Hay siglos en que los hombres descubren continentes; otros, la pólvora; y el nuestro, mucho más fecundo en maravillas, ha descubierto el arte de esconder un millón de euros detrás de un adjetivo.
Dicen los sabios de antaño que una joya era patrimonio. ¡Pobres ignorantes! No conocieron la moderna filosofía del desinterés, capaz de convertir un collar de diamantes en un rosario de buenas intenciones y un cofre de esmeraldas en un humilde baúl de recuerdos.
La frase merece ser cincelada sobre mármol para escarmiento de gramáticos y economistas: «Guardo más de un millón de euros en joyas, sin interés patrimonial alguno.» Es tan portentosa que obliga a la lógica a pedir licencia por enfermedad y a la lengua española a ingresar en observación.
Hasta hoy creíamos que el patrimonio se medía por lo que uno posee. Grave error. Ahora sabemos que depende del estado de ánimo del propietario. Si contempla un millón de euros con gesto distraído, el millón deja de ser patrimonio y se transforma en una inocente colección de chucherías relucientes.
¡Qué alivio para la humanidad! Desde este instante, los bancos no custodiarán fortunas, sino sentimientos; las cajas fuertes albergarán emociones; y los inventarios podrán escribirse en verso, pues la contabilidad ha sido derrotada por la poesía administrativa.
Ya imagino al tasador preguntando:
—¿Cuánto vale este collar?
—Depende de cómo lo mire usted.
Y al notario respondiendo:
—Entonces no firmemos escrituras; firmemos estados de ánimo.
El oro, que durante siglos fue un metal pesado, ha aprendido a levitar gracias a la retórica. Los diamantes ya no brillan por sus quilates, sino por la elasticidad de las palabras. El patrimonio ha dejado de ser una cuestión de bienes para convertirse en un problema de semántica.
Quevedo, si levantara la cabeza, volvería a enterrarse por voluntad propia. Él, que llamó poderoso caballero al dinero, descubriría que el auténtico señor de este siglo no es el oro, sino el eufemismo. Porque el eufemismo logra lo que jamás consiguió la alquimia: no transformar el plomo en oro, sino el oro en una explicación.
Vivimos tiempos admirables. Hay quien convierte errores en malentendidos, privilegios en coincidencias, impuestos en contribuciones voluntarias y, por lo visto, millones de euros en simples adornos sin vocación patrimonial.
El idioma, que antes servía para nombrar las cosas, ahora pretende emanciparlas de la realidad. Basta bautizar una fortuna como desinterés para que algunos esperen que el patrimonio se ruborice, pida disculpas y desaparezca discretamente por la puerta trasera.
Mas la realidad, vieja insolente, tiene una costumbre insoportable: no entiende de sofismas. Un rubí continúa siendo un rubí, aunque se le llame recuerdo; una esmeralda sigue siendo una esmeralda, aunque se la declare filosófica; y un millón de euros conserva la desagradable manía de seguir pareciendo un millón de euros, por mucho que las palabras intenten vestirlo de humildad.
Y así concluye este milagro del siglo XXI: no el de multiplicar los panes, sino el de adelgazar los patrimonios mediante una dieta exclusivamente verbal. Si las palabras obraran semejantes prodigios, bastaría llamar «modesto» a un palacio para convertirlo en choza y «austero» a un tesoro para hacerlo invisible.
Lástima que la lengua sea poderosa… pero no tanto.
Alfredo Muñiz.

