Zombie fillers: cuando adelgazarse ya no es suficiente y toca recauchutarse con grasa de ultratumba
por Alfredo Muñiz
Adelgazar hasta quedarse sin volumen ya no es el final: la nueva estética estadounidense promete recauchutar pómulos, glúteos y tejidos con grasa de donantes fallecidos.
Hubo un tiempo en que adelgazar consistía en comer menos, caminar más y asumir que la báscula tenía la desagradable costumbre de decir la verdad. Después llegaron los batidos, las dietas milagro, los entrenadores personales y, finalmente, los medicamentos de la familia de los análogos GLP-1. Y entonces descubrimos que perder veinte kilos podía ser estupendo para la cintura… y bastante menos estupendo para todo lo que quedaba colgando alrededor.
La medicina estética, siempre atenta a cualquier drama que pueda convertirse en oportunidad de negocio, encontró rápidamente el siguiente problema que solucionar: ¿qué hacemos con el cuerpo después de haberle quitado toda la grasa que tenía?
La respuesta, en Estados Unidos, parece sacada de una reunión de guionistas de The Walking Dead después de tres cafés: grasa procedente de donantes fallecidos.
Sí, queridos lectores. Hemos pasado del body positive al body post mortem.
La tendencia ha recibido un nombre digno de una franquicia cinematográfica: zombie fillers. El concepto consiste, explicado de forma muy resumida, en utilizar tejidos grasos procedentes de donantes fallecidos que han sido procesados, tratados y esterilizados para recuperar volumen en determinadas zonas del cuerpo.
Es decir, que si después de adelgazar te miras al espejo y descubres que has perdido la cara, los glúteos y hasta la ilusión por vivir, la estética estadounidense parece dispuesta a ofrecerte una solución que, literalmente, viene de otra vida.
Del “Ozempic face” al “¿de quién era esta cara?”
El problema tiene su origen en una paradoja bastante moderna.
Durante años nos dijeron que había que perder grasa. Ahora conseguimos perderla a una velocidad considerable y descubrimos que nuestro cuerpo había invertido buena parte de su presupuesto arquitectónico precisamente en esa grasa.
Desaparece el volumen facial, se vacían las mejillas, aparecen surcos, la piel puede quedar más flácida y los glúteos, que durante años habían ocupado una posición estratégica en el imaginario colectivo, pueden decidir jubilarse anticipadamente.
Primero llegó el término “Ozempic face”.
Después, como en cualquier buena industria, llegó la solución.
Y si antes la pregunta era:
—Doctor, ¿puede quitarme esta grasa?
Ahora puede aparecer una mucho más surrealista:
—Doctor, ¿puede devolverme la grasa?
—Claro.
—¿De dónde?
Aquí es donde la conversación empieza a ponerse interesante.
La nueva economía circular de la belleza
La cirugía estética ha descubierto, aparentemente, una versión particularmente macabra de la economía circular: lo que alguien ya no necesita puede servir para que otro recupere volumen.
Eso sí, conviene aclarar que no se trata de abrir una morgue, llenar una jeringuilla y salir corriendo hacia la clínica de Beverly Hills.
El tejido de donante se somete a procesos específicos de selección, tratamiento y esterilización. El producto final no contiene células vivas del donante y se utiliza como una matriz que puede actuar como soporte para la regeneración del propio tejido.
Todo bastante científico.
Aunque la frase “me han puesto grasa de un cadáver” seguirá siendo difícil de pronunciar en una cena familiar sin provocar un silencio sepulcral.
—¿Te has hecho algo en la cara?
—Sí.
—Te veo estupendo.
—Gracias.
—¿Ácido hialurónico?
—No exactamente.
—¿Grasa propia?
—Tampoco.
—¿Entonces?
—Digamos que mi relleno tiene experiencia.
La estética entra definitivamente en territorio zombi
La moda siempre ha tenido una relación peculiar con la muerte.
Hubo modelos extremadamente delgadas, piel pálida, estética gótica, ojos hundidos, ropa que parecía diseñada para asistir a un funeral y colecciones con nombres que podrían ser perfectamente los de una funeraria de lujo.
Pero ahora damos un paso más.
El zombie filler no es simplemente una tendencia estética. Es prácticamente una filosofía de vida:
si no puedes recuperar tu juventud, recupera al menos el volumen.
El concepto tiene además una ventaja comercial extraordinaria. Mientras la medicina estética tradicional trabaja con palabras como lifting, filler, bioestimulación o rejuvenecimiento, el marketing del nuevo producto podría aprovechar una categoría mucho más memorable:
“Resurrección facial”.
“¿Te has quedado sin pómulos?”
“Tenemos la solución.”
“¿Tus glúteos han desaparecido después de adelgazar?”
“Tenemos un donante.”
“¿Tu cara parece haber pasado tres inviernos en Siberia?”
“Tenemos tejido.”
Nunca la expresión “volver a tener buen aspecto” había tenido unas connotaciones tan necrológicas.
El problema de adelgazar hasta desaparecer
La cuestión de fondo resulta bastante más seria que la broma.
La popularización de los tratamientos para perder peso está cambiando la relación de muchas personas con su cuerpo. Perder grandes cantidades de peso puede producir transformaciones importantes en el volumen y en los tejidos, y la medicina estética intenta responder a las consecuencias.
Primero se utilizaba la propia grasa del paciente mediante lipofilling. Pero si el paciente ha adelgazado tanto que su cuerpo parece una cuenta corriente después de pagar todos los impuestos, surge un pequeño inconveniente:
no queda grasa suficiente para reciclar.
Y ahí aparece el concepto de tejido adiposo de donante.
La tecnología, en sí misma, puede resultar fascinante. El problema está en que el lenguaje comercial siempre corre varios kilómetros por delante de la evidencia científica.
Porque una cosa es que exista una tecnología basada en tejidos humanos procesados y otra muy distinta que hayamos descubierto la piedra filosofal de la estética.
Y aquí conviene conservar una pequeña dosis de prudencia: que algo suene futurista, sofisticado y carísimo no significa automáticamente que sea milagroso.
De la cirugía estética a la necroestética
Llegados a este punto, cabe preguntarse qué será lo siguiente.
Durante años la medicina estética nos ofreció:
- grasa propia;
- ácido hialurónico;
- toxina botulínica;
- hilos;
- bioestimuladores;
- plasma;
- tratamientos regenerativos.
Ahora aparecen tejidos de donante.
El catálogo del futuro puede acabar pareciendo el menú de un restaurante experimental.
—¿Qué quiere para rejuvenecer?
—Algo discreto.
—Tenemos pómulo de donante.
—¿Y para el glúteo?
—Tenemos una opción de mayor proyección.
—¿Es compatible con mi personalidad?
—No se preocupe. El donante ya no la necesita.
La estética del siglo XXI puede terminar convirtiéndose en una especie de Wallapop biológico, eso sí, con controles sanitarios muchísimo más rigurosos y sin posibilidad de negociar el precio con el vendedor.
La paradoja final
La gran ironía es que llevamos décadas obsesionados con eliminar la grasa.
La hemos declarado enemiga pública número uno.
La hemos contado, medido, quemado, congelado, aspirado y eliminado de nuestras fotografías mediante filtros.
Y ahora, después de tanto esfuerzo, resulta que estamos dispuestos a pagar una fortuna para que nos devuelvan una parte.
Eso sí que es economía circular.
Quizá dentro de unos años las clínicas de estética ya no anuncien:
“Pierda diez años de encima”.
Quizá anuncien:
“Recupere el volumen perdido”.
Y debajo, en letra pequeña:
“El proveedor puede proceder de otra generación.”
La humanidad ha llegado así a una conclusión estética de extraordinaria profundidad: primero adelgazamos hasta parecer un cadáver y después utilizamos tejido de cadáveres para volver a parecer vivos.
La belleza, definitivamente, se ha convertido en un negocio de ultratumba.
Y si alguien pensaba que ya habíamos llegado al límite de la medicina estética, que espere a la próxima tendencia.
Porque, visto lo visto, lo único que todavía no nos han infiltrado es el miedo.
Y probablemente sea cuestión de tiempo.


