El VAR del corazón: cuando unas vacaciones se convierten en luna de miel
Por Alfredo Muñiz
Hay veranos en los que escasean los grandes escándalos del corazón. No hay divorcios sorpresa, ni toreros enamorados de astronautas, ni aristócratas huyendo en yate con el jardinero. Entonces ocurre lo inevitable: la imaginación entra en pretemporada… y juega de titular.
Este año les ha tocado a los chicos de la selección española. Ferran Torres, Pedri, Oyarzabal, Marcos Llorente, Lamine Yamal… Da igual quién aparezca en una fotografía. Si dos futbolistas sonríen, ya son pareja. Si uno saluda a una cantante en una fiesta, ya hay romance. Si dos amigos se van de vacaciones al mismo destino, ya se prepara el álbum de boda.
El periodismo rosa ha descubierto un nuevo deporte olímpico: el salto mortal sin red hacia la conclusión precipitada.
Basta que Ferran intercambie un “hola” con Ana Mena para que Internet convoque a los invitados de la boda. Si después aparece fotografiado con Marcos Llorente en Ibiza, el romance cambia de protagonista con la velocidad de un contraataque. Mientras tanto, Pedri está tranquilamente en China con su pareja, pero eso tampoco impide que algunos guionistas digitales sigan escribiendo capítulos de una serie que ni Netflix se habría atrevido a producir.
La lógica ha pedido el cambio en el minuto cinco.
Vivimos en una época donde una palmada en la espalda se interpreta como una declaración de amor, un abrazo se convierte en compromiso matrimonial y compartir unas vacaciones equivale, según ciertos detectives de sofá, a una convivencia sentimental.
Quevedo habría disfrutado con semejante espectáculo. No necesitaba inventar caricaturas: le habría bastado con abrir las redes sociales. Allí donde antes se consultaba el parte meteorológico, ahora se analizan miradas congeladas en fotografías como si fueran manuscritos del Mar Muerto.
Lo verdaderamente curioso no es que existan rumores. Los rumores siempre han formado parte del universo de los famosos. Lo preocupante es la facilidad con la que algunos convierten cualquier gesto cotidiano de afecto entre dos hombres en una supuesta relación sentimental. Una mentalidad que, paradójicamente, presume de moderna mientras arrastra prejuicios bastante antiguos.
La amistad masculina parece necesitar constantemente una explicación. Si dos amigos se ríen demasiado, sospechoso. Si viajan juntos, más sospechoso todavía. Si se abrazan después de ganar un partido… directamente portada.
Quizá el problema no esté en los futbolistas, sino en quienes observan con lupa cualquier gesto incapaces de aceptar que la amistad también existe y que el cariño no siempre lleva certificado de romance.
Y si alguno de ellos fuera homosexual, bisexual o heterosexual… ¿qué cambiaría? Absolutamente nada. Seguirían marcando goles exactamente igual, dando asistencias con la misma precisión y celebrando los títulos con idéntica alegría. La orientación sexual nunca ha mejorado un disparo a la escuadra ni ha empeorado un control de balón.
En realidad, la única noticia sería que siguen jugando al fútbol mientras otros juegan a las adivinanzas.
Quizá convendría recordar la filosofía práctica de Loles León, que resuelve estos debates con bastante más sentido común que muchos tertulianos: “Para cuatro días que vamos a vivir, que cada uno haga lo que le dé la gana.”
Más difícil resulta mejorar semejante sentencia. Porque mientras algunos convierten un “hola” en un noviazgo y unas vacaciones entre amigos en una luna de miel, los futbolistas siguen haciendo lo único que realmente importa: jugar al fútbol.
Lo demás, como diría cualquier defensa veterano, es humo… y del que ni siquiera necesita VAR para demostrar que nunca hubo fuera de juego.

