El gas de la risa y la carretera del llanto
Por Alfredo Muñiz
Hay modas que nacen para entretener y terminan en urgencias. Y luego está el gas de la risa, ese invento que algunos consumen convencidos de que la vida necesita más carcajadas y menos neuronas.
Porque el ser humano, que ya inventó el móvil para distraerse mientras camina, las redes sociales para discutir con desconocidos y los patinetes eléctricos para circular por las aceras, ha decidido ahora que también puede ser divertido inhalar óxido nitroso. Todo sea por alcanzar la felicidad en formato cartucho.
La cuestión es que el gas se llama “de la risa”, pero sus consecuencias pueden tener bastante menos gracia.
Y si alguien cree que exageramos, que mire hacia Ibiza, donde la Guardia Civil acaba de encontrarse con una versión particularmente surrealista del asunto: un británico de 26 años, sin permiso de conducir, que decidió convertir una tarde de agosto en Sant Antoni de Portmany en una película de persecuciones.
Los agentes le dieron el alto.
Él debió de pensar que aquello era una sugerencia.
Pisó el acelerador y salió disparado, iniciando una huida a toda velocidad que terminó en la carretera EI-700 con cuatro vehículos implicados en el accidente y una persona herida leve.
Hasta aquí, podríamos pensar que el hombre había confundido Ibiza con un circuito de Fórmula 1.
Pero faltaba el ingrediente estrella.
Cuando los agentes consiguieron interceptarlo descubrieron que en el maletero llevaba una importante cantidad de óxido nitroso, el famoso gas de la risa, además de conducir sin haber obtenido nunca el permiso correspondiente.
Vamos, que el caballero no tenía carnet, pero llevaba el maletero como si estuviera preparando la fiesta de fin de temporada de una discoteca.
Sin permiso para conducir, pero con permiso —según parece— para llevarse el festival entero en el coche.
Uno imagina la conversación:
—¿Carnet de conducir?
—No.
—¿Documentación?
—Tampoco.
—¿Y qué lleva en el maletero?
—Gas de la risa.
—¿Y de qué se ríe?
—De momento, de ustedes.
Lo que quizá no sabía nuestro protagonista es que el óxido nitroso no es precisamente agua mineral con burbujas. Su uso recreativo puede provocar pérdida de coordinación, mareos, desorientación, falta de oxígeno y otros efectos graves. Y cuando uno se pone al volante en esas condiciones, la risa puede convertirse en tragedia en cuestión de segundos.
Porque hay sustancias que parecen simpáticas hasta que aparece la física.
Y la física, queridos lectores, carece completamente de sentido del humor.
Un automóvil lanzado a toda velocidad no distingue entre quien está de fiesta y quien simplemente pasaba por allí. El coche no entiende de vacaciones, discotecas, influencers, ingleses, españoles ni de esa moderna filosofía de “yo controlo”.
El coche no controla. El que tiene que controlar es el conductor.
Y ahí aparece otra de las grandes maravillas de nuestro tiempo: personas que consideran peligrosísimo conducir sin haber dormido ocho horas, pero perfectamente razonable ponerse hasta arriba de sustancias y después coger el volante.
La humanidad ha conseguido fabricar vehículos con sensores de aparcamiento, frenada automática, asistentes de carril, cámaras de 360 grados y sistemas capaces de detectar hasta una mosca cruzando la carretera.
Y todavía hay quien piensa:
“No tengo carnet, pero tengo confianza.”
Eso sí que es tecnología punta.
Ibiza, mientras tanto, contempla atónita cómo algunas tendencias de ocio están pasando de la discoteca a la página de sucesos.
Primero fueron las pulseritas, después los chupitos, luego las sustancias de colores imposibles y ahora el gas de la risa. El problema es que la diversión tiene la mala costumbre de pedir cada vez más decibelios, más velocidad y menos sentido común.
Y así llegamos al disparate: un hombre sin carnet, huyendo de la Guardia Civil a toda velocidad, con un arsenal de gas de la risa en el maletero y cuatro vehículos accidentados.
Si Quevedo levantara la cabeza probablemente no sabría si escribir una sátira o pedir que le devolvieran el Siglo de Oro, porque aquello, comparado con nuestros tiempos, empezaría a parecer una época de moderación.
Decía el viejo maestro que poderoso caballero es Don Dinero.
Hoy habría que actualizar el refrán:
Poderoso caballero es Don Gas de la Risa… hasta que aparece la Guardia Civil.
Y quizá convendría recordar algo antes de que la próxima carcajada termine en tragedia:
La risa es gratis. El sentido común también. Lo que puede salir muy caro es quedarse sin ambos.
Porque una cosa es reírse de la vida…
y otra muy distinta es conducir como si la vida fuese un chiste.


