Las lamentaciones del Cortijo, o el llanto de los inocentes culpables
por Alfredo Muñiz
Dicen que la Justicia es ciega, mas no sorda; oye el tintineo de las monedas, el crujir de los documentos y el gemido del bolsillo ajeno. Y hete aquí que Kevin JAVIER, señor del Cortijo, emperador del “todo es mío” y marqués del “ya lo arreglará el abogado”, se halla preso de una melancolía tan negra que ni el carbón de las minas osa competir con ella.
El juez, desalmado individuo que tuvo la osadía de leer los papeles antes de dictar sentencia, le ha obsequiado con tres años de hospedaje entre barrotes y una indemnización siete veces mayor que aquello que, según la resolución judicial, jamás debió abandonar las arcas familiares.
¡Qué injusticia para quien tanto decía trabajar por el bien común… aunque el común siempre acabara siendo su cuenta corriente!
Su fiel escudero, el teniente Minivilla de los Corrales, deambula cabizbajo por los pasillos del Cortijo como estatua de sal. Juró la inocencia de su señor con más fervor que un fraile promete castidad. Ahora, cuando soñaba con jubilarse entre dominó, vermú y siestas, descubre que la Justicia también ha pedido mesa para él.
Y mientras tanto, doña Socorro, madre del héroe caído, se aferra al abanico como quien intenta espantar a la realidad. No concibe semejante desgracia. Su retoño, tan sacrificado, tan diligente, tan amante del patrimonio… ajeno cuando convenía… condenado. ¡Qué escándalo! Según ella, no puede ser obra de la Justicia, sino de una conjura universal, pues en el reino de los culpables siempre hay un juez perverso, una mano negra o una conspiración que explique lo inexplicable.
Es vieja costumbre de ciertos personajes culpar al espejo cuando no les agrada el rostro que refleja.
Lo admirable del pícaro moderno es su imaginación. Nunca roba: reorganiza. Nunca engaña: interpreta. Nunca falsifica: corrige la Historia. Nunca vacía la caja: optimiza recursos. Y cuando llega la sentencia, no se declara culpable; se proclama mártir.
Mas el tiempo, que no cobra comisiones, termina poniendo a cada cual en el estante que merece. Porque las sociedades paralelas acaban chocando con la realidad; los documentos amañados envejecen peor que la leche al sol; las mentiras, por mucho maquillaje que lleven, acaban enseñando las arrugas; y quien convierte a la familia en cajero automático descubre demasiado tarde que los tribunales no aceptan tarjetas de victimismo.
Reía Kevin JAVIER cuando el mundo giraba a su favor. Reían sus aduladores mientras el banquete duraba. Reían quienes confundían la codicia con el talento y la trampa con la inteligencia.
Pero ya lo advirtió el refranero, que suele dictar mejores sentencias que muchos tertulianos: ríe bien quien ríe el último.
Y ese último, por fortuna, acostumbra a llamarse Justicia.
«No cayó por pobre, sino por codicioso: el Cortijo donde las cuentas no salían… hasta que entró el juez.»


