Ocho días en Cerdeña: manual de supervivencia para volver enamorado, bronceado y dos kilos más feliz

Cómo una isla italiana consigue que empieces buscando playas y acabes fotografiando piedras de hace 3.000 años con entusiasmo sospechoso

Uno viaja a Cerdeña creyendo que sabe perfectamente a lo que va.

“Playas paradisíacas, un poco de turismo cultural, buena comida y relax”.

Mentira.

A Cerdeña se entra pensando en el Mediterráneo de postal y se sale convertido en una mezcla extraña entre arqueólogo aficionado, catador improvisado de vinos, experto en quesos de oveja y fotógrafo compulsivo de callejuelas empedradas.

La aventura empieza en Cagliari, donde uno aterriza con la emoción habitual del turista europeo: maleta medio cerrada, protector solar olvidado y la firme intención de no comer demasiado pan.

Objetivo que dura aproximadamente unas cuatro horas.

Cagliari: cardio involuntario entre cuestas medievales

El primer paseo por el barrio de Castello deja una conclusión clara: los sardos construían las ciudades en cuesta porque odiaban discretamente a las generaciones futuras.

Las calles empedradas, la Catedral de Santa María, la Torre de San Pancracio y el Bastión de Saint Remy son preciosos, sí. Pero también funcionan como un gimnasio renacentista no solicitado.

Eso sí, las vistas compensan. Desde arriba, Cagliari parece decirle al visitante:

—Mira qué bonita soy… ahora baja caminando.

Después llega la Playa de Poetto, siete kilómetros de arena blanca y aguas cristalinas tan transparentes que uno empieza a sospechar que alguien ha subido el filtro del Mediterráneo.

Aquí aparece el clásico turista español de excursión organizada:

—Yo no me baño.

Cinco minutos después ya está dentro del agua hasta el cuello.

Nora: el momento en el que empiezas a emocionarte con ruinas

Hay una fase del viaje muy peligrosa psicológicamente.

Sucede cuando visitas Nora.

Al principio uno piensa:

—Bueno, unas ruinas.

Y media hora después te descubres diciendo cosas como:

—Fíjate en el mosaico, está muy bien conservado.

Peor aún: haces fotos a piedras antiguas desde siete ángulos distintos.

El grupo entero entra sin darse cuenta en una especie de fiebre arqueológica colectiva donde cualquier muro de dos mil años parece fascinante.

Y de repente entiendes a esos viajeros que vuelven diciendo:

—La historia hay que vivirla.

Aunque una hora antes solo querían una tumbona.

Alfredo Muñiz en Cerdeña

Barumini: cuando unas piedras de hace 4.000 años te dejan sin argumentos

En Su Nuraxi, el gran complejo nurágico, ocurre algo parecido.

El guía intenta explicar la civilización nurágica mientras parte del grupo finge entender perfectamente qué hacían exactamente aquellas torres de piedra.

Nadie lo sabe muy bien.

Pero todos asienten con cara intelectual.

—Claro, un sistema defensivo ceremonial agro-pastoril…

Nadie tiene claro qué significa eso, pero queda estupendo decirlo.

La parte positiva es que, después de caminar entre construcciones prehistóricas, un almuerzo típico aparece exactamente cuando el cuerpo empieza a plantearse una rebelión.

Porque el turismo cultural está muy bien… siempre que incluya comida.

Bosa: el pueblo donde Instagram pierde el control

Si alguien diseñó Bosa probablemente trabajaba para una marca de postales.

Casitas de colores, río, callejuelas, flores, terrazas… un escenario tan bonito que incluso las personas que normalmente no hacen fotos acaban diciendo:

—Espera, otra más.

El vino Malvasía de Bosa ayuda bastante a considerar el paisaje todavía más hermoso.

De hecho, después de dos copas, cualquier calle parece merecer una reflexión profunda sobre el sentido de la vida mediterránea.

Alghero: cuando Cerdeña se pone catalana

Llegar a Alghero es un pequeño sobresalto cultural.

De repente aparecen apellidos familiares, referencias catalanas y un ambiente extrañamente cercano.

Es como si Italia y España hubieran decidido llevarse bien durante unos siglos y el resultado fuera una ciudad preciosa junto al mar.

Aquí el paseo por el casco histórico tiene un problema serio: cada esquina parece obligarte a sentarte en una terraza.

Y uno, por educación mediterránea, cumple.

Castelsardo: el pueblo donde las piernas piden un sindicato

A estas alturas del viaje aparece una verdad incómoda:

Todos los pueblos medievales bonitos están arriba.

Siempre arriba.

Muy arriba.

Castelsardo no decepciona en esa tradición del sufrimiento estético.

Calles empedradas, cuestas imposibles y unas vistas espectaculares del mar.

El cuerpo protesta.

El móvil, en cambio, está encantado.

La Maddalena: la prueba definitiva de que el Caribe estaba sobrevalorado

Cuando llegas al Archipiélago de La Maddalena ocurre algo simple:

Se acaba cualquier capacidad de hacerse el interesante.

El agua tiene un color tan exageradamente bonito que todo el mundo acaba diciendo exactamente lo mismo:

—Esto parece el Caribe.

Y siempre aparece alguien que añade:

—Mejor.

Nadie sabe si es verdad, pero en ese momento todos están de acuerdo.

La parada para bañarse tiene un efecto inmediato: nadie quiere volver al autobús.

Porto Cervo: el sitio donde tu cuenta bancaria se siente incómoda

Después llega Porto Cervo.

Y allí uno entiende rápidamente que pertenece a una categoría diferente de seres humanos.

Yates gigantes, tiendas donde nadie mira las etiquetas de precios y coches que parecen costar más que una urbanización entera.

Uno pasea con dignidad, pero interiormente piensa:

—Aquí un café debe incluir hipoteca.

Eso sí, todo es tan bonito que acabas aceptando el lujo ajeno con sorprendente naturalidad.

Orgosolo: arte urbano y comida para reconciliarse con el mundo

Cuando el viaje parece haberlo enseñado todo, aparece Orgosolo.

Un pueblo lleno de murales donde las paredes cuentan historias de luchas sociales, política y memoria.

Es probablemente el lugar donde más veces escuchas:

—Hazme una foto aquí.

Y luego llega el almuerzo con los pastores sardos.

El “porceddu”, los quesos tradicionales, el vino… y ese momento inevitable donde alguien dice:

—Yo hoy ceno poco.

Frase que nadie cumple jamás en un viaje organizado.

La conclusión: volverás con arena en la maleta y nostalgia mediterránea

Cerdeña tiene algo peligroso.

Empieza siendo un viaje de playa y termina convirtiéndose en una pequeña obsesión.

Porque descubres que no solo hay mar turquesa. También hay pueblos de cuento, historia antigua, comida imposible de rechazar y una identidad propia tan fuerte que resulta contagiosa.

Eso sí, conviene volver preparado para tres consecuencias inevitables:

  1. Aburrir en Instagram con reels del viaje. Enseñar demasiadas fotos a familiares poco interesados.
  2. Intentar encontrar queso sardo en Asturias sin éxito. Aunque siempre nos quedará el Gamonéu, Afuega’l Pitu, Casín y Cabrales que nos consuelan de los sabores mediterráneos.
  3. Decir durante semanas:
    “Pues en Cerdeña hacen una cosa muy curiosa…”

Y ahí sabes que el viaje realmente ha funcionado. Informa Alfredo Muñiz.

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