EL GRAN CIRCO DEL “ME GUSTA”: DONDE LA VERDAD TIENE MENOS SEGUIDORES QUE UN GATO
por Alfredo Muñiz
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No prometo hacerme famoso, pero al menos el gallo tiene testamento… y tú puedes ser testigo.
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Hubo un tiempo en que para ser famoso había que tener talento. Luego bastó con salir en televisión. Más tarde, con aparecer en una revista. Y ahora, gracias a la democracia digital, basta con tener un teléfono móvil, buena luz, poca vergüenza y la suficiente capacidad pulmonar para decir una barbaridad delante de una cámara.
Bienvenidos a Instagram y TikTok: el gran mercado persa de la vanidad contemporánea, donde todos quieren ser alguien, aunque nadie sepa exactamente quién, y donde la fama se mide en seguidores, los conocimientos en “likes” y la verdad en función de cuántas veces se comparte.
El antiguo bufón necesitaba un rey para ganarse el pan. El moderno necesita Wi-Fi.
Y así ha nacido una nueva especie humana: el influmierder, término acuñado por el periodista Josema Azpeitia. Sin ánimo de ofender, no es que el simpático o buenorro de turno todo lo que diga sea una mierda —que a veces lo es— sino porque ha convertido el arte de influir en el arte de decir cualquier cosa con absoluta seguridad, preferiblemente delante de una hamburguesa, una copa, un gimnasio o un paisaje que jamás ha mirado con sus propios ojos porque estaba ocupado grabándolo. Es el triunfo del postureo.
El seguidor como unidad de inteligencia
La nueva aristocracia ya no se reconoce por los títulos nobiliarios, sino por los seguidores.
Antiguamente, tener diez mil súbditos implicaba ser un monarca. Hoy basta con diez mil personas que hayan pulsado un botón mientras estaban aburridas en el autobús.
El problema es que el número de seguidores no demuestra que uno tenga razón. Demuestra, como mucho, que uno tiene seguidores.
Pero eso parece haberse olvidado.
Un individuo puede no distinguir una anchoa de una sardina, una catedral de un centro comercial o un tratamiento médico de un remedio de abuela, pero si consigue que cien mil personas le miren mientras lo explica, automáticamente adquiere la categoría de experto.
Es el milagro de nuestro tiempo:
antes había que saber para hablar; ahora basta con hablar para que crean que sabes.
La polémica: ese maravilloso negocio
La polémica se ha convertido en la gasolina de las redes.
Porque decir que un restaurante es bueno no provoca demasiado tráfico.
Decir que es “el peor restaurante que has pisado en tu vida” ya es otra cosa.
Decir que una ciudad está gastronómicamente muerta, que sus habitantes no saben comer y que sus cocineros han perdido el rumbo puede proporcionar miles de reproducciones.
Y si además se consigue enfadar a media ciudad, miel sobre hojuelas.
La indignación cotiza.
El escándalo monetiza.
La bronca da audiencia.
Y la verdad, pobrecita, tiene la mala costumbre de resultar bastante aburrida.
Por eso algunos creadores de contenido han descubierto un método infalible: si no existe una polémica, se fabrica.
Se toma una frase, se corta por la mitad, se le añade una música dramática, tres adjetivos, una mirada de circunstancias y ya tenemos incendio.
Después llegan las respuestas.
Luego las contrarrespuestas.
Después los vídeos reaccionando al vídeo de quien reaccionó al vídeo original.
Y finalmente alguien anuncia:
“Os tengo que contar algo que nadie se atreve a contar”.
Cuando alguien empieza una frase así, conviene esconder la cartera.
La mentira con aro de luz
La mentira tradicional necesitaba imaginación.
La mentira moderna necesita edición de vídeo.
Una información sin confirmar puede convertirse en “exclusiva”.
Un rumor, en “me han contado”.
Una opinión, en “la gente está diciendo”.
Y una sospecha, después de pasar por CapCut, puede terminar convertida en “URGENTE”.
Así funciona la fábrica:
Rumor → vídeo → indignación → comentarios → seguidores → dinero.
Y vuelta a empezar.
La Inteligencia Artificial tampoco ayuda demasiado cuando se utiliza para fabricar argumentos en lugar de utilizársela para mejorar la inteligencia.
Porque una máquina puede escribir una barbaridad con una gramática impecable.
Y eso es mucho más peligroso.
El nuevo periodista: “Yo lo he visto en TikTok”
Hubo una época en que para publicar una noticia había que contrastarla.
Había que buscar fuentes, preguntar a los protagonistas, comprobar datos y, si era posible, distinguir un hecho de una opinión.
Ahora basta con decir:
“Yo os cuento lo que está pasando”.
Y ya está.
La fuente eres tú.
La prueba eres tú.
El testigo eres tú.
El experto eres tú.
Y, en ocasiones, también eres tú quien se inventó el acontecimiento.
El periodismo tiene, al menos, una obligación incómoda: responder ante los hechos.
El influencer responde ante el algoritmo.
Y el algoritmo, como se sabe, no tiene conciencia, ni ética, ni madre que le diga:
“Niño, eso que estás haciendo está muy feo”.
La comida como escenario del disparate
Y si hay un territorio donde esta fauna ha encontrado una mina de oro es en la gastronomía.
Antes uno iba a comer.
Ahora hay quien va a grabarse comiendo.
El plato ya no se degusta: se utiliza como atrezo.
La hamburguesa aparece ante la cámara como si fuese la Venus de Milo.
Se abre el pan.
Se estira el queso.
Se derrama la salsa.
Se hace un primer plano.
Se muerde con la boca abierta.
Se mira al objetivo con ojos de descubrimiento antropológico.
Y entonces llega la sentencia:
“Esto es una locura”.
Todo es una locura.
La hamburguesa es una locura.
La pizza es una locura.
El bocadillo es una locura.
El postre es una locura.
Hasta una patata frita con ketchup ha alcanzado últimamente la categoría de experiencia gastronómica.
Y cuando el influencer visita un restaurante de alta cocina, parece que haya entrado en la NASA.
Mira el plato.
Lo fotografía.
Lo graba.
Lo gira.
Lo vuelve a grabar.
Pregunta qué lleva.
Lo prueba.
Pone cara de haber descubierto América.
Y finalmente sentencia:
“Brutal”.
No sabemos si ha comido bien, pero al menos ha producido contenido.
La estética antes que la ética
El influmierder moderno cuida mucho su imagen.
Pelo perfecto.
Barba estudiadamente descuidada.
Gorra.
Sombrero.
Gafas.
Camiseta cuidadosamente arrugada.
Zapatillas impecables.
Y una iluminación que haría parecer guapo hasta a un notario de 1974.
Todo está pensado.
Menos, a veces, lo que va a decir.
Porque en este negocio la estética puede sustituir a la autoridad.
Y una buena sonrisa puede compensar una mala información.
La guerra por el algoritmo
El algoritmo es el nuevo dios pagano.
No pide oraciones.
Pide interacción.
Quiere comentarios.
Quiere enfados.
Quiere polémica.
Quiere que la gente discuta.
Porque un usuario indignado permanece más tiempo mirando la pantalla que uno feliz.
Por eso las redes han descubierto una paradoja extraordinaria:
la felicidad entretiene menos que la indignación.
Si dices:
“Qué bonito día hace y qué estupenda es la vida”, quizá consigas veinte “me gusta”.
Si dices:
“Os han engañado durante años y nadie quiere que sepáis la verdad”, tendrás medio millón de reproducciones antes de que termine el desayuno.
El algoritmo no distingue entre verdad y mentira.
Solo cuenta.
Y cuando todo se reduce a contar, termina ganando quien más ruido hace.
El negocio de ser alguien
Y aquí llegamos al asunto que nadie quiere reconocer.
Muchos no buscan informar.
Buscan vivir de informar.
No buscan descubrir.
Buscan crecer.
No buscan compartir.
Buscan monetizar.
Y no hay nada malo en ganar dinero creando contenidos. Lo malo empieza cuando para ganar dinero se considera lícito sacrificar la verdad, la reputación ajena y hasta la propia dignidad.
Porque hay quien está dispuesto a incendiar una relación, hundir un negocio, ridiculizar a un compañero o inventarse una historia con tal de conseguir unas cuantas visitas más.
El prójimo se ha convertido en contenido.
La intimidad, en espectáculo.
La desgracia, en audiencia.
Y la polémica, en nómina.
El cementerio de la dignidad
Quizá lo más triste no sea que existan estos personajes.
Siempre hubo charlatanes.
Siempre hubo vendedores de humo.
Siempre hubo quien hablaba mucho sin saber nada.
Lo verdaderamente preocupante es que les hayamos concedido el micrófono.
Porque el problema no es que un individuo diga una estupidez.
El problema aparece cuando cien mil personas la convierten en verdad.
Y entonces el teléfono deja de ser una herramienta.
Se convierte en púlpito.
El influencer, en predicador.
El seguidor, en feligrés.
Y el “like”, en indulgencia plenaria.
Quevedo habría encontrado aquí un filón.
Probablemente habría dicho que en su época los necios necesitaban una plaza para reunir público y que en la nuestra les basta con una pantalla de seis pulgadas.
Y quizá habría añadido que la estupidez, cuando encuentra Wi-Fi, se vuelve universal.
Porque al final las redes sociales no han creado al necio.
Han hecho algo mucho más eficaz:
le han puesto cámara, micrófono y audiencia.
Y así vivimos, entre vídeos de quince segundos, polémicas de veinte minutos y verdades que duran lo que tarda en aparecer el siguiente escándalo.
Mientras tanto, la sensatez permanece en silencio.
No porque haya perdido la razón.
Sino porque todavía no ha aprendido a bailar frente al algoritmo.
Y quizá ésa sea nuestra mayor desgracia:
que en el gran teatro digital de nuestro tiempo no triunfa quien más sabe, sino quien mejor consigue que le miren.
Aunque sea haciendo el ridículo.


