Ibiza: el puerto donde los yates son más largos que los currículum
por Alfredo Muñiz
Hay puertos donde atracan barcos. Y luego está Ibiza, donde atracan los egos.
Cada verano las Pitiusas se convierten en el escaparate flotante del lujo mundial. El Mediterráneo deja de ser mar para convertirse en un inmenso aparcamiento de megayates donde el tamaño de la eslora parece guardar una curiosa relación inversamente proporcional con la necesidad de llamar la atención.
Desde la muralla de Dalt Vila hasta las playas de Ses Salines, desfilan auténticos palacios flotantes con helipuerto, piscina, gimnasio, cine, spa, discoteca, motos de agua, submarino recreativo y, probablemente, un botón para pedir hielo tallado en el Himalaya.
A bordo, el personal trabaja con precisión de reloj suizo. Cocineros filipinos capaces de convertir un huevo frito en una obra de arte, marineros que limpian el acero inoxidable hasta que refleja la vanidad de sus propietarios y camareros que conocen mejor la temperatura exacta del champán que la de la propia mar.
Mientras tanto, en cubierta, el espectáculo humano resulta aún más fascinante que el náutico.
Abundan los caballeros cuya cuenta bancaria nació antes que sus acompañantes. No es extraño contemplar a algún magnate desembarcando con una elegante señorita varias décadas más joven, convencido de que el protector solar también elimina las arrugas del calendario.
Tampoco falta la aristocracia del exceso: nuevos ricos, viejos ricos, herederos, jeques, empresarios mexicanos, magnates árabes, financieros europeos, estrellas del espectáculo y algún personaje cuya fortuna sigue siendo un misterio incluso para Hacienda… de su país.
Porque Ibiza posee esa magia democrática donde todos son iguales… siempre que lleguen en una embarcación de más de cuarenta metros.
Sin embargo, el mayor cambio del lujo no está en el tamaño del barco, sino en la desaparición del propietario.
Hubo un tiempo en que poseer un yate era el sueño definitivo del millonario. Hoy, el auténtico rico hace números. Descubre que mantener semejante monstruo cuesta una fortuna incluso cuando permanece inmóvil. Amarre, tripulación permanente, combustible, seguros, mantenimiento, impuestos, revisiones, averías, pintura, motores… El barco acaba consumiendo más dinero que el propietario durante las vacaciones.
Así que el nuevo lema del lujo podría resumirse en una frase:
—¿Para qué comprar un problema de cien millones si puedes alquilarlo una semana?
La tendencia ya tiene nombre: del culto a la posesión al culto al acceso.
Las grandes fortunas prefieren hoy alquilar una embarcación distinta según el destino. Si el verano toca Ibiza, un megayate en Marina Ibiza. Si toca Cerdeña, otro diferente. Si el invierno se traslada al Caribe, uno nuevo esperando con la cubierta impecable. Sin mecánicos, sin facturas inesperadas y, sobre todo, sin preguntarse cada octubre dónde dejar aparcado semejante mastodonte.
Es la economía de la suscripción… llevada a cien millones de euros.
Mientras tanto, proliferan también los elegantes veleros de alquiler con patrón. Mucho más razonables, infinitamente menos complicados y con una ventaja incontestable: cuando termina la travesía, el problema sigue siendo del armador.
La isla también atrae a numerosas celebridades que disfrutan del mar balear a bordo de embarcaciones alquiladas o privadas, confirmando que incluso quienes podrían permitirse comprar un yate encuentran más cómodo cambiar de barco según el destino que cargar con él todo el año.
Quizá ahí resida la mayor lección que ofrece Ibiza.
El verdadero lujo ya no consiste en acumular objetos, sino en acumular experiencias.
Porque los nuevos millonarios han descubierto una verdad que Quevedo habría resumido con una sonrisa afilada: el hombre no posee al yate; es el yate quien acaba poseyendo al hombre… y, de paso, a su gestor, a su mecánico, a su capitán y a su asesor fiscal.
Mientras tanto, desde el puerto, los mortales seguimos contemplando aquellas moles blancas que parecen hoteles de siete estrellas preguntándonos quién vivirá allí dentro.
La respuesta suele ser sencilla: alguien que ha comprendido que presumir durante quince días sale mucho más barato que mantener la presunción durante todo el año.
Y, visto lo visto, hasta la vanidad empieza a funcionar por alquiler.


