Instagram: Sodoma, Gomorra… ¡y todos en bañador!

En verano el sol derrite el hielo, la playa derrite las excusas y ciertos cuerpos provocan una atracción tan fatal que hasta el protector solar se queda corto. Porque una cosa es quemarse con el sol… y otra, bastante más divertida, quemarse por mirar. 
por Alfredo Muñiz

Instagram, Sodoma y Gomorra con filtro Valencia

Hubo un tiempo en que el pecado tenía horario, vestuario y hasta censor. En aquella España en blanco y negro, una señora de postín podía escandalizarse porque a un bailarín de ballet clásico se le insinuaba demasiado el bulto bajo las mallas. Aquello era considerado una afrenta al pudor, una amenaza para la moral y, probablemente, una de las siete plagas de Egipto.

Hoy, aquellas señoras necesitarían una tila doble y una conexión de fibra.

Porque Instagram se ha convertido en una especie de Sodoma y Gomorra con filtro Valencia, donde el pecado ya no llama a la puerta: tiene perfil verificado, stories cada veinticuatro horas y una legión de seguidores pendientes de la próxima publicación.

Las chicas enseñan curvas con la naturalidad con la que antes se enseñaba el álbum de las vacaciones. Los chicos exhiben bíceps, abdominales, torsos, bañadores estratégicamente escogidos y ese misterioso arte contemporáneo de dejar algo a la imaginación sin dejarlo completamente a la imaginación. El pudor ha sido sustituido por el algoritmo, que es mucho más democrático y, sobre todo, mucho más indiscreto.

Antes se ligaba en la verbena. Ahora se liga con un “me gusta”.

Antes había que acercarse a una persona, arriesgarse a recibir un desplante y decir aquello de “¿estudias o trabajas?”. Hoy basta con responder a una story con un fuego, una carita con ojos de corazón o un inocente “qué calor hace, ¿no?”. Y ya está: se abre la veda.

El verano, además, no ayuda. La playa convierte al ciudadano medio en escaparate ambulante. Unos van a tomar el sol; otros, a demostrar que han tomado suficiente proteína. Unos se ponen crema; otros se colocan estratégicamente para que la crema sea lo último que recuerde el espectador.

Y así nace la nueva hetero-normalidad, término que habría dejado a Quevedo escribiendo durante tres noches sin levantar la pluma.

Porque en este siglo XXI las etiquetas sexuales parecen tener la misma estabilidad que las tarifas telefónicas. El que ayer decía “yo soy muy hetero” hoy añade: “bueno, pero nunca se sabe”. El curioso explora. El explorador descubre. Y el algoritmo, que no tiene prejuicios pero sí memoria, empieza a recomendarle contenido como quien dice: “Majete, yo ya sé por dónde vas”.

Las redes han conseguido algo extraordinario: que todos podamos conocer los gustos sentimentales, estéticos y, a veces, bastante más íntimos de personas que hace cinco minutos ni siquiera conocíamos.

Y todo mediante una estrategia comercial impecable: mostrar mucho, insinuar otro tanto y dejar que el espectador complete el resto.

La seducción ya no necesita conversación. Necesita iluminación.

Una buena luz lateral, un espejo limpio, un bañador apropiado y cierta inclinación de la cámara pueden convertir a un ciudadano anónimo en Apolo de gimnasio durante quince segundos. Y si además aparece una puesta de sol, una copa y la frase “viviendo mi mejor vida”, ya tenemos novela rusa.

Las artimañas para ligar también han evolucionado. El antiguo “¿quieres bailar?” ha sido reemplazado por “¿quién te ha hecho esa foto?”. El “qué ojos tienes” por “qué buen feed”. Y aquel legendario “¿te invito a una copa?” ha mutado en “¿por qué no me sigues de vuelta?”.

La tecnología ha modernizado el cortejo, pero no ha cambiado lo esencial: el ser humano sigue intentando gustar, provocar y ser deseado. Solo que ahora tiene filtros, edición, estadísticas y un contador que le informa exactamente de cuántas personas han sucumbido a sus encantos.

Y aquí es donde uno imagina a aquellas señoras de postín del franquismo mirando Instagram por primera vez.

Ven un bailarín con mallas y probablemente exclamarían:

—¡Qué indecencia!

Después descubrirían las redes sociales.

Silencio.

Mirarían a un lado.

Mirarían al otro.

Y probablemente preguntarían:

—¿Pero esto lo puede ver todo el mundo?

—Todo el mundo.

—¿Y no hay censor?

—El algoritmo.

—¿Y quién es el algoritmo?

—Nadie lo sabe.

Y entonces comprenderían que hemos avanzado muchísimo.

Antes, para escandalizar a una señora había que enseñar un poco más de la cuenta en un escenario. Hoy basta con publicar una fotografía junto a una piscina y escribir debajo: “Sin filtros”.

La verdadera revolución sexual quizá no consiste en que enseñemos más carne, sino en que hemos convertido la intimidad en escaparate, el deseo en contenido y el coqueteo en estrategia digital.

Y mientras tanto, todos fingimos que simplemente estamos compartiendo nuestras vacaciones.

Porque en Instagram nadie liga.

Solo se siguen, se reaccionan, se comentan, se mandan fuegos y, casualmente, terminan coincidiendo en la misma playa.

Lo demás, queridos pecadores digitales, es cosa del algoritmo.

Y de Sodoma y Gomorra, naturalmente.

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