El Reino de la Pajita o cómo gobernar desde la tumbona
Por Alfredo Muñiz
Hallábame yo contemplando las nuevas artes del gobierno, cuando vi que ya no se ciñe la corona a la prudencia, sino al respaldo de la hamaca. Nunca fue el cetro tan ligero ni la silla tan pesada, pues hay gobernante que antes dejaría el juicio que el asiento.
Y desde tan ilustre trono de lona, entre sombrillas, cocos y el rumor complaciente de las olas, pareció escucharse un pregón digno del carnaval de los necios:
—¡Venid, venid todos! ¡Que en este Reino caben más promesas que ladrillos y más discursos que soluciones!
Las fronteras, pobres desdichadas, lloraban como viudas abandonadas, mientras los ministros discutían si convenía llamarlas puertas abiertas, ventanas de oportunidad o simples malentendidos geográficos.
Nunca vi mayor prodigio. Los castillos tenían almenas; este gobierno tiene eslóganes. Los antiguos reyes levantaban murallas; los modernos levantan ruedas de prensa.
El pueblo, que paga el convite sin haber sido invitado, contempla la función con la paciencia del burro que, además de cargar los sacos, debe aplaudir al arriero.
Y he aquí que apareció el Gran Repartidor de Pajitas, personaje nuevo en la zoología política.
No repartía trigo, ni pan, ni trabajo. ¡Qué vulgaridad! Repartía pajitas.
Una para beber esperanza.
Otra para sorber paciencia.
Tres para tragarse los impuestos.
Y una de lujo, dorada y flexible, para aspirar votos futuros con la elegancia de quien pesca voluntades usando la cartera ajena.
¡Oh, milagro administrativo! La pajita se convirtió en el nuevo cetro del Reino. Ya no gobierna quien convence, sino quien mejor succiona el presupuesto mientras asegura hacerlo por el bien común.
Decían los cortesanos:
—Majestad, las fronteras rebosan.
Y respondía el oráculo de la tumbona:
—Pues ampliemos el relato, que las palabras ocupan menos espacio que las soluciones.
Preguntaban otros:
—¿Y quién paga todo esto?
Respondían los escribanos del Tesoro:
—Ese misterioso personaje llamado «el contribuyente», criatura legendaria a la que todos ordeñan y nadie invita al banquete.
Nunca fue tan rentable la generosidad cuando se practica con el bolsillo del vecino.
Mientras tanto, el ciudadano común hace malabares con la cesta de la compra, el recibo de la luz, el alquiler y la paciencia; pero se le exige sonreír porque vive en un país donde las estadísticas florecen mejor que los jardines.
¡Qué admirable alquimia! Donde faltan soluciones sobran campañas; donde escasea el sentido común abundan los asesores; y donde el barco hace agua, siempre aparece un portavoz explicando que el problema es la humedad.
Y así continúa la función de este teatro nacional, donde cada acto cuesta millones y cada aplauso sale del bolsillo del espectador.
Si Quevedo volviera a pisar estas tierras, quizá escribiría que jamás vio corte tan pródiga en palabras y tan tacaña en remedios; donde las fronteras son poemas, los impuestos milagros y la responsabilidad un turista que nunca encuentra alojamiento.
Y mientras el Reino bosteza bajo el sol del verano, el pueblo, que ya conoce de memoria el libreto, contempla la escena y murmura con esa retranca que ni el tiempo ni los gobiernos han conseguido confiscar:
—Seguid repartiendo pajitas… que el día menos pensado descubriréis que hay vasos que ya no se dejan sorber.


