El navegador me quiso matar, el Parador me dio de cenar

El Parador de Ibiza: una cuesta al cielo, un navegador con mala leche y una cena para resucitar

por Alfredo Muñiz

Hay lugares a los que uno llega en coche, otros en taxi y otros, si se deja aconsejar por el navegador, haciendo penitencia por todos los pecados cometidos desde la adolescencia.

El nuevo Parador de Ibiza está en Dalt Vila, justo en lo alto de la ciudad medieval, junto a la catedral. Un emplazamiento maravilloso, con unas vistas extraordinarias y unas cuestas que parecen haber sido diseñadas por alguien que odiaba profundamente al ser humano.

Si deciden subir andando, tómenlo con calma. Mucha calma. La misma calma que recomienda un médico antes de comunicar una mala noticia.

Y si son mujeres, por favor, no se les ocurra ponerse tacones.

Los tacones en Dalt Vila no son calzado: son una declaración de guerra contra los tobillos.

Yo cometí el segundo gran error de la noche: confiar en el navegador.

Le pedí educadamente que me llevara al Parador y el muy canalla debió de pensar:

—¿Quieres llegar? Pues vas a llegar… pero primero vas a conocer Ibiza palmo a palmo.

Me envió por las cuestas más empinadas, aquellas que uno normalmente contempla desde abajo y piensa: «Por ahí no sube nadie».

Pues sí.

Sube el turista confiado.

Y cuando ya creía haber superado la prueba, apareció el último obstáculo: unas escaleras.

Aquello no era una ruta turística. Era el entrenamiento oficial para opositar a sherpa del Himalaya.

Llegué arriba sudando, jadeando y con la dignidad agarrada por los pelos. Si hubiera llevado tacones, probablemente habría tenido que solicitar asistencia de Protección Civil.

Pero entonces apareció el premio. Un cóctel de mango, maracuyá y hierbas ibicencas, frío y refrescante.

Aquel cóctel no era una bebida. Era la absolución.

Después pregunté cómo bajar y descubrí que existía un ascensor.

Un ascensor.

¡Un ascensor!

El mismo que probablemente el navegador había decidido ocultarme para comprobar hasta dónde llegaba mi capacidad de sufrimiento.

Moraleja: en Dalt Vila hay dos maneras de llegar al Parador: andando, para los penitentes; y en ascensor, para los que conocen el secreto.

Alta cocina bajo las estrellas

Y una vez arriba, empezó la verdadera fiesta: concierto y cena, uno puede apreciar mucho la cultura, pero después de una cuesta ibicenca, hasta el programa de mano empieza a parecer un menú degustación.

Comenzamos con pan, sobrasada y alioli.

Ahí ya comprendí que aquella noche no había venido a sufrir.

Después apareció un trampantojo de tomatito relleno de salmorejo con sopa verde de hierbas ibicencas.

Sublime.

Aquello parecía un tomate, pero no era un tomate.

La alta cocina tiene estas cosas: uno empieza cenando verduras y termina haciendo un interrogatorio para descubrir qué demonios se ha comido.

Llegaron después tortilla de patata en espuma y patata confitada. La tortilla había alcanzado tal nivel de sofisticación que probablemente su abuela no la habría reconocido. Les confieso que prefiero la clásica.

Después, una gallinita ibicenca con crujiente de piel y relleno de sus propios interiores, presentada con una forma artesanal preciosa. Al verla recordé mi novela «El testamento del Gallo».

La diferencia es que aquella gallina no tenía testamento.

Se lo habían comido.

Continuamos con una croqueta de ibérico y un buñuelo de bacalao. Dos pequeños bocados que demostraban una verdad universal: la croqueta no necesita presentación; necesita que la dejen en paz y se la coman. Una explosión en boca de sabores.

Como entrante llegó una vieira asada con gazpacho de albahaca.

Después, lomo de vaca madurada, trinchado, acompañado de sus patitas y bimi frito.

La vaca había vivido, había madurado y finalmente había terminado en un plato de alta cocina.

Una carrera profesional impecable.

Y llegó el postre: melón mojito, perlas de limón y helado de jengibre.

Un postre tan refrescante que después de aquella cuesta pensé seriamente en pedir dos y utilizarlos como sistema de refrigeración personal.

Pero todavía quedaba el gran espectáculo.

Los fuegos artificiales de San Ciriaco iluminaron Ibiza durante unos veinte minutos.

Desde la zona privilegiada de la Torre, el cielo se convirtió en una discoteca celestial.

Cohetes, colores y explosiones sobre el Mediterráneo.

Y viendo aquello pensé que quizá San Ciriaco, desde el cielo, había decidido ponerse al mando:

—A ver, muchachos, un poco más de rojo por aquí, una traca por allá y terminamos con un buen petardazo.

Y así acabó la noche.

Con música antigua, instrumentos frikis, gastronomía de altura, cócteles ibicencos, el Mediterráneo de fondo y fuegos artificiales.

Eso sí, si vuelvo al Parador, ya lo tengo decidido:

No pregunto al navegador.

Pregunto directamente por el ascensor.

Porque una cosa es viajar para vivir y saborear…, y otra muy distinta es llegar al restaurante después de haber hecho el Camino de Santiago con tacones.

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