siempre puede más.
Entonces comienza la digestión.
Las bacterias intestinales celebran su propio festival gastronómico y la Real Academia activa el protocolo correspondiente:
Nivel Verde: fenómeno discreto.
Nivel Amarillo: intervención acústica.
Nivel Naranja: evacuación preventiva de la sala.
Nivel Rojo: suspensión de la sobremesa y apertura inmediata de ventanas.
Nivel Pocoví: concurrencia simultánea de cantor, atunero y pintor.
En este último caso, la Academia recomienda no investigar demasiado.
QUEVEDO, PRESIDENTE DE HONOR
No podía faltar Francisco de Quevedo.
El ilustre escritor sería nombrado Presidente Perpetuo de la Academia, aunque probablemente protestaría por no haber recibido también un sueldo público.
Quevedo entendió antes que nadie que el pedo podía ser literatura.
Donde otros veían vulgaridad, él encontraba poesía.
Donde otros escuchaban ruido, él encontraba música.
Y donde otros buscaban dignidad, él probablemente encontraba motivos para reírse.
La Academia recuperaría así una tradición nacional: convertir nuestras miserias en literatura antes de que otro las convierta en decreto.
EL PREMIO NACIONAL AL PERJÚMEN
Naturalmente habría premios.
El Premio Nacional al Perjúmen distinguiría cada año la aportación más notable a la perfumería intestinal.
El ganador recibiría una medalla de oro, un diploma y, por razones evidentes, no tendría que pronunciar el discurso de aceptación en una sala cerrada.
También existiría el Premio Quevedo al Mérito Ventoso, reservado a quienes hayan contribuido de forma extraordinaria al conocimiento de la materia.
Y el máximo galardón sería el Premio Pocoví al Sulibeyamiento Científico.
Para obtenerlo habría que demostrar una teoría revolucionaria:
que el ser humano es capaz de disfrutar de aquello que, procediendo del prójimo, considera insoportable.
Una paradoja que explica buena parte de la humanidad.
EL GRAN CONGRESO
La primera reunión internacional de la Academia se celebraría, por razones de seguridad, en un campo abierto.
Acudirían especialistas de todo el mundo.
Los franceses aportarían sus conocimientos sobre perfumes.
Los ingleses, su flema.
Los alemanes, un protocolo de clasificación.
Los italianos, probablemente, discutirían apasionadamente.
Y los españoles llegaríamos con una fabada.
El congreso terminaría inevitablemente con una conclusión científica:
el intestino es democrático, las bacterias son independientes y el culo no entiende de clases sociales.
Y quizá esa sea la gran lección del maestro Pocoví.
Vivimos obsesionados con aparentar.
Queremos parecer importantes, elegantes, sofisticados y políticamente correctos.
Pero basta una comida copiosa para recordar nuestra condición humana.
Porque debajo del traje, de la corbata, del cargo, del título universitario y del ego…
todos llevamos dentro una pequeña orquesta de bacterias trabajando a destajo.
Unas tocan el trombón.
Otras afinan el violín.
Y alguna, de vez en cuando, se equivoca de partitura.
Por eso propongo solemnemente la creación de la Real Academia de los Pedos, Perjúmenes y Sulibeyamientos.
Con carácter nacional.
Con presupuesto propio.
Con sede en Madrid.
Y, sobre todo…
con ventilación cruzada.
Porque una cosa es hacer ciencia…
y otra muy distinta es hacerla sin abrir la ventana.

