El yate del Rey que naufragó antes de zarpar: 1.200 millones, fabada, jacuzzi y un general diciendo ‘¡quieto ahí!’

El yate que zarpó sin Rey: crónica de un capricho real con marejada de peseta

por Alfredo Muñiz

Hay barcos que nacen para surcar los mares, otros para pescar merluzas y algunos, los más aristocráticos, nacen para surcar el presupuesto. El protagonista de esta historia pertenecía a esta última especie: cuarenta metros de eslora, sedas en las paredes, maderas nobles, bañeras con hidromasaje y un destino inicialmente reservado a la Familia Real.

Un yate de aproximadamente 1.200 millones de pesetas de aquellos tiempos en los que una peseta todavía parecía una moneda y no una pieza arqueológica. Hoy diríamos que era un barco de lujo. Entonces, en lenguaje de Palacio, probablemente sería apenas un «detallito marinero».

Porque uno puede comprarse una lancha. Puede comprarse un velero. Incluso puede comprarse un barco. Pero cuando uno es Rey, parece que hasta el hidromasaje necesita tratamiento constitucional.

El navío fue construido en Asturias a la medida de don Juan Carlos y doña Sofía. Y no se trataba solamente de que el barco tuviera camarotes: había que conseguir que los camarotes tuvieran alma, estilo y, si era menester, la correspondiente seda. Las puertas llevaban maderas nobles, los muebles se confeccionaban pensando en la navegación y las bañeras prometían convertir el oleaje del Cantábrico en un improvisado spa borbónico.

Sus Majestades acudían a supervisar las obras durante el proceso de construcción. Visitas privadas, decoración, materiales, detalles…

¡Qué tiempos aquellos!

Hoy uno visita un piso de 70 metros y pregunta si la cocina cabe. Entonces, al parecer, se podía visitar un yate de 40 metros para decidir qué seda quedaba mejor con el hidromasaje.

Y mientras tanto, España navegaba por otros mares.

Sabino, el hombre que puso el ancla

Cuando el barco estuvo listo llegó el momento supremo: estrenarlo.

Don Juan Carlos invitó a su hombre de confianza, el general Sabino Fernández Campo, conde de Latores, a probar aquella criatura marina. El menú tampoco parecía diseñado para una travesía de supervivencia: fabada asturiana y langosta, combinación gastronómica capaz de hundir cualquier barco que no disponga de una quilla suficientemente aristocrática.

Acompañaban al Rey y a Sabino el capitán Richard Cros.

Y allí debió de ocurrir uno de esos momentos que distinguen una monarquía de una simple empresa náutica.

El Rey quería barco.

Sabino quería sentido común.

Y ganó Sabino.

El general consideró que las circunstancias económicas de España y las de la propia Corona no aconsejaban estrenar aquel palacio flotante con cargo al Patrimonio del Estado.

Dicho en términos más marineros: el barco estaba listo para zarpar, pero la prudencia echó el ancla.

Así que el monarca se quedó sin yate.

Después de tanto escoger sedas, maderas, muebles y bañeras, apareció el enemigo más poderoso de cualquier capricho: una cosa llamada presupuesto.

La venta del barco real que nunca fue real

El yate terminó vendido a María de Vila, viuda del naviero Joaquín Dávila, vinculado a Pescanova.

Y aquí aparece otra de esas ironías que sólo fabrica la historia.

El barco había sido concebido para el Rey, pero acabó navegando bajo pabellón privado. La Corona perdió su juguete y una particular ganó un barco que, según las fuentes citadas entonces por este cronista, todavía necesitó cerca de 90 millones de pesetas adicionales en reformas.

Entre ellas, una lancha auxiliar, un jacuzzi en cubierta y nuevas sedas.

Porque las primeras sedas, según aquellas fuentes, tenían un defecto terrible: se arrugaban en alta mar.

Tragedia nacional.

Después de siglos de historia naval, guerras, temporales y naufragios, la civilización occidental había alcanzado finalmente un problema verdaderamente serio: la seda del yate se arrugaba.

La Armada de la beautiful people

Por aquellos años Asturias no sólo fabricaba barcos: también fabricaba relaciones.

En los mismos astilleros aparecían embarcaciones destinadas a algunos de los personajes más conocidos de aquella España de empresarios, banqueros, aristócratas y amigos del poder.

Mario Conde encargó su velero «Alejandra» y visitó el astillero acompañado nada menos que por don Juan de Borbón, conde de Barcelona.

Por allí circulaban nombres de la época como Francisco Javier Sitges, Manuel Prado y Colón de Carvajal y otros miembros de aquella peculiar corte empresarial que mezclaba negocios, política, aristocracia y buena mesa con una naturalidad que hoy parecería escrita por un guionista con exceso de imaginación.

El Rey ejercía, según las crónicas de entonces, de magnífico relaciones públicas.

Y Madrid tenía sus templos gastronómicos: Cuatro Estaciones, Lucio y otros restaurantes donde se cocinaban platos y, posiblemente, algunas amistades de digestión lenta.

Mientras unos hablaban de negocios, otros hablaban de barcos y el país hablaba de modernidad.

La Transición había cambiado muchas cosas.

El canapé, aparentemente, no.

De yate real a pecio caribeño

Pero el destino, que suele tener peor humor que Quevedo, decidió darle otro giro a la historia.

Aquel barco que había nacido con vocación de palacio flotante terminó hundiéndose en el Caribe en circunstancias que entonces fueron calificadas de extrañas.

Un yate pensado para la Familia Real.

Un barco que costó una fortuna.

Un jacuzzi.

Sedas.

Maderas nobles.

Fabada.

Langosta.

Y finalmente, al fondo del Caribe.

No sabemos si Neptuno tenía sentido del humor, pero desde luego sabía redactar finales.

El barco fue reflotado y continuó su vida con otro nombre: «Corona del Mar».

La Corona que nunca lo estrenó quedaba así reducida a una palabra en el nombre de la nave.

Y el antiguo capricho marinero terminó anunciado por unos 1,8 millones de euros, según la información recogida en aquel reportaje.

Hay naufragios peores.

Algunos barcos se hunden en el mar.

Otros se hunden en el presupuesto.

Y algunos, más afortunados, consiguen salir a flote y ponerse otra vez a la venta.

El vino, a morro; la prudencia, a bordo

Entre las confidencias recogidas en aquella época había otra estampa deliciosa: al Rey le gustaba beber vino a morro en alta mar y compartirlo con la tripulación.

Marqués de Riscal, por entonces, figuraba entre sus preferencias.

He aquí al monarca marinero, copa en mano, navegando entre olas y confidencias.

Mientras tanto, Sabino Fernández Campo cumplía la función que todo palacio necesita: recordar de vez en cuando que alguien tiene que decir «no».

También aconsejaba a las infantas que no frecuentasen determinados locales de Ibiza.

—No debéis ir a esos sitios. Es un tributo que tenéis que pagar a la Nación.

Una frase magnífica.

Porque siempre ha habido dos clases de españoles: los que pagan impuestos y los que reciben consejos sobre dónde no deben tomarse una copa.

Sabino, sin embargo, parecía entender que una Casa Real necesitaba algo más importante que un yate: un hombre capaz de poner límites.

Y aquella historia deja una pregunta flotando, como una botella de Marqués de Riscal en alta mar:

¿Qué habría pensado hoy el general Sabino Fernández Campo al contemplar la evolución sentimental, económica y judicial de algunos de los consortes y protagonistas de aquella generación?

¿Qué habría dicho de Iñaki Urdangarin?

¿Qué habría opinado de Jaime de Marichalar?

Probablemente habría hecho lo que hacía con el yate.

Habría mirado el barco.

Habría mirado las cuentas.

Habría mirado a la tripulación.

Y después, con esa serenidad de general que ya ha visto demasiadas tormentas, habría pronunciado la palabra más peligrosa de cualquier Palacio:

«No».

Moraleja con olor a salitre

La historia de aquel yate es, en realidad, una pequeña parábola española.

Se construyó con lujo.

Se decoró con mimo.

Se financió con dinero de BANESTO, según la información publicada entonces que rumorea que sería un regalo de Mario Conde al rey…

Se probó con fabada y langosta.

Se quedó sin Rey.

Se vendió.

Se reformó.

Se hundió.

Se reflotó.

Cambió de nombre.

Y acabó nuevamente en venta.

El barco sobrevivió a todo.

A la seda arrugada.

Al jacuzzi.

A la langosta.

Al Caribe.

A la Corona.

Y hasta a la peseta.

Lo único que no consiguió fue cumplir su destino original.

Ser el yate del Rey.

Quizá porque, en aquella ocasión, hubo un general que comprendió algo que a veces olvidan los palacios, los gobiernos y las democracias: que no todo lo que puede pagarse debe comprarse.

Y que, cuando el país está achicando agua, lo último que necesita es otro jacuzzi en cubierta.

Alfredo Muñiz

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