DE “LA COLLARES” AL DIAMANTE DE LA MALDICIÓN

El brillo que nunca abandona al poder
De “La Collares” a las joyas del entorno de Zapatero y el resplandor literario de La Saga del Tempranillo

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Las joyas siempre han ejercido una extraña fascinación sobre el poder. No son simples adornos. Hablan de estatus, de personalidad, de influencia y, en ocasiones, de una determinada forma de entender la vida pública. Un collar nunca es solamente un collar. Puede convertirse en símbolo, en mensaje… o incluso en caricatura política.

En España, pocas figuras encarnaron mejor esa relación entre lujo y representación que Carmen Polo. La esposa del Generalísimo pasó al imaginario popular con el sobrenombre de “La Collares”, una etiqueta nacida de su conocida afición por las perlas, los broches y las piezas ostentosas que terminaron formando parte inseparable de su personaje público.

Aquellos collares no eran únicamente joyas. Representaban una época. Una España jerárquica donde el poder no sentía necesidad de disimular el boato ni la distancia social. El lujo formaba parte del decorado institucional con la misma naturalidad que los uniformes militares o las grandes recepciones oficiales.

Décadas después, el brillo vuelve a acercarse al foco político, aunque bajo un contexto completamente distinto. La reciente aparición de más de un centenar de joyas y relojes en una caja fuerte localizada durante un registro vinculado al entorno del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero ha reabierto inevitablemente el debate sobre la simbología del lujo cerca del poder. Según las explicaciones aportadas por el entorno familiar, parte de las piezas pertenecerían a una herencia de Sonsoles Espinosa y otras procederían de regalos recibidos en viajes. La investigación judicial continúa y no existe resolución que determine irregularidad respecto a dichos bienes.

Porque en democracia no solo importa la legalidad; también importa la percepción. La política vive de símbolos. Y las joyas, inevitablemente, hablan. Un reloj de alta gama, una colección llamativa o un objeto hallado en un lugar inesperado despiertan preguntas que trascienden el valor económico. La austeridad proclamada por el discurso político suele convivir mal con la iconografía del lujo.

Pero las joyas no pertenecen únicamente al mundo del poder. También son materia literaria. Reflejan deseo, ambición, belleza, memoria familiar y fantasía. Por eso no resulta extraño que brillen también en la ficción.

En la nueva novela de Alfredo Muñiz, La Saga del Tempranillo, las piedras preciosas adquieren un protagonismo singular en el capítulo “El diamante de la maldición”. La marquesa de la Vid y el Pimiento, inmersa en un renacer emocional tras tiempos difíciles, llega a la India fascinada por los escaparates de las joyerías y obsesionada con una pieza legendaria: una réplica del célebre diamante Koh-i-Noor, la mítica gema vinculada a historias de reyes destronados, guerras y supuestas maldiciones.

El episodio combina humor aristocrático, glamour y cultura popular. Mientras Inés fantasea con lucir el diamante convencida de que su condición de Grande de España la protegería de cualquier anatema, su marido Jerzy observa la escena con resignada ironía, soñando únicamente con una siesta monumental tras el viaje. Entre referencias a Rihanna, Marilyn Monroe y Audrey Hepburn, el capítulo convierte las joyas en un símbolo de reinvención, deseo y evasión.

Quizá ahí resida el verdadero poder de las joyas: en su capacidad para contar historias. A veces representan privilegio y poder, como ocurrió con “La Collares”. Otras despiertan preguntas incómodas cuando aparecen cerca de los despachos políticos. Y otras, simplemente, iluminan la ficción, como sucede en La Saga del Tempranillo, donde un diamante maldito sirve para hablar, en el fondo, de algo profundamente humano: el anhelo de volver a brillar después de la tormenta. Alfredo Muñiz.

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